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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la

Misa Exequial por D. Ernesto Cardenal Corripio Ahumada,
Arzobispo Emérito de la Arquidiócesis Primada de México

29 - junio- 1919  10 – abril – 2008


12 de abril de 2008
09:00 a.m.

“MÍ VIVIR ES CRISTO”

Mis amados hermanos y hermanas, files laicos de Cristo, muy queridos familiares y amigos de Don Ernesto Corripio Ahumada. Mis amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis hermanos capellanes, diáconos, Cabildo de Guadalupe, sacerdotes que nos visitan de otras partes del poblado.

Mis amados hermanos y hermanas, tras el lamentable deceso de quien fuera nuestro padre y pastor Su Eminencia el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, me permito compartir con todos ustedes a la luz de la Palabra divina y de la esperanza cristiana esta reflexión.

La muerte nos alcanza a todos, todos somos sus candidatos, ningún ser vivo es ajeno a esta dramática realidad, pero sólo el hombre es conciente de ella. No hay nada más cierto que la muerte y más incierto que la hora y el lugar. La muerte no respeta tiempos, posiciones, ni circunstancias.

Es el viaje que emprenderemos solos y en el cual nadie nos acompañará, sólo nuestras obras. Aquí recuerdo con ustedes, queridísimos hermanos y hermanas, aquello que algún día dijera el gran místico san Juan de la Cruz: En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor.

Cada día nos la jugamos, mis hermanos, cada día que avanza sobre nuestra vida es un continuo acercarnos a este inevitable trance, el cual, por su agudeza y horas de amargura pareciera como el fin de todo. Sin embargo, para quienes creemos en Cristo, nos anima la esperanza de la resurrección futura. Pues, con la muerte, mis hermanos, la vida no se acaba, de ninguna manera, lo vamos a cantar enseguida en el Prefacio. Con la muerte la vida no se acaba, sino más bien se transforma y disuelta nuestra morada terrenal se nos prepara una mansión en el cielo. (Prefacio de Difuntos I).

Los cristianos, los que vivimos arraigados y cimentados en Jesucristo, el Señor, somos concientes de que somos seres para la vida, no seres para la muerte, como lo afirmará el filósofo alemán Martín Heidegger, el hombre es un ser para la muerte, es de Cristo, no coincidimos con Martín Heidegger, somos seres para la vida. Y desde ahora debemos saborear ya esa vida que un día vendrá en plenitud, no hay un más allá, sino un ahora, no hay un después, sino un aquí. Aquí nos la jugamos, mis amados hermanos.

Es necesario mis hermanos y hermanas, que día a día nos vayamos preparando para este decisivo momento en el que nuestras acciones se pesaran en la balanza de la justicia para ser reconocidos o desconocidos ante los ojos de Dios. Entonces escucharemos decir: “Vengan benditos de mí Padre porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron, encarcelado y me fueron a ver” o si fuimos ajenos a los planes de Dios, atención, mis hermanos, si fuimos ajenos a los planes de Dios, sólo escucharemos: ¡el no te conozco! ¡el no te conozco apártate de mí!

Hagamos nuestro el cielo desde la tierra, comencemos desde ahora a saborear la vida que un día tendremos en plenitud, si amamos, si amamos a la medida de nuestro Señor Jesucristo, ahí está la media del amor, no hay otra. Mis hermanos, hagamos nuestro el cielo desde la tierra, sigamos la exhortación de la Sagrada Escritura que nos dice: No atesoren en la tierra, sino más bien en el cielo. Allá donde no hay ladrones, no hay polilla, ni dolor, ni sufrimiento, sólo paz y alegría. La posesión de este cielo, nace de nuestra esperanza en la resurrección de Cristo, quien por nosotros murió y resucitó. En Él se encuentra la certeza de nuestra fe, pues, si Él no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (1 Co 15, 14) sino también nuestra esperanza.

La muerte ha sido aniquilada por la resurrección de Cristo, es decir por su Pascua triunfal. Pascua significa “paso”. Significa a un tiempo el paso de Dios, por medio de su ángel exterminador, matando a los primogénitos egipcios y salvando a los judíos (Ex 12) Significa también el paso del pueblo hebreo a través del Mar Rojo (Ex 14) y sobre todo, mis hermanos, el paso de Cristo de la muerte a la resurrección. Son tres magníficas victorias del poder de Dios sobre el mal.  Pero la última es la más maravillosa de todas, en las que alcanzan plenitud las dos primeras.

Por su resurrección gloriosa Cristo ha triunfado sobre la muerte. Por su encarnación, asumió nuestra naturaleza, excepto el pecado y como dueño de la vida se hizo vencedor de la muerte, resucitando glorioso y triunfador del sepulcro. Por su resurrección, Cristo triunfó sobre sus enemigos. Aquellos que lo condenaron, que pidieron clamorosamente su muerte, pudieron darse cuenta al ver clavado a Jesús en la cruz, que no hay fuerza humana capaz de vencer a Dios. Cristo como lo había anunciado y con la autoridad que durante su vida lo caracterizó levantó la piedra del sepulcro y salió victorioso confundiendo a sus enemigos.

Por otro lado, mis amados hermanos y hermanas, entendamos que la muerte como la Pascua del cristiano debe vivirse ya. Aparentemente la muerte reduce al hombre a la impotencia y a la nada; es el fracaso total de su persona entera –cuerpo y alma- Pero si ese hombre tiene fe en Jesucristo, la muerte cambia de signo y se convierte en un paso de este mundo a Dios, un paso definitivo a la posesión de la vida en plenitud, donde ya no habrá riesgos de que nos la arranquen o nos la quiten.

El lema episcopal que durante su ministerio pastoral identificara a nuestro venerado y querido Cardenal Corripio Ahumada, viene a ser ahora la coronación y la síntesis de toda una vida generosa y de entrega al servicio de Dios y de la Iglesia, pues si su vivir fue Cristo, que ese fue su lema, nuestro vivir es Cristo. Pues, si su vivir fue Cristo, entonces como dice san Pablo la muerte para él es ahora una ganancia. Y él podrá decir; ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón? Si bien es cierto que su desaparición física nos desconcierta y nos llena de dolor, también lo es que su testimonio de vida, la exquisita generosidad que lo caracterizó y finalmente la paciente serenidad con que soportó su penosa enfermedad, nos hacen ver en él a un triunfador sobre la muerte, no por méritos propios, sino por la preciosa sangre de Cristo que lo ha lavado y redimido.

Reunidos como asamblea orante, acompañemos esta mañana a nuestro amigo y hermano obispo, el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, acompañamos a toda su familia aquí presente. Pidamos para él la bondad y la misericordia divina. Hoy al depositar su cuerpo en el sepulcro, mañana lo llevaremos ahora a la Catedral, al depositarlo en el lugar donde viven los muertos, en el lugar donde duermen los muertos (cementerio) hagámoslo confiando en el poder de Jesús resucitado pidámosle que él lo levante del sepulcro y lo haga participar de la fiesta del cielo.

Que por intercesión de nuestra Niña y Muchachita santa María de Guadalupe y del bienaventurado indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el Señor, conceda el premio de la eterna bienaventuranza a don Ernesto Cardenal Corripio Ahumada y que a nosotros que aún caminamos por este valle de lágrimas, el Señor nos conceda encontrarnos un día con la multitud de santos y elegidos.  

Ernesto, hermano obispo, amigo, cuando naciste todos sonreían mientras tú llorabas, el ejemplo de tu vida alegre ahora sabemos que te has ido y nos hace llorar al recordarte, que tengas un buen viaje, háblale al Señor de nosotros, háblale de esta Arquidiócesis de México y dile que también queremos ir a donde ustedes están. Dios te bendiga y buen camino, amigo, hermano y pastor Ernesto.

Tus hijos, hermanos y amigos que siempre te recordaremos.

Amén.

 
 
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