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Canto de la Salve
Oración para Consagrar a la Santísima Virgen de Guadalupe a la Diócesis de Cuautitlán y el Ministerio Episcopal del Excelentísimo Señor Obispo Guillermo Ortíz Mondagrón

27 de noviembre de 2008

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestra Diócesis de Cuautitlán, nuestros trabajos pastorales, sobre todo, el desarrollo de nuestro Proyecto Diocesano de Pastoral, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra. Queremos ser tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.

Te pedimos, Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Contempla esta inmensa mies de Cuautitlán, e intercede para que el Señor nos conceda la gracia de ser discípulos y misioneros de Jesucristo e infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios. Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios.

Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.

Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a oír continuamente a Jesús y si caemos, ayúdanos a levantamos, a volver a Él mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma.

Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a los Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres del mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos.

 
 
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