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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Peregrinación del Sindicato Único de Trabajadores de Gobierno del D. F. y Centro de Espiritualidad de Santa María, filial Monterrey.

18 de mayo de 2007

Hemos estado proclamando la Palabra de Dios, en estas semanas de la Pascua, del Libro de los Hechos de los Apóstoles y del Evangelio de San Juan. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha estado presentando a la Iglesia naciente. Todos los primeros capítulos hasta el Sexto, vemos a la Iglesia en Jerusalén. A partir del Sexto Capítulo hasta el 12, la Iglesia llega a Siria, a Samaria, y después del 12 vemos increíblemente como el Evangelio va llegando hasta los confines de la tierra respondiendo al mandato del Señor Jesús.

Pablo se encuentra ahora en Corinto como dice el texto, ahí permaneció un año y medio explicando la Palabra de Dios. Es increíble cómo la Iglesia en estos 30 primeros años hasta el año 63 --los Hechos nos hablan de la Iglesia del año 33 al 63—es increíble cómo va haciéndose, cómo va creciendo y cómo va llegando por todos lados con la fuerza y el poder del Espíritu Santo, proclamando y anunciando que Jesús vive y es el Señor; que Jesús ha vencido a la muerte, que ha vencido el poder de las tinieblas; que Jesús ha vencido al mal. Y el triunfo de Cristo, mis amados hermanos, es nuestro triunfo y aquél que se ha encontrado con Cristo vivo, no puede callarse, tiene que ser testigo suyo, tiene que anunciarle por todas partes e ir por todo el mundo proclamando el Evangelio.

¿Quién es testigo?, alguien que ha visto y puede dar a otro razón de lo que vio. Y nosotros cristianos debemos anunciar y proclamar lo que vemos, como dice San Juan en su primera Carta, anunciar lo que nuestras manos han tocado acerca del Verbo de la Vida, lo que nuestros ojos han visto acerca del Verbo de la Vida; lo que nuestros oídos han escuchado acerca del Verbo de la Vida, acerca del verdaderísimo Dios por quien se vive, quien nos trajo nuestra niña, nuestra muchachita Santa María de Guadalupe.

Mis hermanos, el Señor Jesús antes de cumplir con su misión aquí en la tierra, y antes de subir al Padre --el próximo domingo es la Ascensión del Señor--, da instrucciones a sus discípulos y les recuerda las Sagradas Escrituras: “está escrito que el Mesías tenía que padecer y había que resucitar de entre los muertos al tercer día”, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Y después el mismo Señor Jesús insiste en la responsabilidad que tienen de ahora en adelante sus discípulos y nosotros somos discípulos de Jesús, por eso estamos aquí mis hermanos. Y sólo el que es discípulo verdadero de Jesús sabrá escuchar a Jesús y el mandato: “Vayan, como el Padre me envió, los envío también yo”. Ustedes son testigos míos, dice el Señor Jesús. Testigos de Jesús!, no de un acontecimiento, de un proyecto, no! testigos de una persona, el único que da hondura, solidez, profundidad a nuestra existencia.

Por eso Pablo, mis hermanos, dice que tiene que anunciar. El Señor mismo le dice: “No tengas miedo, habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte”.
¡No tengas miedo!, el Señor Jesús nos manda a anunciar con unción, con poder, el Evangelio. ¡No tengan miedo!. Así comenzaba el Papa tan querido por nosotros, Juan Pablo II, su Ministerio petrino: “Abran las puertas al redentor, no tengan miedo”.

Mis hermanos, el Tercer Milenio tendrá que ser iluminado con el Evangelio de Cristo a través de nosotros, discípulos de Cristo, convertidos en misioneros. Es lo que están reflexionando nuestros obispos de este Continente allá en otro Santuario, en Aparecida en Brasil.

Discípulos y misioneros de Jesucristo. Esa es nuestra misión y tarea, eso es lo que hizo la Santísima Virgen María en 1531 y que sigue haciendo desde hace 475 años, entregarnos al Dios por quien se vive, a través de su rostro dulce, tierno y sereno. ¿Quién de nosotros al contemplar a la Madre no se siente conmovido?, ¿no se siente atraído?, porque es Ella la que nos mira, a eso venimos a su Casita. No tanto a mirarla a Ella, sino para que Ella nos mire con ojos de bondad, con ojos de misericordia. Y mis hermanos, cuando nos dejamos mirar por esta muchachita y madrecita nuestra, las entrañas se conmueven, el corazón se convierte y volvemos al Señor.

Cuántos de ustedes al entrar a esta Casita de la Madre, a esta Basílica, nos dicen: “oiga, vengo a confesarme porque antes de ver a mi Madre quiero ponerme a mano con mis hermanos”. A veces traemos la vida cargada de resentimientos, de odio, de rencor, de miedo, de angustia. Mis hermanos, tenemos la medicina, tenemos el Sacramento de la Reconciliación, el sacramento del amor, el sacramento del perdón.

Por eso aquí los confesionarios siempre están llenos, por eso desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche encontrarán un confesor, y los viernes particularmente, celebramos de una manera comunitaria este Sacramento. ¿Para qué? Para ponernos en paz con nuestros hermanos, en paz con nosotros mismos, en paz con Dios, y en paz con la naturaleza porque también la violentamos.
Miren! Por eso el Señor Jesús nos dice en su Evangelio: no se llenen de tristeza, ustedes llorarán, se entristecerán, es cierto, y el mundo se alegrará, pero atención, esa alegría del mundo es pasajera, esa alegría del mundo es momentánea. Jesús aquí está haciendo alusión a sus enemigos que deciden darle muerte y que logran su muerte en el madero de la cruz, y que se gozan en un triunfo aparente. Dice Jesús: “pero su tristeza se va a convertir en gozo, su tristeza se va a convertir en alegría”. Esto es verdad mis hermanos, imaginémonos la alegría de Pascua que se difundió de discípulo a discípulo, de comunidad a comunidad: ¡El Señor ha resucitado!, ¡el Señor vive! ¡El Señor salió del sepulcro victorioso!. Qué alegre noticia, y ésta es la noticia que tenemos que dar al mundo de hoy mis hermanos: ¡Dios vive!, ¡Dios vive!, no creemos en un Dios muerto que terminó en el madero de la cruz!¡No!.

Mis hermanos, ¡Cristo venció a la muerte y vive para siempre!. Por eso esa cultura de muerte en la que estamos inmersos no nos puede atrapar si nosotros vivimos enraizados, cimentados, edificados, sobre el Señor Jesús. Sólo El y nadie más que El da esta hondura en nuestras vidas, da esta solidez en nuestro caminar.

Claro que la Señora del Cielo, nuestra Morenita, va con nosotros. Ella es camino seguro para llegar a Cristo, Ella es camino seguro para vivir enraizados y cimentados en Cristo. También en nosotros el Señor quiere hacer grandes maravillas. También el Señor quiere hacer en nosotros obras grandes como en la Señora del Cielo. Y también en nosotros quiere suscitar ese canto tan bello y tan hermoso del Magnificat de la Señora: ¡“Mi alma Glorifica al Señor, mi espíritu se goza en Dios mi Salvador”!.

Esta es la alegría que el Señor quiere que nosotros tengamos. “Su tristeza se convertirá en gozo”. Antes de esto el Señor nos había anunciado la persecución, el ataque, el odio: “los van a atacar, los van a perseguir”, estamos en el discurso de despedida del Señor, Capítulo 13 de San Juan hasta el Capítulo 17, cinco capítulos que constituyen el discurso de despedida de Jesús, como si continuásemos leyendo el Evangelio del Jueves Santo, y ahí Jesús primero habla del amor: ámense unos a otros como yo los he amado. Porque Jesús está convencido de que sólo amando hasta el extremo podremos vencer a la muerte. Y El , por eso que amó hasta el extremo pudo vencer a la muerte y por eso no tiene miedo en la víspera de su muerte, no se angustia, no! Porque sabe que va a la Casa del Padre. Me voy, dice El, voy al que me ha enviado, voy al Padre.

Jesús está a pocas horas de su muerte, El lo sabe, y así lo comenta. Es para El algo muy simple, como un retornar a la casa, un volver a la Casa del Padre. Jesús nos dice de alguna manera: “Sé a donde voy, alguien me espera, soy llamado por mi Padre, voy a encontrar a Aquel a quien amo y me ama: “Este es mi hijo muy amado, escúchenlo”, el Padre lo revela y lo manifiesta. En verdad les digo, dice Jesús, ustedes llorarán, se entristecerán y el mundo se alegrará, pero esa tristeza se convertirá en gozo. Miren, mis hermanos, preguntémonos hoy ante esta Palabra que nos da el Señor: ¿Tengo yo la experiencia del paso de la tristeza a la alegría, a partir del Señor Jesús?, ¿vivo yo esa profunda alegría o estoy bajo de moral?, como decimos, ¿estoy en la en la depre?.¡Ay qué terrible verdad?!

Mis amados hermanos, el desánimo es rebasado cuando nuestra seguridad es el Señor Jesús. Cuántas veces los acontecimientos de la vida, decimos, me están rebasando, soy incapaz de encontrar humanamente una solución a este problema, a aquel otro, me siento bloqueado.

Muchas veces por nuestro propio pecado, otras veces por el pecado de los demás; nos sentimos a veces aplastados por al enfermedad, por el mal. Y de repente tenemos ganas de rezar, de buscar a Dios, de ir a misa, de confesarnos, de ir a un lugar silencioso y hablar a solas con el Señor Jesús. Es el Espíritu Santo que está en nosotros, que nos lleva a veces a tomar la Sagrada Escritura y leer con calma cualquier página; o somos movidos a ir a ver a un amigo y platicar con él o ir a encontrarnos con el sacerdote en el confesionario, y la tristeza se va convirtiendo en gozo. ¡Cuántas veces nos suceden estas cosas!.

Sí es cierto, no cambian las circunstancias externas, el mal o la desgracia subsisten desgraciadamente, sin embargo la tristeza se cambia en gozo, en gracia, en bendición. ¡Es el Señor que nos va concediendo esta alegría que viene muchas veces de la tristeza; es una alegría conquistada, una alegría que sigue a la pena, una alegría que misteriosamente como una fuerza, llega a nosotros.

La Santísima Virgen de Guadalupe le dijo a Juan Dieguito: “Quiero una casita para en ella escuchar tus quejas, penas, lamentos y curar todos tus males”. Ella no vino a decir te voy a ahorrar tus sufrimientos, tus dolores, no!. Dijo: “Quiero escuchar tus quejas, curar tus males. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿qué más has menester? “

Miren ¡qué hermosa comparación nos da el Señor Jesús!, ¡qué parábola! Cuando la mujer va a dar a luz siente tristeza porque llega su hora, pero cuando su hijo ha nacido ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber dado a luz una criatura al mundo.

Mis hermanos, ésta es una de las más emotivas observaciones del Señor Jesús, es un hecho de vida real tan a menudo observado y que Jesús interpreta como un símbolo profundamente evocador. Una actitud vital, una certeza divina, un acceso al problema del mal, porque hay sufrimiento, hay dolor.

Señor, para ti los sufrimientos de aquí abajo no son sufrimientos de agonía, no! No son sufrimientos que conducen a la muerte, son sufrimientos, dice Jesús, de alumbramiento, que conducen a la vida. Fíjense qué interesante!, una visión nueva de las cosas!, y ésa debe ser la visión del discípulo de Jesús, un optimismo invencible. El dolor mismo no se pone entre paréntesis o se ignora, ¡no! El dolor, el sufrimiento, tienen una razón de ser cuando se viven desde Jesús, desde la cruz, se sublima.

Todo sufrimiento es fecundo, dice Jesús. Es un alumbramiento que produce en el corazón de la historia de los hombres, un hombre nuevo, cuando lo sabemos vivir, mis hermanos. Pensemos en esto, meditemos en esta Palabra.

Dice Jesús, ustedes ahora están tristes pero de nuevo les veré y se alegrará su corazón y nadie será capaz de quitarles su alegría. En aquél día no me preguntarán nada. Mis hermanos son estas las últimas palabras humanas que Jesús dijo a sus amigos. Enseguida viene el Capítulo 17 de San Juan, cuando él se dirige al Padre Celestial, pero ya les deja una profunda paz, ¡una profunda alegría!

Ojala mis hermanos que vivamos esa alegría. Pidámosela a la Dulce Señora del Cielo, nuestra niña, Santa María de Guadalupe. Miren, cómo el Señor Jesús al final de su vida lo que comunica a sus amigos es la alegría. Ojala que siempre redescubramos esto sobre todo en los momentos en que llega el sufrimiento, el dolor, la angustia.

Meditando en esta Palabra, interiorizándola, sigamos pues con nuestra Eucaristía.

 
 
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