2
de abril de 2008
Hermanos y hermanas, el gozo y la alegría que vivimos
durante estos cincuenta días de Pascua, nos permiten adentrarnos,
si bien es cierto, en el hecho histórico de la resurrección
de Jesús, como acontecimiento central de la fe cristiana,
también lo es, un acercamiento al misterio y ministerio de la Iglesia
naciente, la cual precisamente en el Libro de los Hechos de los Apóstoles
se nos presenta en sus primeros treinta años.
La fuerza de la predicación apostólica, que incipiente y llena
de miedo comenzó en Jerusalén, pronto rebasó los límites geográficos
de la ciudad, gracias al testimonio valiente, firme y decidido
de los discípulos de Jesús, quienes encontraron en la tumba
vacía, en el mensaje de las mujeres piadosas y en su propia experiencia
con el Maestro resucitado, una razón para seguir con
la obra del Crucificado; aún a pesar de la incredulidad de
algunos, del señalamiento de otros, y de la misma persecución que
condujo a muchos de ellos al martirio. Es así como en medio
de luces y de sobras nació la Iglesia.
San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles,
narra en la lectura que acabamos de proclamar, el éxito de la
predicación de los apóstoles. La joven comunidad predicaba
aún en medio de las persecuciones, dificultades y contradicciones,
revelando con ello, la creciente oposición con que se
va encontrando la difusión del Evangelio.
El encarcelamiento de los apóstoles, por parte del sumo sacerdote
y de los saduceos, pretende acabar con la predicación de la buena
noticia de la resurrección, queriendo como encadenarla y ahogarla
en el silencio de la prisión.
Mis Hermanos no podemos encadenar la Palabra de Dios, menos
ahogarla. El poder del mensaje pascual brota con la fuerza
que da la libertad de la propia palabra, la cual no puede
ser encadena, ni sujeta a componendas y caprichos humanos.
En el episodio de la liberación de los apóstoles, la intención
de san Lucas es mostrar y proclamar de manera sencilla que Dios
no tolera que se quiera acallar su palabra. Por eso los apóstoles
son liberados con una orden muy precisa: “Vayan y pónganse a
predicar en el Templo” (5, 20). Entendido así, que la
proclamación de la buena noticia, no es un querer, sino más bien una
obligación y deber que urge y apremia a todos. Ya esto lo
habíamos escuchado antes, cuando Jesús al subir al cielo, instruyera
a sus discípulos y seguidores: “Vayan, pues, y hagan que todos los
pueblos sean mis discípulos” (Mt 28, 19).
Ayer como hoy, cuántos intereses no quieren acallar la
palabra divina y sujetarla a sus propios intereses mezquinos y soberbios.
Más ella, como afirma el apóstol san Pablo es como una espada
de doble filo, pues en su dureza deja al descubierto nuestras
pequeñeces y en su suavidad acaricia como bálsamo nuestras heridas.
Ésta es la fuerza de la palabra de Aquel que venció el mal del
mundo a fuerza del bien.
El cabal cumplimiento de la palabra, contrasta, con la actitud
de aquellos que no han sabido cumplirla. De esto nos da razón el texto
sagrado: Pues quienes anuncian la palabra, guardan una actitud
libre y serena, distinta a quienes no la guardan, pues inmediatamente
la contrariedad, la perplejidad y el miedo se dejan
sentir sin remedio alguno.
Es precisamente, en la fuerza de esta palabra, donde el
Papa Juan Pablo II, a quien hoy recordamos en su III
aniversario luctuoso, encontró la fuerza necesaria para el
ejercicio de su ministerio petrino, como obispo de Roma y pastor de
la Iglesia Universal. A través de ella pudo liberar el comunismo que
como terrible sombra se cernía sobre la humanidad. Con su mensaje
de esperanza llegó a Nicaragua y a Cuba defendiendo el derecho de
los pueblos y de las personas. Siempre tuvo para los sufrientes
y enfermos una palabra de consuelo, de ternura y esperanza. En la
sede de la Naciones Unidas su mensaje
resonó, afirmando que el camino del hombre es el camino de la Iglesia.
A tres años de su regreso a la Casa del Padre, aún mantenemos
vivo entre nosotros su paternal recuerdo, sus gestos y sus palabras
llenas de vida. No cabe duda que su mensaje nunca estuvo sujeto
a intereses, pues como lo afirmaron nuestros obispos en su momento,
el Papa dio a la vida: un rostro de paz, serenidad y conciliación.
Su mensaje no fue indiferente, revolucionó sociedades, mentalidades
e ideologías, aunque también a muchos incomodó… Sus palabras
fueron duras pero llenas de verdad. Fue un punto de referencia
de la conciencia moral del mundo contemporáneo. La fuerza de su mensaje
lo llevó a enfrentarse con feroces lobos, pero siempre defendiendo
a sus ovejas. (Jn 10, 11-13). A ejemplo de Jesús el Buen Pastor.
De Juan Pablo II tenemos un sin fin de palabras pronunciadas,
de escritos, de discursos y de testimonios que sería interminable
hablar de todos ellos, es por eso que la enseñanza de este
Sumo Pontífice la podemos centrar en la exhortación que nos hizo al
inicio de su pontificado, aquel 22 de octubre de 1978: ¡No
tenga miedo! ¡Abran las puertas al Redentor!, de ahí que más
que hablar del teólogo, del filósofo o del humanista, tenemos que
hablar del gran cristiano que hizo la síntesis de su vida al mirar
en el hombre a Dios y a Dios en el hombre.
Juan Pablo II es una expresión palpitante del amor de
Dios por el hombre, auque esta máxima expresión se nos haya dado en Jesucristo, como lo afirma
la sagrada escritura el día de hoy: Tanto amó Dios al mundo,
que le dio a su Hijo único (Jn 3, 16). Él se suma como otros
tantos testigos de la historia a las múltiples manifestaciones del
amor de Dios por el hombre. Ahí tenemos a la humilde, sencilla, frágil
y pequeña Teresa de Calcuta, quien con sus pobres, enfermos
y desamparados cantó el amor de Dios. Cuantas veces vimos unidos a
Juan Pablo II y a la madre Teresa de Calcuta. En una ocasión, ya por
el año 1982, la madre Teresa nos dio un retiro precisamente allá en
el Vaticano y entró de la mano del Papa Juan Pablo II, nunca se me
va olvidar esta imagen de estas dos grandes, colosales figuras que
vivieron radicalmente el Evangelio en nuestro hoy, en nuestro aquí
y en nuestro ahora.
Y qué decir del amor de Dios concretizado en la vida de Chiara
Lubich, fundadora del movimiento de los focolares. Y Charles
de Foucauld y de tantos hombres y mujeres del siglo XX y XXI, campeones
del Evangelio.
Hermanos y hermanas todo lo que estos hombres y mujeres han
hecho, tiene su origen en el amor eterno del Padre, en la libre
elección de querer vivir como hijos de la luz y no de las tinieblas.
Todos estamos llamados a ser testigos de la luz y a estar bajo la
misericordia de Dios-Amor.
Como no recordar al Papa bueno, al gran Juan Pablo II, si en
cada una de sus enseñanzas, con autoridad, con fuerza habló de la
dignidad del hombre y de la mujer, lo hizo como lo diríamos coloquialmente;
“fuerte y quedito”. Con la autoridad recibida de Jesucristo
y como padre y pastor del único rebaño.
El mensaje del Papa siempre fue incluyente y evangelizador,
nadie era ajeno a su palabra. Los intelectuales, los obreros,
los artistas, los dirigentes de las naciones, los políticos, los líderes
religiosos y los libres pensadores siempre fueron para él
un punto de acción. Qué decir de su opción por los niños, los
enfermos, los pobres, los ancianos y los encarcelados y de los indígenas.
Aún resuena entre nosotros, la defensa que desde
este Santuario, precisamente desde este lugar, hiciera de las
etnias indígenas. A cada una de ellas expresó la cercanía
de la Iglesia y exhortó a todos a apoyar las legítimas aspiraciones
de los pueblos indios, respetando y difundiendo sus valores, pues
México necesita de sus indígenas y los indígenas necesitan de
México.
Nos exhortó desde este mismo lugar a reconciliarnos con nuestra
historia, con nuestros origines, con nuestra cultura. Somos un pueblo
mestizo resultado, de la unión, del encuentro, en el regazo de nuestra
niña y muchachita santa María de Guadalupe, de nuestros abuelos indios
y de nuestros abuelos españoles.
Amados hermanos y hermanas pidamos al Señor en esta Eucaristía,
por intercesión de nuestra Muchachita santa María de Guadalupe y de
san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, protector y abogado de los indígenas,
conceda la corona de la inmortalidad al Siervo de Dios Juan
Pablo II que pronto lo veamos en los altares y que nosotros tengamos
en él a un intercesor en el cielo.
Que así sea.