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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Celebración del Sacramento del Matrimonio (Matrimonios Comunitarios).

21 de noviembre de 2008

¡Felicidades por este día tan importante en su vida!

El decidir unir estas vidas delante de Dios. El pedirle a nuestro Señor que Él las bendiga, que Él las santifique. Ya Dios habita en ustedes, ciertamente, pero ahora de una manera muy especial a través del Sacramento del Matrimonio, ya han caminado juntos un tiempo, unidos tal vez sólo civilmente, pero ahora ya con la gracia de Dios, con la bendición del Señor. A partir de ahora serán ustedes sacramentos vivos de Cristo y de la Iglesia.

Mis queridos esposos: Salvador, Benjamín, Ubaldo, Víctor, Cirilo, Gregorio, Mauricio, ustedes van a ser imagen de Cristo y van a amar a sus esposas, como Cristo ama a su Iglesia. Y serán capaces de entregar la vida por sus esposas, si es necesario, como Cristo entregó su vida por su esposa la Iglesia y la embelleció y la hermoseó con su sangre preciosa. Por eso Pablo dice, bien clarito: “maridos amen a sus mujeres, como Cristo amó a su Iglesia”. Y ustedes mujercitas: Ana, Agripina, Erika, Elvia, Gloria, María Guadalupe, Mariela, van a amar a sus maridos como la Iglesia ama a Cristo, como la Iglesia esposa de Cristo se entrega a Jesucristo. Dice san Pablo: “sin arruga, sin mancha, sin defecto”. Así ustedes se entregaran a sus esposos, porque van a ver en ellos a Cristo mismo. Esto es el Sacramento del Matrimonio, no es lo mismo estar sólo unidos por el civil o sólo arrejuntados, como dicen ustedes, que con el Sacramento del Matrimonio. Pablo queriendo explicar el matrimonio, dice: “este es un gran misterio” yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Así es que los felicitamos, nos da gusto, que hayan decidido unirse por la Iglesia, y sobretodo que vengan las novias muy guapas, vestidas de blanco, porque esa vestidura blanca simboliza, significa, el estado de gracia que van a comenzar a vivir. Esa vestidura blanca significa que ustedes sin mancha, sin arruga, sin defecto se entregan a su esposo Cristo.

Un día me pregunta una de ustedes o uno de ustedes los esposos:

-          oiga monseñor ¿cómo vamos a ir vestidos a nuestra boda?
-          Pues, ¿cómo se viste una novia? ¿cómo se viste un novio?
-          oiga la novia va de blanco
-          ah pero nosotros ya tenemos diez años, quince años juntos
-          Lo importante es que a partir de ahora 21 de noviembre comenzarán a ser sacramento de Cristo y de la Iglesia.
-          Desde ahora tu mujercita serás imagen de la Iglesia que santa, linda, inmaculada se entrega a su esposo Cristo, y por eso vienes hoy hermosamente vestida toda de blanco. Es atinado que vengas de blanco.

Porque decía:

-          pero, oiga ya tengo dos, tres hijos
-          no me visto de amarillito, de rosita, de pajita
-          de blanco, porque desde ahora significas a la Iglesia

Un día me dice una pareja, también, que iba a casar:

-          oiga, pero ¿yo puedo ir de blanco? quiero ser sincera con Dios es que yo ya
-          ¿tú ya qué?
-          pues, yo ya monseñor

Entendí ya a que se refería: el yo ya, verdad. Ya venía abultadita de su vientre, le dije: mira, mi hija si la vestidura blanca significará que eres virgen, nadie casi hoy vendría de blanco a la Iglesia, realmente, es la realidad ¿qué significa la vestidura blanca? que desde ahora comienzas una etapa nueva, una vida diferente. Tú ya te has confesado, ya te has reconciliado, ya has pedido perdón de tus pecados, si te comiste la torta antes del recreo, pues, ya pediste perdón, pero no por eso vamos a impedirte a que tú vengas de blanco para que seas signo de la Iglesia linda, inmaculada y tu marido elegante y guapo también, porque vas a ser la imagen de Cristo.

¡Felicidades por este día tan importante!

Ahora, mis hermanos, vayamos un poquito al trozo del Evangelio que hemos proclamado: ustedes esposos, ustedes familias, que hoy son bendecidas por el Sacramento del Matrimonio, por sus papás, han venido a casarse en la casita de la Señora del Cielo. Han querido invitar a la Virgencita de Guadalupe, como aquellos novios de Cana de Galilea invitaron a María y a Jesús a sus bodas, realmente, amados hermanos, nunca hubo invitación más aceptada. Ojala que todos los novios invitaran a Jesús y a María a su boda y recibieran la bendición, como ustedes la están recibiendo esta tarde.

Fíjense, aquí, en el Evangelio no sabemos los nombres de aquellos simpáticos novios, pero eso no importa, al ser anónimo podemos poner el nombre de cada uno de ustedes: Salvador y Ana, Benjamín y Agripina, Ubaldo y Erika, Cirilo y Gloria, Gregorio y María Guadalupe, Mauricio y Mariela, poner sus nombres, que invitan a la Virgencita de Guadalupe y a Jesús el Señor a su matrimonio. Pero, miren, lo maravilloso, lo estupendo es que la invitación fue aceptada y el Mesías, el Hijo de Dios, estuvo en la boda. La Virgencita y Jesús participaron a la fiesta y de la alegría dirigida a este importante acontecimiento humano. Seguramente Jesús y la Virgen María felicitaron a los novios, como nosotros ahora los felicitamos. Seguramente brindaron por su felicidad y desde luego Jesús bendijo de corazón aquellos nuevos esposos, como ahora yo en la persona de Cristo bendigo su unión sacramental. ¿Qué quiere decir esto, mis amados hermanos y hermanas? quiere decir que Dios bendice el amor; que Dios consagra el amor del hombre y de la mujer; quiere decir que Dios es amigo de la vida, de las relaciones, de la alegría y hasta de los banquetes de bodas.

Yo me imagino al Señor disfrutando de esa gran fiesta. Y la presencia de Jesús en una boda puede interpretarse como purificación y santificación de todas las bodas. Lo mismo que santificó la familia, por el hecho de nacer y vivir en una familia. Así Jesús santifica, sacramenta las bodas por el hecho de asistir a ellas. Es decir: convierte el matrimonio en fuente de gracia. Por eso decía: que no es lo mismo estar sólo arrejuntados o estar casados sólo por lo civil, sino por el matrimonio. Al casarse por la Iglesia; al casarse eclesiásticamente su matrimonio se convierte en una fuente de gracias; en una fuente de bendiciones.

Que, miren, mis amados hermanos y hermanas, quienes se casan hoy y reciben el sacramento de la Iglesia, que bien necesitan los recién casados esta bendición de Dios, por aquello del vino. Son tantas veces en que se acaba el vino, ha pero hay que estar atentos, acudir a la Virgencita, a dejar que Ella intervenga y le diga a su Hijo Jesús, como en Cana de Galilea: ya no tienen vino, mira ya se les acabo el vino a estos esposos. Cuando llegan los cansancios; cuando llegan los desencantos; cuando llegan las incomprensiones; cuando llegan las dudas, y que triste y que terrible, cuando llegan los abusos; cuando llega la violencia. Mis hermanos, cuando llega la rutina. Que miedo da esa carcoma de rutina, cuando ya se acostumbran a estar juntos. Recién casaditos: mi amor, mi vida, dónde te pongo, dónde te coloco, vente mi amorcito y después de que pasan los años, o te mueves o me largo, y empiezan las discusiones y empiezan los pleitos. Recién casaditos: ¡que rico cocinaste, que delicioso! Hasta se empachan los primeros días. Pero, le va a decir: que rico cocinaste, que bien te ves, que guapa y después: que vieja estás, mira nada más que acabada estás. Pues ya te la acabaste sin vergüenza […]

Miren, mis hermanos, cuando empieza a aparecer sólo el agua insípida de nuestra humanidad, cuando empiezan los problemas; la parte del diálogo, de la comunicación es cuando debe intervenir la Virgencita y deben dejarla entrar en sus vidas. Y le dice Ella a Jesús: ya no tiene vino, mira ya se les acabo el vino.

Mis amados hermanos, conocemos la debilidad humana entre los esposos y hay que estar conciente de ello, ¿cómo abunda el agua insípida? y a veces abunda más que el chispeante de vino, que el delicioso vino de renovar su encuentro. Los primeros días, ¿cómo amaneciste mi amor? ¿cómo amaneciste mi vida? y después ¡cómo! ¿amaneciste? ¡Ay caray! Atención, señores, siempre háblenle bien a sus mujeres, siempre háblenle hermoso, porque a las mujer por aquí les entra el amor, por las orejitas, ¿o no es cierto señoras? Cuantas veces les gustaría que su marido les dijeran: que bien te ves, que bonito vestido, que bien hueles, ¡ah caray! ¿es el perfume qué te regale en tu cumpleaños, verdad, mi amor? ¡Que bonito!

¡Que feo! Cuando no hay palabras de aliento; cuando no hay palabras de amor. Y al hombre mujercitas el amor le entra por los ojos, por eso ustedes siempre deben estar arregladitas para sus maridos. Siempre arregladitas para Él, que no ande echando ojos por otro lado y mucho menos vaya a llegar el marido oliendo a leña de otro hogar, por eso señoras arréglense para su esposo. Maridos, háblenles siempre con ternura, con amor, con cariño a sus mujeres.

Mis amados hermanos, vivamos esta presencia de la Virgen María, esta presencia de Dios, de Jesucristo en medio de ustedes. Fíjense, como el amor esposal sirve para hacernos comprender mejor el amor de Dios, por eso hemos proclamado la Palabra de Dios en el Cantar de los Cantares de la primera lectura.

Todo hombre es imagen de Dios, sobretodo cuando ama, cuando más grande sea el amor más fuerte es la semejanza con Dios. El amor apasionado de los novios, de los esposos pone de relieve el apasionante amor de Dios por nosotros los hombres.

Sean signo de este amor de Dios. Sean ese signo apasionado de Dios de amor por nosotros la humanidad. Pues, que el Señor siempre sea reconocido en ustedes, y que ustedes, mis amados hermanos, siempre acudan a la Virgencita en los momentos difíciles, que son muchos de la vida. Vuelvo a repetir por la debilidad humana. Porque ustedes mujercitas no se casan con superman, no, con un hombre de carne y hueso. Y ustedes señores no se casan con la mujer maravilla, se casan con mujeres de carne y hueso. Tienen que comprenderse, tienen que dialogar, tienen que entenderse, tienen que incrementar el amor a través de los detalles, a través de la vida de todos los días.

¡Felicidades!  ¡Qué Dios les bendiga!

Que siempre descubran en ustedes la presencia amorosa de Santa María de Guadalupe, a quien han invitado a su boda, la presencia amorosa de nuestro Señor Jesucristo.

¡Felicidades! ¡Qué Dios les bendiga!

 
 
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