La muerte nos alcanza a todos, todos somos sus candidatos,
ningún ser vivo es ajeno a esta dramática realidad, pero
sólo el hombre es conciente de ella. No hay nada más
cierto que la muerte y más incierto que la hora y el lugar.
La muerte no respeta tiempos, posiciones, ni circunstancias.
Es el viaje que emprenderemos solos y en el cual nadie nos acompañará,
sólo nuestras obras. Aquí recuerdo con ustedes, queridísimos
hermanos y hermanas, aquello que algún día dijera el gran
místico san Juan de la Cruz: En el atardecer de la vida
seremos juzgados en el amor.
Cada día nos la jugamos, mis hermanos, cada día que avanza
sobre nuestra vida es un continuo acercarnos a este inevitable
trance, el cual, por su agudeza y horas de amargura
pareciera como el fin de todo. Sin embargo, para quienes
creemos en Cristo, nos anima la esperanza de la resurrección
futura. Pues, con la muerte, mis hermanos, la vida no se
acaba, de ninguna manera, lo vamos a cantar enseguida en
el Prefacio. Con la muerte la vida no se acaba, sino más
bien se transforma y disuelta nuestra morada terrenal
se nos prepara una mansión en el cielo. (Prefacio
de Difuntos I).
Los cristianos, los que vivimos arraigados y cimentados en
Jesucristo, el Señor, somos concientes de que somos seres
para la vida, no seres para la muerte, como lo afirmará
el filósofo alemán Martín Heidegger, el hombre es
un ser para la muerte, es de Cristo, no coincidimos con
Martín Heidegger, somos seres para la vida. Y desde ahora
debemos saborear ya esa vida que un día vendrá en plenitud,
no hay un más allá, sino un ahora, no hay un después, sino
un aquí. Aquí nos la jugamos, mis amados hermanos.
Es necesario mis hermanos y hermanas, que día a día nos vayamos
preparando para este decisivo momento en el que nuestras
acciones se pesaran en la balanza de la justicia para
ser reconocidos o desconocidos ante los ojos de Dios. Entonces
escucharemos decir: “Vengan benditos de mí Padre porque
tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de
beber, estuve desnudo y me vistieron, encarcelado y me fueron
a ver” o si fuimos ajenos a los planes de Dios, atención,
mis hermanos, si fuimos ajenos a los planes de Dios,
sólo escucharemos: ¡el no te conozco! ¡el no te conozco
apártate de mí!
Hagamos nuestro el cielo desde la tierra, comencemos
desde ahora a saborear la vida que un día tendremos en plenitud,
si amamos, si amamos a la medida de nuestro Señor Jesucristo,
ahí está la media del amor, no hay otra. Mis hermanos, hagamos
nuestro el cielo desde la tierra, sigamos la exhortación
de la Sagrada Escritura que nos dice: No atesoren en
la tierra, sino más bien en el cielo. Allá donde no hay
ladrones, no hay polilla, ni dolor, ni sufrimiento, sólo
paz y alegría. La posesión de este cielo, nace de nuestra
esperanza en la resurrección de Cristo, quien por nosotros
murió y resucitó. En Él se encuentra la certeza de nuestra
fe, pues, si Él no hubiera resucitado, no sólo sería
vana nuestra fe (1 Co 15, 14) sino también nuestra esperanza.
La muerte ha sido aniquilada por la resurrección de Cristo, es decir por su Pascua triunfal.
Pascua significa “paso”. Significa a un tiempo el paso
de Dios, por medio de su ángel exterminador, matando
a los primogénitos egipcios y salvando a los judíos (Ex
12) Significa también el paso del pueblo hebreo a través
del Mar Rojo (Ex 14) y sobre todo, mis hermanos,
el paso de Cristo de la muerte a la resurrección. Son
tres magníficas victorias del poder de Dios sobre el mal.
Pero la última es la más maravillosa de todas, en las que
alcanzan plenitud las dos primeras.
Por su resurrección gloriosa Cristo ha triunfado sobre la muerte.
Por su encarnación, asumió nuestra naturaleza, excepto el
pecado y como dueño de la vida se hizo vencedor de la muerte,
resucitando glorioso y triunfador del sepulcro. Por su
resurrección, Cristo triunfó sobre sus enemigos. Aquellos
que lo condenaron, que pidieron clamorosamente su muerte,
pudieron darse cuenta al ver clavado a Jesús en la cruz,
que no hay fuerza humana capaz de vencer a Dios.
Cristo como lo había anunciado y con la autoridad que durante
su vida lo caracterizó levantó la piedra del sepulcro
y salió victorioso confundiendo a sus enemigos.
Por otro lado, mis amados hermanos y hermanas, entendamos
que la muerte como la Pascua del cristiano debe vivirse
ya. Aparentemente la muerte reduce al hombre a la impotencia
y a la nada; es el fracaso total de su persona entera –cuerpo
y alma- Pero si ese hombre tiene fe en Jesucristo, la
muerte cambia de signo y se convierte en un paso de este
mundo a Dios, un paso definitivo a la posesión de la vida
en plenitud, donde ya no habrá riesgos de que nos la arranquen
o nos la quiten.
El lema episcopal que durante su ministerio pastoral identificara
a nuestro venerado y querido Cardenal Corripio Ahumada,
viene a ser ahora la coronación y la síntesis de toda
una vida generosa y de entrega al servicio de Dios y de
la Iglesia, pues si su vivir fue Cristo, que
ese fue su lema, nuestro vivir es Cristo. Pues, si su vivir
fue Cristo, entonces como dice san Pablo la muerte para
él es ahora una ganancia. Y él podrá decir; ¿Dónde está
muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón? Si bien
es cierto que su desaparición física nos desconcierta y
nos llena de dolor, también lo es que su testimonio de
vida, la exquisita generosidad que lo caracterizó y finalmente
la paciente serenidad con que soportó su penosa enfermedad,
nos hacen ver en él a un triunfador sobre la muerte,
no por méritos propios, sino por la preciosa sangre de
Cristo que lo ha lavado y redimido.
Reunidos como asamblea orante, acompañemos esta mañana
a nuestro amigo y hermano obispo, el Cardenal Ernesto Corripio
Ahumada, acompañamos a toda su familia aquí presente. Pidamos
para él la bondad y la misericordia divina. Hoy al
depositar su cuerpo en el sepulcro, mañana lo llevaremos
ahora a la Catedral, al depositarlo en el lugar donde viven
los muertos, en el lugar donde duermen los muertos
(cementerio) hagámoslo confiando en el poder de Jesús resucitado
pidámosle que él lo levante del sepulcro y lo haga participar
de la fiesta del cielo.
Que por intercesión de nuestra Niña y Muchachita santa María
de Guadalupe y del bienaventurado indio santo Juan Diego
Cuauhtlatoatzin, el Señor, conceda el premio de la eterna
bienaventuranza a don Ernesto Cardenal Corripio Ahumada
y que a nosotros que aún caminamos por este valle de
lágrimas, el Señor nos conceda encontrarnos un día con
la multitud de santos y elegidos.
Ernesto, hermano obispo, amigo, cuando naciste todos sonreían
mientras tú llorabas, el ejemplo de tu vida alegre ahora
sabemos que te has ido y nos hace llorar al recordarte,
que tengas un buen viaje, háblale al Señor de nosotros,
háblale de esta Arquidiócesis de México y dile que también
queremos ir a donde ustedes están. Dios te bendiga y buen
camino, amigo, hermano y pastor Ernesto.
Tus hijos, hermanos y amigos que siempre te recordaremos.
Amén.
|