El Señor ha puesto sobre la cabeza de nuestro amado hermano
obispo, quien fuera padre y pastor de esta arquidiócesis primada
de México, el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, la
corona de la inmortalidad, ha pronunciado sobre él su sentencia
máxima de amor: Ernesto, siervo bueno y fiel, entra a la fiesta
de tu Señor.
Alégrate hermano obispo, porque aunque tu tienda de campaña
se haya desmoronado, Dios te tiene reservado un edificio, no
levantado por mano de hombres, más bien una casa para siempre en
los cielos. (2 Cor 5, 1) Sobre tu tienda se ha puesto ahora
una morada celestial. (2 Cor 5,2). Hoy canta en el cielo nuestro
padre y pastor: He corrido la carrera, he peleado en la batalla,
ahora sólo espero el premio de la futura inmortalidad.
Muy querido padre y amigo, antes de despedirte, quisiera
recordar con mis hermanos aquí presentes tu incansable celo pastoral
al frente de esta gran Arquidiócesis de México. Cuántos recuerdos
guardados, cuántas emociones agolpadas. Todo viene hoy a nuestra
memoria. Cuántas veces atravesaste de norte a sur, de este a oeste
esta porción del Pueblo de Dios, llevando la presencia de Jesús,
el Buen Pastor. Cuántas veces acogiste y corregiste con generosidad
y paterna benevolencia al sacerdote en crisis. Cuántas otras
veces extendiste tus manos para imponerlas sobre los candidatos
al sacerdocio y otras tantas para celebrar el bautismo y la confirmación
y para confeccionar la Eucaristía sacramento del Amor divino.
Tu joven ministerio se encontró con un mundo lleno de cambios.
Cómo no olvidar que viviste el drama de una guerra mundial, el cisma
Lefevrista, el auge de las conferencias episcopales latinoamericanas
que como Iglesia continental buscaban una propia identidad.
Te toco vivir la transformación de la Iglesia a través de las
reformas del Concilio Vaticano II. Decisiva fue tu participación
en la CELAM de Puebla y en las primeras visitas del Papa Juan
Pablo II a México. A ti debemos el haber impulsado el proceso
de beatificación del bienaventurado san Juan Diego Cuauhtlatoatzin
y la gracia del II Sínodo Diocesano y qué decir de tu papel
decisivo al frente de la presidencia de la CEM durante tres
periodos distintos, así como de tus innumerables oficios al servicio
de la Curia Romana. Tu cercanía
al Pueblo de Dios, a los religiosos y religiosas siempre fue patente.
Su Santidad el Papa Pablo VI te nombró Arzobispo Primado
de México el 29 de septiembre de 1977 convirtiéndote
así en el trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y
custodio del tesoro más grande que tenemos los mexicanos y los que
vivimos en este Continente: la bendita imagen de nuestra Muchachita
Guadalupe. Fuiste trasladado de la Sede Angelopolitana a la Sede
Metropolitana de México. Pidió para ti abundantes gracias, paz y
larga vida, así mismo exhortó al Clero y al Pueblo de Dios, para
que te recibieran no sólo con reverencia, sino que también te
obedecieran en todo aquello que juzgarán conducente para su bien
espiritual.
Entonces, el 25 de noviembre de 1977 tomaste posesión canónica,
en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana como Arzobispo
de México. Ese día imborrable en tu ministerio renovaste tu fidelidad
y adhesión al Romano Pontífice afirmando que “donde está Pedro,
ahí está la Iglesia”.
Llegaste teniendo clara la idea de heterogeneidad de la
Iglesia en la que habrías de servir. Conociendo la importancia
cultural e histórica de la antigua ciudad de México – Tenochtitlan
y también su importancia como sede de la administración pública,
social y cultural del México moderno.
Te presentaste como signo de unidad en la fe. Durante
tu ministerio ésta fue tu impronta, ser signo de unidad y de
comunión, pues bien sabias que de estos arranca la comunionalidad
de la Iglesia. Recordaste esa mañana,
como seguro también ellos te recuerdan ahora, en lo más íntimo de
tú corazón a las Iglesias de Tampico, Oaxaca y Puebla. Resaltaste
el papel de la liturgia en la Iglesia Catedral, invitando a
todos a celebrar la fe a través de una liturgia viva y de las demás
formas de convivencia cristiana. A partir de entonces siempre conocimos
tu celo pastoral, el que muchas veces en medio del silencio,
dio frutos abundantes.
Esta Iglesia Particular, querido Señor Cardenal, antes de decirte
adiós quiere agradecerte el regalo del II Sínodo Diocesano.
Lo convocaste desde esta Casita Sagrada la mañana del 11 de febrero
de 1992 y hoy sigue vigente queriendo responder a los desafíos
de esta porción del Pueblo de Dios. Tú amor a María te llevó
a convocar en la ciudad la Misión Guadalupana. A Ella siempre
la invocaste como Madre de Misericordia.
Nos queda de ti, tú ejemplo de fe y vida cristiana Por
todo esto, por tu fecundo ministerio, agradecemos a Dios el regalo
de tu plenitud sacerdotal. Que el Señor pague todo tu esfuerzo
y tu cansancio. Tus años de servicio al frente de esta megalópolis.
Mis amados hermanos y hermanas: Ésta es nuestra fe respecto
lo que pasa a los que se han dormido en el Señor: “Dichosos desde
ahora los muertos, si han muerto en el Señor. Que descansen ya de
sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14,13) y
aún más bienaventurados aquellos que habiendo cerrado sus ojos a
este mundo lo hicieron comiendo del pan verdadero, que es verdadera
comida y verdadera bebida. Pues quien no come la carne del Hijo
del Hombre y bebe su sangre, no puede tener vida. El que come
mí carne y bebe mí sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré
el último día. (Jn 6, 55-58).
La pascua de nuestro hermano obispo, el Cardenal Corripio, viene
a ser iluminada por el misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo
que estamos celebrando en este tiempo. El cual si bien es cierto
nos llena de esperanza, no nos aleja de la cruda y difícil realidad
humana de la muerte.
El trance definitivo de la vida es la muerte. La muerte
es la contradicción de todo lo que de vida, proyectos, futuro,
perspectivas, puede abrigar cualquier ser vivo. Aunque todos
sabemos que debemos morir, la muerte nos desconcierta, asombra,
produce estupor y extrañeza. Ante la muerte, muchas preguntas
rebeldes y radicales se clavan en el corazón. Sólo Dios da
sentido a toda nuestra existencia. Frente al dolor y lo crudo
de la muerte la Iglesia celebra la fe en el Dios que salva. El Dios
de Jesús. En el corazón de la muerte, la Iglesia proclama su
esperanza en la resurrección.
La muerte, debemos entenderla mis hermanos y hermanas, como
la consecuencia del pecado. En la Sagrada Escritura se nos enseñan
tres cosas fundamentales sobre esta realidad: la muerte es la
ley para todos los hombres, castigo y consecuencia del pecado y
término del tiempo de merecer o desmerecer ante Dios.
La universalidad de la muerte la Escritura la atestigua en
(Romanos 5, 12,) la muerte pasó a todos los hombres y es
el camino de todo lo terreno según (Jos 23, 14 y 1 Re 2, 2)
La muerte como castigo y consecuencia del pecado es una doctrina
claramente enseñada por la Iglesia, la muerte les fue dada como castigo por el pecado
cometido pues en el estado paradisíaco en que vivían estaban dotados
de inmortalidad física. Desde entonces los Padres de la Iglesia
son unánimes en predicar la relación causa-efecto que existe
entre la muerte y el pecado. Pablo proclama: No hay condenación
alguna para los que están en Cristo Jesús (Rm 8, 1).
Finalmente, el merecer o desmerecer ante Dios dice la Sagrada
Escritura es definitiva para los que ya murieron, pues mientras
vivimos en el cuerpo, podemos elegir, arrepentirnos, volver atrás.
No así cuando el espíritu se separa del cuerpo, ya que entonces
el espíritu se decide de modo irreversible a favor o en contra
de Dios.
Que la Pascua de nuestro pastor, el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, nos
impulse a vivir cristianamente durante nuestra vida diaria,
para que al final de ella podamos reunirnos en el cielo cantando
eternamente las bondades divinas.
Él,
que ahora ha cerrado sus ojos a este mundo encuentre en los brazos
maternales de nuestra Niña y Muchachita santa María de Guadalupe,
el tierno arrullo de su descanso. Que Ella, la Señora
y Madre del que es la verdadera Vida, en compañía de los ángeles
y de los santos salgan a su encuentro y lo introduzcan en el
cielo. Descansa en paz, querido y amado Ernesto Cardenal
Corripio Ahumada.
Que así sea.