Como se lo expresé en la carta del pasado 21 de noviembre,
un servidor siguió muy de cerca la noticia de su secuestro,
largo cautiverio y, finalmente bien planeada liberación; acontecimiento
que encontró en la opinión publica no sólo de Colombia, sino
en las demás regiones del mundo críticas muy positivas, pues
en el trasfondo de todo esto encontramos el tan anhelado
tema de la paz al cual usted se ha consagrado.
La ausencia de la paz es una de las grandes carencias de la
humanidad. Aunque nos urge, la anhelamos y es el don más precioso,
no lo tenemos. No hay profeta que no la anuncie, poeta que no
la cante, corazón humano que no la ame. ¿Qué persona de buena
voluntad no aspira a la paz?
La paz se nos ha hecho tan huidiza y aunque la hemos soñado
tantas veces, no hay página en la historia que no esté manchada
de sangre, todos deseamos la paz y sin embargo hacemos la guerra.
¡Vaya paradoja!
La paz debemos desearla y trabajarla porque ella favorece los
demás derechos fundamentales del hombre; la vida, la libertad,
la educación, el trabajo, la salud, etc, etc. La paz pone mansedumbre
donde hay violencia, perdón donde hay venganza, amor, mucho
amor en las relaciones humanas.
La paz es una exigencia humana y cristiana. -Es una idea necesaria,
es una idea imperativa, es una idea inspiradora. Ella polariza
las aspiraciones humanas, los esfuerzos y las esperanzas...
Es movimiento, crecimiento, trabajo, esfuerzo, conquista- (Pablo
VI, Jornada Mundial de la Paz, 1972) Si queremos la paz, debemos
trabajar por la justicia.
El trabajo por la paz es duro y permanente. El trabajo por
la paz nunca está en huelga. La tarea empieza en el corazón
humano, nuestro más próximo campo de batalla. Pasa por la familia
que tantas veces oculta actitudes belicosas, distantes, intolerantes.
Se debe llegar a todas las plataformas del tejido social, donde
se dan situaciones agresivas e injustas; y a las relaciones
entre regiones y pueblos, para condenar todo tipo de racismo
o xenofobia, de explotación y terror.
La paz, junto a la libertad y a la justicia es reconocida universalmente
como uno de los valores más altos que hay que buscar y defender,
la paz, estimada señora Betancourt es ir al encuentro de los
pobres de la tierra, de los anawin de Yahvé, de los consentidos
de Dios.
Todos deseamos que la paz sea como un río en crecida! Pidamos,
para que en este río se bañen los señores de la guerra setenta
veces siete y que de él podamos beber todos.
Señora embajadora Betancourt nos congratulamos con su esfuerzo,
con su tarea e ideales, que nuestra Muchachita y amada Señora
Guadalupe, Madre nuestra y Madre de Jesucristo, príncipe de
la paz, le conceda ver realizados sus anhelos. La encomendamos
al cuidado maternal de la Dulce Señora del Cielo, que Ella como
tierna y compasiva Madre la lleve en el hueco de sus manos,
en el cruce de sus brazos.
Dios la bendiga.
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