Muy estimado Monseñor Diego, Rector de este Santuario, queridos
hermanos sacerdotes, muy amados peregrinos. Peregrinar es como una
necesidad, que tiene todo aquel que busca un ideal, que no está
satisfecho con lo que ya ha conseguido, que no se conforma con una
mediocridad, peregrinar es propio del cristiano, del hombre de fe,
que responde a una invitación. Dios nos llama y queremos obedecer
a su mandato, como Abrahán nuestro padre en la fe, que escuchó aquella
Palabra del Señor: “Deja tu tierra, deja a tus parientes y ve
a la tierra que Yo te mostraré”.
Queridos hermanos, peregrinos a pie de la Arquidiócesis de
Morelia, que han recorrido con esfuerzo y sacrificio este largo
camino desde sus parroquias y regiones a este Santuario de nuestra
Señora Santa María de Guadalupe. Ella, nuestra Madre, los estaba
esperando, para conducirlos por el camino, es decir, para llevarlos
a Jesús. A Jesús por María, es el consejo que hemos recibido de
nuestros mayores, porque Ella es el medio más seguro para encontrar
al Hijo de Dios, a nuestro Salvador. Jesús es el que se nos presenta
diciendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. ¿Cuánta
gente anda desorientada en la vida? ¿cuántos vagan perdidos sin
encontrar el sentido de su existencia, sin entender de donde venimos
y a donde vamos? Gracias, Madre, por guiarnos de la mano hacia Jesús.
Gracias por invitarnos a escuchar su Palabra, por ayudarnos a conocerlo,
a reconocerlo, a aceptarlo de corazón.
Hoy la mayoría de ustedes, como ya lo han hecho en las jornadas
de su caminar van a recibir a Jesús en la comunión. Él es el alimento
que nos permite seguir con fortaleza superando el cansancio. Él
es quien nos orienta en nuestras dudas, nos consuela en el desaliento.
Y Jesús nos acerca al Padre: “Nadie va al Padre sino es por Mí”.
Todos somos como el hijo pródigo, que le hemos dado la espalda
en algún momento a nuestro Dios, que hemos sido ingratos, rebeldes.
La gracia de la conversión, del arrepentimiento, que nos lleva al
sacramento del perdón es también un favor de María de Guadalupe,
que nos concede por su Hijo Jesús. Ella intercede para que experimentemos
esta alegría de estar cerca del Padre, de dejarnos abrazar por Él
y que nos introduce, como al hijo pródigo, a gozar de la fiesta,
esta Eucaristía es el banquete que el Padre nos da sin merecer.
Cuando le rezamos a la Virgen: Santa María, Madre de Dios ruega
por nosotros pecadores. Sabemos que Ella nos atiende, sí, ahora
en estos momentos de lucha interior, de tentaciones fuertes en medio
de este mundo tan lleno de peligros y también en la hora de nuestra
muerte. En el momento supremo del encuentro con Dios, que es juez,
pero que no es un juez de venganza, sino de misericordia.
Queridos hermanos, la peregrinación que ha sido un sacrificio,
una penitencia, es la gran oportunidad de purificarnos, de rectificar
nuestro camino, de fijar nuestros propósitos en una vida conforme
a la Palabra y al ejemplo de Jesús, nuestro Maestro y Buen Pastor.
Si somos sus discípulos, si somos sus ovejas, dejemos conducir,
renovemos nuestras promesas confiados en la ayuda de su gracia:
“Te seguiré Señor a donde quiera que vayas, no permitas que jamás
me aparte de Ti”. Pero algo que es muy importante y que ustedes
han apreciado en esta peregrinación, es que no podemos caminar solos,
aislados, descendiéndonos del hermano. Somos un pueblo en marcha,
somos una familia. La reconciliación con Dios nos exige abrir el
corazón al que va junto a mí, ser sensible a sus necesidades y también,
porque no, dejarme ayudar por el hermano. Al contemplar aquí el
rostro amable, dulce de María hemos de dejar a un lado la dureza
que nos lleva a ser groseros, a ser intransigentes, a despreciar
y maltratar a nuestros semejantes. María nos congrega en su casa
para educarnos a vivir en la paz, en el respeto, en la armonía,
en el amor sincero. Y algo muy hermoso es que han caminado con ustedes
también este grupo y más de los que están aquí: sacerdotes, pastores,
que han querido ser hermanos, compartiendo con ustedes la fatiga
ofreciéndoles este tesoro de los sacramentos y de la Palabra de
Dios.
Sacerdotes y Laicos nos necesitamos mutuamente, nuestra vocación
es para servirles a ustedes, pero también requerimos de su comprensión,
de su cariño, de su oración. El peregrino que regresa a su familia,
a su pueblo o ciudad lleva esta gran tarea de ser constructor de
la Iglesia, todos tenemos que ser misioneros, apóstoles y artífices
de paz. Como necesita hoy nuestro México, que los cristianos, todos,
nos comprometamos a trabajar por la reconciliación. Santa María
de Guadalupe ha acompañado en el camino a sus hijos predilectos
a los Juan Diegos de esta larga historia, como se les recordaba
ya desde hace 477 años, repitiéndonos: “¿qué te aflige? ¿no estás
bajo mi amparo y protección?” Hoy con toda confianza venimos
a decirle: Salva nuestra patria, conserva nuestra fe.
Durante estos días del mes del Rosario, el mes de octubre,
estamos empeñados en una campaña de oración por la paz y la justicia
en nuestra patria, pero, también, quisiera pedir en esta Eucaristía
la oración de todos por otras grandes necesidades de la Iglesia
y del mundo. En estos días en Roma se celebra una importante asamblea
el Sínodo de los Obispos, que llegados de todo el mundo y con el
Papa estudian cómo hacer que la Palabra de Dios realmente sea el
faro, el alimento de la Iglesia y su vida en su misión. En la Biblia,
especialmente en los evangelios tenemos el testimonio vivo del amor
de Dios por nosotros, manifestado en Jesucristo, Palabra que se
hizo carne. ¿Cómo debemos apreciar, estudiar, vivir conforme a esta
Palabra de Dios? Bienaventurados los que escuchan y ponen en práctica,
como María, la Palabra Divina.
Como ya he dicho al inicio, en el mes de enero se celebrará
en esta Arquidiócesis de México el Encuentro Mundial de Familias.
Y en nuestra arquidiócesis a finales de noviembre, el 30, tendremos
el encuentro diocesano de familias. Dios quiera que en todos nuestros
pueblos, que en todas nuestras parroquias las familias sean verdaderas
escuelas de virtud, formadoras de hombres y cristianos.
Con el favor de Dios el próximo lunes comenzaré la visita pastoral
por el corazón de la arquidiócesis, el seminario. Les pido su oración
para que el Señor nos conceda sacerdotes que sean verdaderos discípulos
y misioneros de Jesús, que acompañen y con su testimonio sirvan
a todo el pueblo de Dios.
Finalmente pido, también, por la asamblea de obispos que el
mes próximo celebraremos con un grupo numeroso de laicos, que participan
como verdaderos cristianos, que deben hacerlo en los ambientes del
mundo, de la economía, de la educación, de la política, de los medios
de comunicación. Solamente así podremos realizar lo que la Conferencia
de Aparecida nos pide: que hagamos de nuestra sociedad un verdadero
ambiente en el que el Evangelio se viva, sea fermento para que todos
podamos con la existencia cristiana ser para el mundo un ejemplo
de fe y de justicia.
Unámonos con grande alegría, con grande confianza, en esta
celebración sabiendo que la Santísima Virgen nos congrega, que Ella
nos conduce a Jesús y que Ella nos alcanza la gracia de perseverar,
de ser fieles en nuestros propósitos.