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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el R. P. Nicolás Gómez Sánchez, Vicario Episcopal de la II Zona Pastoral, en el primer día del Dozavario en preparación de la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

LA FAMILIA, PRIMERA EDUCADORA DE LA FE
1 de diciembre de 2008

Mis amados hermanos sacerdotes, mis amados hermanos, todos en Cristo el Señor. Dios que es fiel nunca nos deja solos. Nos da signos de su amor y nos convoca a una misión importante: la salvación del mundo.

Nuestra II Vicaría Episcopal hoy se hace presente a los pies de nuestra Santísima Madre de Guadalupe para inaugurar el Dozavario hacia el VI Encuentro Mundial de las Familias, que es un signo de esperanza, que es una Palabra para la Iglesia y para el mundo. Una palabra, pedía el centurión en el Evangelio, que acabamos de escuchar. Una Palabra que es algo tan cotidiano, que no solemos reparar en su valor, pero que nos mueve y condiciona nuestro sentir, nuestro actuar, nuestro ser. La palabra puede unir y puede separar. La palabra puede exaltar y puede hundir. La palabra puede crear y puede destruir ¿cuántas veces la felicidad o la desdicha, la guerra no la paz, la vida o la muerte dependen de una palabra en el momento oportuno? Respecto a la palabra en la Biblia aparece una expresión asombrosa: Dios habló en el pasado a nuestros padres por boca de los profetas. El tiempo de los profetas es el contexto de la primera lectura que hemos escuchado en esta Santa Misa. La experiencia del pueblo de Israel en tiempos difíciles, en tiempos de guerra, de desconcierto, de desesperanza y Dios parece esconderse para ellos, puede existir esta sensación entre nosotros, no hay duda, por eso es oportuna y maravillosa la palabra del profeta Isaías, que dice: “Dios nos mostrará sus caminos para que marchemos por sus celdas. Él será el arbitro de las naciones, el juez de numerosos pueblos, de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas, ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. Levántate casa de Jacobo caminemos a la luz del Señor”.

Esta palabra, mis amados hermanos, es fundamental para sostener la esperanza de toda la nación de Israel, pero hay más, el profeta está hablando en realidad de algo mucho más grande. Así lo decía san Pablo: en el pasado Dios habló por los profetas. Ahora nos ha hablado por medio de su Hijo. Una palabra, pedía el centurión; en esta expresión bellísima que ha pasado a formar parte de nuestra liturgia: no soy digno de que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Que maravillosa expresión de fe, sorprendente, pero más maravillosa y más sorprendente es la forma en que Dios se ha pronunciado. La palabra que el Padre nos ha dado es Cristo mismo. El grito de amor de Dios a la humanidad, el Verbo hecho carne, crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Cristo Palabra de Dios se traduce para nosotros en salvación.

El encuentro con Cristo marca de manera eficaz la diferencia entre la vida y la muerte, nos da vida nueva, vida eterna: ¿cómo no reconocer la urgencia de que el mundo conozca esta Palabra? ¿cómo negar la necesidad que hoy tenemos de esa Palabra en nuestras sociedad, en nuestra nación, en nuestra arquidiócesis, en nuestra Vicaría de Cristo Rey? Ahí están tantos conocidos nuestros, tantos jóvenes, tantos ancianos, tantas familias que esperan de nosotros un testimonio sólido, palpable de que Dios ha amado a la humanidad en Cristo. Un testimonio de que es posible una vida distinta y trascendente. Una felicidad distinta a la vacía comodidad que propone el mundo.

El hombre necesita un signo profundo que le ayude a adquirir una vida nueva, basada en una nueva identidad la de Cristo, el Hijo de Dios. Por eso encontramos en la familia cristiana un signo muy profundo de salvación. El modelo de la familia cristiana es la Sagrada Familia de Nazaret donde es necesario que el Hijo mismo de Dios pase alrededor de treinta años, creciendo en edad, sabiduría y gracia. ¡Qué admirable misterio! ¡Qué misión tan importante de la familia: humilde, discreta, pero de una trascendencia enorme, preparar al Hijo para salvar al mundo! De la misma manera la familia cristiana, primera educadora de la fe, provee al hombre y a la mujer de las virtudes humanas y cristianas que hacen de él un hombre al servicio de la comunidad humana, que lo saca del egoísmo y que lo convierte en otro Cristo. Ese conjunto fundamental de valores no puede presuponerse, pues, el hombre necesita un ambiente sólido que le ayuden a encontrarse con Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. El Señor ha suscitado la familia como verdadera Iglesia doméstica, donde el hombre recibe la fe que le hace capaz de encontrarse con Dios.

Por eso, mis amados hermanos, hemos cantado en el Salmo Responsorial la alegría del encentro con el Señor en Jerusalén, que es signo de la Iglesia preparada con Cristo para ser portadora de un mensaje bellísimo: Dios es nuestro Padre. En Cristo podemos llamar a Dios: Papá. Somos parte de una familia, que nadie por eso se sienta sólo. Por eso la misión de Dios nos la encomienda, cuando nos dice: vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.

Mucha gente en nuestra II Vicaría espera con ansia este mensaje, que le permita vencer el egoísmo y la muerte anunciando por todas partes a Cristo portador de la Buena Nueva. Dios que es Trinidad, que es familia, comunión de personas nos comparte su misma vida. La familia abierta a la vida rompe el egoísmo y permite al hombre participar de la esencia misma de Dios, que es amor. En Dios es posible donarse completamente, es posible trascender en el otro pasando de un “yo” a un “nosotros”. Es Cristo, mis amados hermanos, en la cruz quien nos muestra la verdadera naturaleza del amor, por eso dirá san Juan: en esto consiste el amor. No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos dio a su Hijo como victima de expiación por nuestros pecados. Cristo es la Palabra amorosa de Dios. Es el misterio del Verbo hecho Carne. El Dios que por amor al hombre bajo del cielo pasando por uno de tantos; el hombre que fue fiel a Dios hasta la muerte y una muerte de Cruz. El Dios que fue fiel al hombre hasta levantarse del sepulcro y le dio así vida nueva: una Palabra tuya bastará para sanarme. Dios ha dicho su última Palabra, su única Palabra, en Cristo el Señor.

Ahí está Santa María de Guadalupe, en cuyo Santuario estamos, anunciándonos hoy el mensaje de la encarnación con el signo conmovedor del Ayate de Juan Diego: se esparcieron las flores y se convirtió en señal, nos narra el texto guadalupano. Esta celebración, en todo su contexto, debe renovar profundamente nuestra esperanza: ánimo el Señor viene. Es el mensaje de Adviento que estamos iniciando.

Mis amados hermanos, que María de Guadalupe que ha esperado con amor y dulzura al Hijo, al Verbo de Dios, interceda por nosotros, que nadie en esta Eucaristía se sienta solo. Dios nos ha hecho su familia, nos lava las heridas, nos sienta a su mesa, nos da a su Madre, nos hace hermanos. Dí al Señor con la fe de aquel centurión: una Palabra Señor bastará para sanarme. Y escucha la respuesta de Dios: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Demos gracias al Señor.

 
 
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