516º aniversario del inicio de la evangelización
de América
113° aniversario de la Coronación Pontificia de la Imagen de
santa María de Guadalupe
32º aniversario de la dedicación de esta Nueva Basílica
Muy queridos hermanos y hermanas en este día 12, este Domingo
día del Señor, realmente estamos de fiesta. Al inicio de nuestra
celebración recordábamos tres acontecimientos especiales por los
cuales nosotros celebramos fiesta, nosotros damos gracias a Dios
con esta eucaristía.
Estamos de fiesta, como sabemos, el día de hoy estamos celebrando
el 516º aniversario del inicio de la evangelización de América,
que comenzó en el año de 1492. Además el 113° aniversario de la
Coronación Pontificia de la Imagen de santa María de Guadalupe,
en el año de 1895. Y finalmente, celebramos el 32º aniversario
de la dedicación de esta Nueva Basílica de santa María de Guadalupe,
que tuvo lugar en el año de 1976.
Nuestra Madre del cielo pidió que se edificara una casita sagrada,
un templo, en este llano del Tepeyac y que fuera aprobado por mi
dignísimo antecesor, fray Juan de Zumárraga. Casita sagrada en donde
Ella quiere ofrecer todo su amor que es su propio Hijo, Jesucristo,
Nuestro Señor.
El hecho de que la Madre de Dios pidiera se edificara un templo,
para los indígenas era sumamente importante; ya que el templo para
nuestros ancestros significaba el edificar un nuevo pueblo, una
nueva civilización; pues el templo era lo primero que se construía
y era el fundamento sagrado para crear una nueva comunidad; por
lo tanto, los indígenas entendieron perfectamente que lo que María
venía a realizar como una misión vital era el construir una nueva
civilización teniendo como raíz y verdad el templo en donde daría
lo más sagrado y fundamental que era su propio Hijo, Jesucristo
nuestro Señor. Como lo expresa directamente al humilde san Juan
Diego, su fiel mensajero: "Mucho quiero, mucho deseo, que aquí
me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré
al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor
personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxi1io,
a Él que es mi salvación”.
Queda claro pues, que el punto central del mensaje de la Virgen
de Guadalupe no era Ella, sino su Hijo Jesucristo.
Además, esta connotación que usa María de desear se construya
el templo nombrándolo: "casita sagrada", significa también
el lugar de encuentro donde se da la relación familiar, el compartir
una misma sangre que nos une como hermanos. ¡Somos familia de Dios!
Santa María de Guadalupe, al presentarse como la Madre de Dios y
madre nuestra, nos está confirmando que somos verdaderos hijos de
Dios y precisamente ahí se encuentra lo más profundo de nuestra
dignidad.
Con cuanta belleza el profeta nos ha narrado de esa agua que
sale del templo, de esa agua que todo purifica, que todo a le da
vida, que todo lo trasforma.
Las lecturas del día de hoy nos iluminan sobre la importancia
y la trascendencia del “templo”, lugar sagrado, donde Dios se encuentra
con sus hijos. El templo es el lugar donde la historia humana se
transforma en historia de salvación en el amor de Dios; ya que nos
hace partícipes de su amor y nos encomienda la misión de ser instrumentos
en sus manos amorosas para que todo ser humano encuentre esta maravillosa
identidad de ser hijos del Altísimo, del Dueño del cielo y de la
tierra, y así tener parte en la vida eterna; instrumentos como san
Juan Diego, quien fue el humilde laico portador del inmenso amor
de Dios por medio de Santa María de Guadalupe y nos ha hecho a todos
partícipes de este inmenso amor divino; que llega a su entrega,
precisamente en el templo, es aquí donde el amor de Dios se ofrece
hasta dar la vida por cada uno de nosotros, que somos sus hijos;
especialmente, en la Eucaristía.
Santa María de Guadalupe pidió que este templo fuera aprobado
por el obispo, el consagrado, el humilde fraile franciscano, fray
Juan de Zumárraga, quien en ese momento era cabeza de la Iglesia;
por lo que es claro que la Madre de Dios, la Madre del Dueño del
cielo y de la tierra, se somete a la autoridad del obispo, ya que
éste es cabeza de la Iglesia; en otras palabras, María es madre
y modelo de la Iglesia, María forma Iglesia, hace Iglesia.
Para lograr la aprobación del obispo; María eligió a san Juan
Diego como su mensajero para que le describiera a Zumárraga todo
lo que había admirado y escuchado, y no sólo eso, sino que además,
la Virgen no escatimó ningún esfuerzo para que el obispo recibiera
la señal que pedía, para confirmar que todo lo que le transmitía
san Juan Diego era verdad; una señal maravillosa: flores; flores
que se habían enraizado en lo alto del cerro del Tepeyac; flores
que habían surgido en un cerro pedregoso, salitroso, donde sólo
habían espinos y abrojos, signos de muerte. La vida había brotado
en un cerro muerto; la vida triunfó encima de la muerte; una vida
que sólo puede venir de Aquel que es el dueño de la vida, del verdaderísimo
Dios por quien se vive.
San Juan Diego al entregar la señal de las flores, jamás se
imaginó que delante del obispo la Imagen de la Madre de Dios se
estamparía en su humilde tilma, siendo esta portentosa Imagen
complemento maravilloso de la señal que él llevaba. Pero si reflexionamos
un poco más, comprenderemos que la Imagen de Santa María de Guadalupe
en la tilma del humilde laico hace que éste forme parte de
esa misma señal, ya que la tilma, entre los indígenas, significaba
la misma persona, en este caso de Juan Diego; por lo tanto, el laico
es también parte de la señal de la Virgen de Guadalupe para el obispo;
en otras palabras: ¡El laico forma parte de la señal del amor de
Dios, dentro de la Iglesia y desde la Iglesia, para el mundo entero!
Ahora entendemos más la profundidad del Acontecimiento Guadalupano,
ya que es el encuentro entre Dios y los hombres, por medio de su
Madre, Santa María de Guadalupe; éste es un encuentro que se da
en un corazón humilde y sencillo, que abre sus puertas a Dios y
en donde Santa María de Guadalupe hace su hogar, forma la familia
de Dios; es un acontecimiento maravilloso que desde los indígenas
es para el mundo entero. Por ello, la Virgen María envía a un macehual,
san Juan Diego y habla en su lengua náhuatl, y todavía elige su
humilde tilma para estampar su bendita Imagen y así lanzar
el mensaje de amor para todos los seres humanos, que de igual forma
sean capaces de construir este templo en su propio corazón y así
iniciar la construcción de la civilización del Amor.
Como san Pablo nos lo confirma de una manera clara y firme,
como hemos escuchado en la segunda lectura, cuando el apóstol dice:
"Ustedes son la casa que Dios edifica" (1 Cor 3, 9)
Además, Santa María de Guadalupe confirma que venía a entregar
el Amor, que es su propio Hijo, no sólo a los indígenas ni a los
españoles, sino a todo ser humano: "a las más variadas estirpes";
Ella nos integra a todos en la armonía y en la unidad que se da
sólo en el amor, formando una sola familia, un sólo pueblo, una
cultura de la vida, una civilización del amor. De hecho, esto es
lo que representa también su rostro mestizo, la integración de todo
ser humano como una verdadera familia de Dios que sabe construir
un nuevo hogar en este lugar de encuentro con lo más sagrado: el
templo.
Por ello, toda esta gran alegría de estar ahora aquí, en el
templo de Dios, celebrando esta Eucaristía, con el gozo de tener
este encuentro con nuestro Dios y Señor, por medio de nuestra Madre
Santísima de Guadalupe, nos convoca a una gran responsabilidad ya
que también nos toca a todos procurar, con todas nuestras fuerzas,
que este hogar sagrado, esta familia, este templo, esta cultura
de la vida, esta civilización del amor, se continúe construyendo
desde nuestro corazón; que este lugar sea respetado, encontrando
en ello nuestra máxima dignidad: ser hijo de Dios.
Debemos de ser conscientes que todos tenemos esta misma dignidad,
pues todos somos hermanos, la sangre que corrió en esa cruz, signo
de la entrega y del amor máximo de Jesús, nuestro Dios, corre por
nuestras venas. Por ello todos y cada uno de nosotros somos Templos
del Espíritu Santo el cual tiene que ser respetado y dignificado.
Por ello, es necesario pedirle a Jesucristo Nuestro Señor que
entre en nuestro corazón como personas individuales, pero también
a nuestro corazón como comunidad, y que con toda fuerza y energía
saque de él todo pecado, todo robo e injusticia, que derribe las
mesas de todos aquellos que han convertido su templo en cueva de
ladrones, que purifique el corazón humano de todo robo e injusticia,
de todo secuestro y corrupción, de todo asesinato y destrucción.
Urge un encuentro profundo con Dios, lo necesitamos en nuestra sociedad,
en nuestro pueblo, en nuestra familia, en nuestro corazón. Como
dijo el amado y recordado Siervo de Dios, Juan Pablo II, ¡no tengan
miedo, abran las puertas a Cristo!, y asimismo, nos sigue repitiendo
nuestra Madre Santísima de Guadalupe por medio de las palabras que
dirigió al humilde san Juan Diego: no tengas miedo ¿no estoy yo
aquí que tengo el honor y la dicha de ser tu madre?"
Sí, Santa María de Guadalupe ha querido que el templo donde
Ella nos dará a su propio Hijo, que es el amor, haya sido construido
aquí en el Tepeyac, donde han florecido rosas, donde se han escuchado
cantos, donde la verdad de su amor ha puesto su pie y ha convertido
un cerro pedregoso, polvoso, lleno de espinos y abrojos, en un vergel
de flor y canto, en un jardín de la verdad de Dios, en donde las
rosas llenas del rocío de la mañana han plantado su raíz convirtiéndolo
en el lugar pleno de la vida y de la verdad de Dios; lo ha convertido
en un lugar sagrado donde se da el encuentro profundo y trascendental
de Dios con sus hijos, que somos todos nosotros, por medio de Santa
María de Guadalupe; por lo tanto, lo que ha hecho aquí, es lo que
queremos que realice en cada uno de nuestros corazones, en cada
uno de los mexicanos, en cada una de las más variadas estirpes.
Por lo que nuestra responsabilidad está aquí y ahora, abramos nuestro
corazón a Dios, no dejemos perder a nuestro México a nuestro amado
país, a nuestra comunidad, a nuestra sociedad, a nuestra familia,
a nuestra persona, en medio de la violencia, la injusticia y la
muerte.
Y este mensaje de vida no es solamente para nosotros, sino
para que México lo trasmita a América y al mundo entero.
Para Dios, no hay imposible, tenemos que abrir las puertas
de nuestro templo, Templo del Espíritu Santo, que Dios Padre, por
medio de Jesucristo lo purifiquen, lo libren de todo error y pecado,
y lo lleven a la plenitud de su amor, como dice san Pablo: "¿No
saben acaso ustedes que son e1 templo de Dios y que el Espíritu
de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será
destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes
son ese templo. “Que Santa María de Guadalupe encauce todo nuestro
ser en ese amor pleno de Dios y nos de fuerza a todos para cumplir
con nuestra responsabilidad, como Ella misma nos dice por medio
de San Juan Diego: "«Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento
mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte»".