Palabras
de Mons. Diego Monroy Ponce,
Vicario General y Episcopal de Guadalupe
3er. Aniversario Luctuoso de S.S.
Juan Pablo II
02 de abril de 2008
Si bien hemos perdido a un amigo tan querido por nosotros,
a Juan Pablo II el Grande, lo hemos perdido aquí en la tierra pero lo
hemos ganado en el cielo. Por eso, con alegría, estamos reunidos esta
tarde, para recordar el tercer aniversario de su encuentro definitivo
con el padre.
Recordemos que un día como hoy a las 21:37 hora de Roma, 13:37
hora de México, recibimos la noticia que conmovió al mundo entero y
que escuchamos decir oficialmente: Su Santidad Juan Pablo II ha
regresado a la casa del Padre.
Demos gracias a Dios por el don precioso que nos hizo en Juan
Pablo II, y pidámosle que pronto lo veamos en los altares. Por más de
26 años el fue el Buen Pastor que guió, que condujo, que animó, a la
Iglesia Universal.
El vino en enero 26 de 1979 por primera vez a nuestro país,
y otras cuatro veces más. Y desde la primera visita el quedó profundamente
prendado de la devoción, del amor, del Pueblo de México; no digamos
cómo quedamos nosotros: enamorados realmente de este hombre que nos
comunicaba a un Dios vivo, a un Cristo de amor, sensible a las necesidades
de todos.
Recordemos sus mensajes que fueron muchísimos, pero sobre todo
hoy, a tres años de su encuentro definitivo con el Padre, recordemos,
vivamos el testimonio, el consejo y las palabras de nuestro querido
Juan Pablo II, que dieron un giro total en el curso de las naciones
enteras.
El derribó muros, rompió fronteras, movió millones de corazones
humanos descubriéndoles el profundo sentido de la vida. Recordemos el
primer momento en que él, una vez elegido, se asomó al balcón para ser
presentado como el sucesor de Pedro, después de Juan Pablo I, y cómo
nos gritó desde ahí: “No tengan miedo, no tengan miedo”.
Yo creo que esta es una de las herencias más grandes de Juan
Pablo II porque en esas palabras más que ver al teólogo, al filósofo,
al intelectual, vemos al cristiano de primera calidad (…). Y nos invita
a que como él, anunciemos con decisión, con valentía, con gozo, con
entusiasmo, el Evangelio de Jesucristo.
No podíamos dejar pasar este día, tercer aniversario de su
encuentro con el Padre, para recordarlo. Personalmente tengo muchísimas
experiencias muy bellas vividas con el Papa Juan Pablo II, particularmente
en su primera visita en la que tuve el honor de ser ceremoniero papal,
que tuve la gracia, la bendición, de quedarnos en un momento solos él
y yo. Yo estaba en un rincón, petrificado, sin saber que hacer, mudo,
ante la presencia del sucesor de Pedro. Y fue él quien se acercó a mí,
fue el quien me pregunto: cómo te llamas, cuándo te ordenaste, de dónde
eres, y empezamos el diálogo, como fue siempre Juan Pablo II.
Fue un encuentro muy bello, muy hermoso, después mete la mano
a su bolsa y me entrega un rosario. Mete su mano a otra bolsa y me entrega
un llavero y luego una estampa que conservo hasta el día de hoy como
expresión y recuerdo de aquel primer momento increíble, maravilloso,
con Juan Pablo II.
Con la muerte de Juan Pablo II muere también un discípulo de
Cristo a carta cabal, un líder, un hombre carismático, un hombre lleno
de luz y de esperanza que supo conducir a la Iglesia de Cristo por más
de 26 años, hacia el Tercer Milenio de la era cristiana.
Con su partida nos ha dejado un legado sobre el sentido de
la vida, sobre el sentido del dolor, sobre el sentido de la caridad,
sobre el sentido del otro. Dio a la vida, como lo afirmaron nuestros
obispos el mismo día de su encuentro con el Padre, aquel dos de abril
del año 2005, un rostro de paz, de serenidad, de conciliación. Estas
palabras nos retratan a Juan Pablo II. Su mensaje no fue indiferente,
revolucionó sociedades, revolucionó mentalidades e ideologías, pero
llenas de verdad. Fue un punto de referencia de la conciencia moral
del mundo contemporáneo
¡Cómo gritábamos aquí en México: Juan Pablo II te vimos un
segundo!. Porque Juan Pablo II fue un papa para ver, el Papa Benedicto
XVI es un Papa para escuchar. Tuve también ya la bendición de encontrarme
con él y fue un encuentro tan bello, tan hermoso como fue mi encuentro
con el Papa Juan Pablo II.
(…) Juan Pablo II siempre vivirá en nuestros corazones; siempre
vivirá no sólo en nuestro recuerdo, siempre vivirá en nuestra oración.
Pidámosle al Señor intensamente que pronto lo veamos en los altares,
y sentiremos un santo muy cercano a nosotros, a quien quisimos y quien
nos quiso. Recuerden cómo en el estadio Azteca nos dijo en 1999: “Soy
mexicano”.
(…) Tendremos la bendición de recibir, primeramente Dios en
el próximo año 2009 al Papa Benedicto XVI, y seguramente tendremos la
misma experiencia; seguramente, porque son tres los grandes amores de
México: Cristo Rey, Santa María de Guadalupe y el Papa, sea quien sea.
Ahora es Benedicto XVI, y espero que lo recibamos con la misma alegría,
con el mismo gozo, como recibimos al Papa Juan Pablo II.
Dios les bendiga a todos.