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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión del 3er. Aniversario Luctuoso del Papa Juan Pablo II, en la Basílica de Guadalupe.

2 de abril de 2008

Hermanos y hermanas, el gozo y la alegría que vivimos durante estos cincuenta días de Pascua, nos permiten adentrarnos, si bien es cierto, en el hecho histórico de la resurrección de Jesús, como acontecimiento central de la fe cristiana,  también lo es, un acercamiento al misterio y ministerio de la Iglesia naciente, la cual precisamente en el Libro de los Hechos de los Apóstoles se nos presenta en sus primeros treinta años.

La fuerza de la predicación apostólica, que incipiente y llena de miedo comenzó en Jerusalén, pronto rebasó los límites geográficos de la ciudad, gracias al testimonio valiente, firme y decidido de los discípulos de Jesús, quienes encontraron en la tumba vacía, en el mensaje de las mujeres piadosas y en su propia experiencia con el Maestro resucitado, una razón para seguir con la obra del Crucificado; aún a pesar de la incredulidad de algunos, del señalamiento de otros, y de la misma persecución que condujo a muchos de ellos al martirio. Es así como en medio de luces y de sobras nació la Iglesia.

San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, narra en la lectura que acabamos de proclamar, el éxito de la predicación de los apóstoles. La joven comunidad predicaba aún en medio de las persecuciones, dificultades y contradicciones, revelando con ello, la creciente oposición con que se va encontrando la difusión del Evangelio.

El encarcelamiento de los apóstoles, por parte del sumo sacerdote y de los saduceos, pretende acabar con la predicación de la buena noticia de la resurrección, queriendo como encadenarla y ahogarla en el silencio de la prisión.

Mis Hermanos no podemos encadenar la Palabra de Dios, menos ahogarla.  El poder del mensaje pascual brota con la fuerza que da la libertad de la propia palabra, la cual no puede ser encadena, ni sujeta a componendas y caprichos humanos.

En el episodio de la liberación de los apóstoles, la intención de san Lucas es mostrar y proclamar de manera sencilla que Dios no tolera que se quiera acallar su palabra. Por eso los apóstoles son liberados con una orden muy precisa: “Vayan y pónganse a predicar en el Templo” (5, 20). Entendido así, que la proclamación de la buena noticia, no es un querer, sino más bien una obligación y deber que urge y apremia a todos. Ya esto lo habíamos escuchado antes, cuando Jesús al subir al cielo, instruyera a sus discípulos y seguidores: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28, 19).

Ayer como hoy, cuántos intereses no quieren acallar la palabra divina y sujetarla a sus propios intereses mezquinos y soberbios. Más ella, como afirma el apóstol san Pablo es como una espada de doble filo, pues en su dureza deja al descubierto nuestras pequeñeces y en su suavidad acaricia como bálsamo nuestras heridas. Ésta es la fuerza de la palabra de Aquel que venció el mal del mundo a fuerza del bien.

El cabal cumplimiento de la palabra, contrasta, con la actitud de aquellos que no han sabido cumplirla. De esto nos da razón el texto sagrado: Pues quienes anuncian la palabra, guardan una actitud libre y serena, distinta a quienes no la guardan, pues inmediatamente la contrariedad, la perplejidad y el miedo se dejan sentir sin remedio alguno.

Es precisamente, en la fuerza de esta palabra, donde el Papa Juan Pablo II, a quien hoy recordamos en su III aniversario luctuoso, encontró la fuerza necesaria para el ejercicio de su ministerio petrino, como obispo de Roma y pastor de la Iglesia Universal. A través de ella pudo liberar el comunismo que como terrible sombra se cernía sobre la humanidad. Con su mensaje de esperanza llegó a Nicaragua y a Cuba defendiendo el derecho de los pueblos y de las personas. Siempre tuvo para los sufrientes y enfermos una palabra de consuelo, de ternura y esperanza. En la sede de la Naciones Unidas su mensaje resonó, afirmando que el camino del hombre es el camino de la Iglesia.

A tres años de su regreso a la Casa del Padre, aún mantenemos vivo entre nosotros su paternal recuerdo, sus gestos y sus palabras llenas de vida. No cabe duda que su mensaje nunca estuvo sujeto a intereses, pues como lo afirmaron nuestros obispos en su momento, el Papa dio a la vida: un rostro de paz, serenidad y conciliación. Su mensaje no fue indiferente, revolucionó sociedades, mentalidades e ideologías, aunque también a muchos incomodó… Sus palabras fueron duras pero llenas de verdad. Fue un punto de referencia de la conciencia moral del mundo contemporáneo. La fuerza de su mensaje lo llevó a enfrentarse con feroces lobos, pero siempre defendiendo a sus ovejas. (Jn 10, 11-13). A ejemplo de Jesús el Buen Pastor.

De Juan Pablo II tenemos un sin fin de palabras pronunciadas, de escritos, de discursos y de testimonios que sería interminable hablar de todos ellos, es por eso que la enseñanza de este Sumo Pontífice la podemos centrar en la exhortación que nos hizo al inicio de su pontificado, aquel 22 de octubre de 1978:  ¡No tenga miedo! ¡Abran las puertas al Redentor!, de ahí que más que hablar del teólogo, del filósofo o del humanista, tenemos que hablar del gran cristiano que hizo la síntesis de su vida al mirar en el hombre a Dios y a Dios en el hombre.

Juan Pablo II es una expresión palpitante del amor de Dios por el hombre, auque esta máxima expresión se nos haya dado en Jesucristo, como lo afirma la sagrada escritura el día de hoy: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único (Jn 3, 16). Él se suma como otros tantos testigos de la historia a las múltiples manifestaciones del amor de Dios por el hombre. Ahí tenemos a la humilde, sencilla, frágil y pequeña Teresa de Calcuta, quien con sus pobres, enfermos y desamparados cantó el amor de Dios. Cuantas veces vimos unidos a Juan Pablo II y a la madre Teresa de Calcuta. En una ocasión, ya por el año 1982, la madre Teresa nos dio un retiro precisamente allá en el Vaticano y entró de la mano del Papa Juan Pablo II, nunca se me va olvidar esta imagen de estas dos grandes, colosales figuras que vivieron radicalmente el Evangelio en nuestro hoy, en nuestro aquí y en nuestro ahora.

Y qué decir del amor de Dios concretizado en la vida de Chiara Lubich, fundadora del movimiento de los focolares. Y Charles de Foucauld y de tantos hombres y mujeres del siglo XX y XXI, campeones del Evangelio.

Hermanos y hermanas todo lo que estos hombres y mujeres han hecho, tiene su origen en el amor eterno del Padre, en la libre elección de querer vivir como hijos de la luz y no de las tinieblas. Todos estamos llamados a ser testigos de la luz y a estar bajo la misericordia de Dios-Amor.

Como no recordar al Papa bueno, al gran Juan Pablo II, si en cada una de sus enseñanzas, con autoridad, con fuerza habló de la dignidad del hombre y de la mujer, lo hizo como lo diríamos coloquialmente; “fuerte y quedito”. Con la autoridad recibida de Jesucristo y como padre y pastor del único rebaño.

El mensaje del Papa siempre fue incluyente y evangelizador, nadie era ajeno a su palabra. Los intelectuales, los obreros, los artistas, los dirigentes de las naciones, los políticos, los líderes religiosos y los libres pensadores siempre fueron para él un punto de acción. Qué decir de su opción por los niños, los enfermos, los pobres, los ancianos y los encarcelados y de los indígenas.

Aún resuena entre nosotros, la defensa que desde este Santuario, precisamente desde este lugar, hiciera de las etnias indígenas. A cada una de ellas expresó la cercanía de la Iglesia y exhortó a todos a apoyar las legítimas aspiraciones de los pueblos indios, respetando y difundiendo sus valores, pues México necesita de sus indígenas y los indígenas necesitan de México.

Nos exhortó desde este mismo lugar a reconciliarnos con nuestra historia, con nuestros origines, con nuestra cultura. Somos un pueblo mestizo resultado, de la unión, del encuentro, en el regazo de nuestra niña y muchachita santa María de Guadalupe, de nuestros abuelos indios y de nuestros abuelos españoles.

Amados hermanos y hermanas pidamos al Señor en esta Eucaristía, por intercesión de nuestra Muchachita santa María de Guadalupe y de san Juan  Diego Cuauhtlatoatzin, protector y abogado de los  indígenas,  conceda la corona de la inmortalidad al Siervo de Dios Juan Pablo II que pronto lo veamos en los altares y que nosotros tengamos en él a un intercesor en el cielo.

Que así sea.  

 
 
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