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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de la Arquidiócesis de Morelia, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

11 de octubre de 2008

Muy estimado Monseñor Diego, Rector de este Santuario, queridos hermanos sacerdotes, muy amados peregrinos. Peregrinar es como una necesidad, que tiene todo aquel que busca un ideal, que no está satisfecho con lo que ya ha conseguido, que no se conforma con una mediocridad, peregrinar es propio del cristiano, del hombre de fe, que responde a una invitación. Dios nos llama y queremos obedecer a su mandato, como Abrahán nuestro padre en la fe, que escuchó aquella Palabra del Señor: “Deja tu tierra, deja a tus parientes y ve a la tierra que Yo te mostraré”.

Queridos hermanos, peregrinos a pie de la Arquidiócesis de Morelia, que han recorrido con esfuerzo y sacrificio este largo camino desde sus parroquias y regiones a este Santuario de nuestra Señora Santa María de Guadalupe. Ella, nuestra Madre, los estaba esperando, para conducirlos por el camino, es decir, para llevarlos a Jesús. A Jesús por María, es el consejo que hemos recibido de nuestros mayores, porque Ella es el medio más seguro para encontrar al Hijo de Dios, a nuestro Salvador. Jesús es el que se nos presenta diciendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. ¿Cuánta gente anda desorientada en la vida? ¿cuántos vagan perdidos sin encontrar el sentido de su existencia, sin entender de donde venimos y a donde vamos? Gracias, Madre, por guiarnos de la mano hacia Jesús. Gracias por invitarnos a escuchar su Palabra, por ayudarnos a conocerlo, a reconocerlo, a aceptarlo de corazón.

Hoy la mayoría de ustedes, como ya lo han hecho en las jornadas de su caminar van a recibir a Jesús en la comunión. Él es el alimento que nos permite seguir con fortaleza superando el cansancio. Él es quien nos orienta en nuestras dudas, nos consuela en el desaliento. Y Jesús nos acerca al Padre: “Nadie va al Padre sino es por Mí”. Todos somos como el hijo pródigo, que le hemos dado la espalda en algún momento a nuestro Dios, que hemos sido ingratos, rebeldes. La gracia de la conversión, del arrepentimiento, que nos lleva al sacramento del perdón es también un favor de María de Guadalupe, que nos concede por su Hijo Jesús. Ella intercede para que experimentemos esta alegría de estar cerca del Padre, de dejarnos abrazar por Él y que nos introduce, como al hijo pródigo, a gozar de la fiesta, esta Eucaristía es el banquete que el Padre nos da sin merecer. Cuando le rezamos a la Virgen: Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros pecadores. Sabemos que Ella nos atiende, sí, ahora en estos momentos de lucha interior, de tentaciones fuertes en medio de este mundo tan lleno de peligros y también en la hora de nuestra muerte. En el momento supremo del encuentro con Dios, que es juez, pero que no es un juez de venganza, sino de misericordia.

Queridos hermanos, la peregrinación que ha sido un sacrificio, una penitencia, es la gran oportunidad de purificarnos, de rectificar nuestro camino, de fijar nuestros propósitos en una vida conforme a la Palabra y al ejemplo de Jesús, nuestro Maestro y Buen Pastor. Si somos sus discípulos, si somos sus ovejas, dejemos conducir, renovemos nuestras promesas confiados en la ayuda de su gracia: “Te seguiré Señor a donde quiera que vayas, no permitas que jamás me aparte de Ti”. Pero algo que es muy importante y que ustedes han apreciado en esta peregrinación, es que no podemos caminar solos, aislados, descendiéndonos del hermano. Somos un pueblo en marcha, somos una familia. La reconciliación con Dios nos exige abrir el corazón al que va junto a mí, ser sensible a sus necesidades y también, porque no, dejarme ayudar por el hermano. Al contemplar aquí el rostro amable, dulce de María hemos de dejar a un lado la dureza que nos lleva a ser groseros, a ser intransigentes, a despreciar y maltratar a nuestros semejantes. María nos congrega en su casa para educarnos a vivir en la paz, en el respeto, en la armonía, en el amor sincero. Y algo muy hermoso es que han caminado con ustedes también este grupo y más de los que están aquí: sacerdotes, pastores, que han querido ser hermanos, compartiendo con ustedes la fatiga ofreciéndoles este tesoro de los sacramentos y de la Palabra de Dios.

Sacerdotes y Laicos nos necesitamos mutuamente, nuestra vocación es para servirles a ustedes, pero también requerimos de su comprensión, de su cariño, de su oración. El peregrino que regresa a su familia, a su pueblo o ciudad lleva esta gran tarea de ser constructor de la Iglesia, todos tenemos que ser misioneros, apóstoles y artífices de paz. Como necesita hoy nuestro México, que los cristianos, todos, nos comprometamos a trabajar por la reconciliación. Santa María de Guadalupe ha acompañado en el camino a sus hijos predilectos a los Juan Diegos de esta larga historia, como se les recordaba ya desde hace 477 años, repitiéndonos: “¿qué te aflige? ¿no estás bajo mi amparo y protección?” Hoy con toda confianza venimos a decirle: Salva nuestra patria, conserva nuestra fe.

Durante estos días del mes del Rosario, el mes de octubre, estamos empeñados en una campaña de oración por la paz y la justicia en nuestra patria, pero, también, quisiera pedir en esta Eucaristía la oración de todos por otras grandes necesidades de la Iglesia y del mundo. En estos días en Roma se celebra una importante asamblea el Sínodo de los Obispos, que llegados de todo el mundo y con el Papa estudian cómo hacer que la Palabra de Dios realmente sea el faro, el alimento de la Iglesia y su vida en su misión. En la Biblia, especialmente en los evangelios tenemos el testimonio vivo del amor de Dios por nosotros, manifestado en Jesucristo, Palabra que se hizo carne. ¿Cómo debemos apreciar, estudiar, vivir conforme a esta Palabra de Dios? Bienaventurados los que escuchan y ponen en práctica, como María, la Palabra Divina.

Como ya he dicho al inicio, en el mes de enero se celebrará en esta Arquidiócesis de México el Encuentro Mundial de Familias. Y en nuestra arquidiócesis a finales de noviembre, el 30, tendremos el encuentro diocesano de familias. Dios quiera que en todos nuestros pueblos, que en todas nuestras parroquias las familias sean verdaderas escuelas de virtud, formadoras de hombres y cristianos.

Con el favor de Dios el próximo lunes comenzaré la visita pastoral por el corazón de la arquidiócesis, el seminario. Les pido su oración para que el Señor nos conceda sacerdotes que sean verdaderos discípulos y misioneros de Jesús, que acompañen y con su testimonio sirvan a todo el pueblo de Dios.

Finalmente pido, también, por la asamblea de obispos que el mes próximo celebraremos con un grupo numeroso de laicos, que participan como verdaderos cristianos, que deben hacerlo en los ambientes del mundo, de la economía, de la educación, de la política, de los medios de comunicación. Solamente así podremos realizar lo que la Conferencia de Aparecida nos pide: que hagamos de nuestra sociedad un verdadero ambiente en el que el Evangelio se viva, sea fermento para que todos podamos con la existencia cristiana ser para el mundo un ejemplo de fe y de justicia.

Unámonos con grande alegría, con grande confianza, en esta celebración sabiendo que la Santísima Virgen nos congrega, que Ella nos conduce a Jesús y que Ella nos alcanza la gracia de perseverar, de ser fieles en nuestros propósitos.

 
 
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