Hoy, mis amados hermanos, estamos celebrando la Solemnidad
de nuestro Señor Jesucristo Rey y Señor del Universo, Cristo
Rey. Esta realidad de Cristo Rey y Señor está muy dentro de
nuestro corazón, en el pueblo de México.
Es precisamente el Papa Pío XI, en el año de 1925 cuando se
instituye esta fiesta de Cristo Rey y el Papa lo hace ante la
descristianización, que si sufría Europa tras la Primera Guerra
Mundial, donde la doctrina social y moral de la Iglesia era
ignorada y la paz entre los pueblos se veía amenazada por las
ansias de poder de los hombres. Pretendía el Papa así, al instituir
esta fiesta de Cristo Rey, que los cristianos reconocieran la
soberanía universal de Cristo y se instaurara el único reino
que lleva la paz, a la verdad, a la justicia, a la santidad
y de esta manera el Papa quería potencial la vida humana en
todas sus dimensiones. Las circunstancias que vivimos hoy en
día, mis hermanos, no son muy diferentes a aquellas que impulsaron
al Papa a establecer esta fiesta, salvando las distancias también
nuestras sociedades desgraciadamente hoy en día permanecen alejadas
de la doctrina de la Iglesia y el laicismo creciente desprecia
los valores cristianos a pesar del beneficio que aportan a la
vida humana. Sin embargo, mis hermanos, los cristianos sabemos
que sólo Cristo ofrece una vida verdaderamente humana que da
a los hombres y mujeres la felicidad verdadera, estos jóvenes,
adolescentes, niños, adultos, que van a ser confirmados y que
están de pie se comprometen ahora con una nueva efusión de Espíritu
Santo a ser fermento del reino, del reino de nuestro Señor Jesucristo,
a ser cristianos cualificados. Ya desde el bautismo se injertaron
a Cristo y desde entonces hasta el día de hoy siguen ustedes
inmersos en Cristo. Pero, el Espíritu Santo hoy que viene a
ustedes de laguna manera los configurara, les dará poder para
que ustedes sean presencia de Cristo. Al ser llamados a la confirmación,
ustedes respondieron, diciendo: aquí estoy Señor para servirte.
¡Felicidades!
Ustedes que están dispuestos a servir a Cristo, al estilo de
Cristo, a la manera de Cristo para vivir el reinado de Cristo
van a recibir Espíritu Santo.
Miren, mis amados hermanos y hermanas, cuando se habla de un
rey ordinariamente se piensa en un hombre finamente vestido,
portando una corona finísima de oro, de piedras preciosas, un
hombre rodeado de escoltas, a quien todos hacen reverencia.
Un hombre sentado en un trono, que da ordenes a sus súbditos.
Miren, mis amados hermanos, que lejos esta imagen de la imagen
de Jesucristo Rey. Cristo está en su trono, miren cual es su
trono, el madero de la cruz. Cristo está coronado, sí, pero
de espinas, no de piedras preciosas. Y nosotros somos sus súbditos,
pero que vergüenza de súbditos: cuando nos peleamos, nos matamos,
nos reñimos, nos insultamos, somos violentos, negativos, nos
dejamos llevar por la cultura de la muerte, que triste, mis
hermanos, ver esos súbditos de Jesús. Por eso ustedes jovencitos,
que hoy reciben una nueva unción del Espíritu Santo, es para
que se distingan entre los súbditos de Jesús, es su manera de
amar, es su manera de entregarse, es su manera de vivir sirviendo
generosamente a los demás.
Miren, la imagen de Jesús como rey, dista mucho pues, mucho
de imagen humana que tenemos. Los reyes sólo sirven hoy en día
de adorno a un país para estar en los billetes, en las monedas,
para que por todos lados se tenga un cuadro muy bonito de los
reyes, nada más. Jesucristo no es rey en ese sentido. Jesucristo
no está de adorno en nosotros al contrario Él tiene que regir
nuestra vida. Él tiene que regir nuestros destinos. Él es el
Señor de la historia. Él quiere que nosotros transformemos esta
historia, en una historia santa, en una historia salvífica.
Miren, mis amados hermanos, si recordamos Jesús, fíjense donde
nació ¿en un palacio? ¿dónde nació? ¿En un portal y fue recostado
en una cuna muy bonita, verdad? ¿Era totalmente en un palacio?
No, por favor, Jesús nació y fue recostado en un pesebre. Y
díganme Jesús fue envuelto en ¿qué? en pañales de ceda preciosa,
de lino exquisito ¿en qué fue envuelto? en pobres pañales, como
decía mi abuelita: seguramente de cabeza de indio, de manta.
Pero bien lavaditos por la Virgencita, verdad, nuestra Señora
y nuestra Madre.
Recuerden la entrada de Jesús a Jerusalén, el Domingo de Ramos,
no es propiamente como al de un rey a caballo, acompañado de
sus escoltas y de trompetas, no, ¿cómo entró Jesús a Jerusalén?
montado en qué en un brioso corcel ¿en qué? En un burrito, ¿quiénes
los aclamaban? ¿quiénes decían: viva el rey de los judíos, viva
el hijo de Israel? ¿quiénes? el pueblo ¿y de entre el pueblo
quiénes? Los niños.
Que bello aquí en la Basílica el Domingo de Ramos, verdad,
el padre Marco Antonio, Cristiana, todos, organizan a nuestros
niños, cientos de niños, para que aclamen a Cristo: ¡Viva el
rey de los judíos! ¡Viva el Hijo de Dios!
Que bonito y con sus palmas en la mano y poniendo sus mantos
para que pase el rey de los reyes, que bello. Pero, son los
niños, son los sencillos, son los pequeños los que aclaman a
Cristo, como su amo, como su Señor. Ahí entra a Jerusalén montado
en un burrito, acompañado solamente por gente sencilla que grita:
hosanna al hijo de David, bendito el que viene en el nombre
del Señor.
Amados hermanos, Jesús es un hombre o un rey que anuncia un
nuevo reino, una nueva forma de vivir, pero es perseguido y
cuestionado en su autoridad ¿con qué autoridad haces esas cosas?
le dicen las autoridades civiles ¿quién te ha dado esa autoridad?
Un rey que es objeto de burlas, un rey que es objeto de maltratos
por parte de los sacerdotes y políticos. Un rey que se despoja
de sus vestidos, que lava los pies a sus discípulos, una tarea
confiada a los esclavos entonces. Un rey que es apresado y contado
entre los malhechores. Un rey que finalmente muere en el madero
de la cruz. Como su verdadero trono, ahí está.
Amados hermanos, si de verdad proclamamos a Cristo como nuestro
rey y Señor expresémoslo ¿saben cómo? Amando, sirviendo, entregándonos
como Él hasta la muerte. El reino que Cristo nos ofrece no se
rige por categorías humanas. Los reyes y reinos que conocemos
suelen buscar el poder, la riqueza, la ambición, el dominio,
la fuerza. En cambio el reino de Cristo es muy diferente, es
un reino que siembra paz, que siembra unidad, entre todos sus
miembros, es un reino de la verdad, de la vida, de la santidad,
de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz, como lo
vamos a cantar en el Prefacio.
Pero, miren en el Evangelio, mis hermanos, hemos contemplado
como el eje vertebral del reino de Dios es el amor. El amor
ejercido en la caridad, así lo afirma el mismo Jesús a través
de la parábola, que se nos ha proclamado en el Evangelio. Al
final de nuestra existencia terrena, hermanos, seremos examinados
del amor ejercido por el prójimo, entraremos a formar parte
del reino definitivo: si hemos dado de comer al hambriento,
si hemos dado de beber al sediento, si hemos hospedado al forastero,
si hemos vestido al que está desnudo, si hemos visitado al enfermo
y encarcelado, si hemos atendido al indígena, al huérfano, a
la viuda, al desvalido.
Ojala que hoy nos comprometamos a ser auténticos servidores
del Señor Jesús. Ojala que hoy expresemos el amor de una manera
concreta ¿qué decimos todos los días? obras son amores y
no buenas razones. A veces decimos: yo soy cristiano, yo
soy esto y lo otro. Oye demuéstralo con tus obras de amor; demuéstralo
con tus obras de caridad; demuéstralo con tu entrega.
Mis amados hermanos, pidámosle al Señor que sepamos de verdad
tener ojos de amor, de misericordia, ojos abiertos a tantas
y tantas gentes que lo necesitan. Pidámosle así un lugar entre
sus ovejas, se fijan, que dijo Jesús: al final va a separar
a las ovejas de los cabritos ¿qué somos nosotros? El cabrito
no le hace caso al Señor, el cabrito es el que ignora a su hermano;
el cabrito es el que se deja llevar por la cultura de la muerte;
el cabrito es el que roba, mata, explota, vende droga, vive
en la corrupción, en la injustita, en la mentira, ese es el
cabrito. En cambio la oveja es el que sigue al pastor; es el
que se deja alimentar por el pastor; es el que se deja reanimar
por el pastor. Único pastor Jesucristo para eso, mis hermanos,
nos va a dar Espíritu Santo, lo va derramar para ustedes especialmente,
ánimo, adelante. Los ungiremos con el Espíritu: recibe por
esta señal el don del Espíritu Santo. Van a ser crismados,
cristificados, perfumados para que exhalen el suave aroma de
Cristo y después les voy hacer una caricia en su mejilla, no
es una cachetadita, es una caricia, despierta, no te duermas:
porque camarón que se duerme, amanece en el restauran, pero
del demonio que anda buscando como león rugiente a quien devorar,
abusados que nos los vaya a devorar el pingo.
Hermanos, despiertos: camarón que se duerme amanece en el restaurante
del diablo. Díganme, ustedes si quieren ser buena comidita del
pingo, ánimo, despiertos. Despierta, no te duermas, que la cultura
de la muerte no te envuelva y construye la civilización del
amor, la cultura de la justicia, la cultura de la verdad, la
cultura del perdón.
Hermanos, pensemos en esto que la Morenita del Tepeyac, que
está aquí presente en este Pentecostés de estos hermanos, en
este cenáculo de México y América interceda por todos nosotros,
especialmente por ustedes.
Que así sea, mis amados hermanos.