Es el título que hoy nos convoca,
vivimos momentos difíciles en este cambio de época y el mundo
espera de los sacerdotes y de todos los católicos, que hemos
recibido desde el bautismo el poder sacerdotal, una voz de
aliento. Que seamos personas que sepan mostrar un camino de
salida.
Nosotros debemos mostrar el
rostro de Cristo, ser el mismo Cristo, para que a través de
nosotros los demás puedan descubrir, que Cristo es el camino,
la verdad y la vida. Se trata de anunciar a las gentes
la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos a cerca
de la dispensación del ministerio de Cristo oculto desde los
siglos en Dios
En nuestro Ministerio Sacerdotal
estamos llamados a mostrar que Cristo es Bueno, que Cristo
es un Maestro Bueno, para que junto con el Padre y el Espíritu
Santo, que ha creado el mundo son buenos y han creado un mundo
maravilloso para nosotros.
El Adviento que estamos viviendo,
lo vivimos desde una historia concreta con sus altas y con
sus bajas, con sus momentos felices y con sus momentos no
tan felices y las lecturas de hoy nos están diciendo, que
este mundo tiene un remedio, este mundo precisamente, con
sus defectos y calamidades, no otros mundos posibles. Que
Dios nos quiere liberar de las injusticias que existen ahora,
como en tiempos del profeta, de las opresiones, de los miedos.
¿Cuántas personas están, ahora mismo, clamando desde su interior?
Esperando un Salvador, que no saben bien quién es y lo hacen
desde su pobreza, desde el hambre, desde la soledad o la enfermedad,
de la injustica y la guerra. Los dos ciegos tienen muchos
imitadores aunque no todos sepan, que su deseo de curación
coincide con la voluntad de Dios, que les quiere salvar. Pero
nos podemos hacer nosotros mismos esta pregunta ¿en verdad
queremos ser salvados? ¿nos damos cuenta de que necesitamos
ser salvados? ¿nos identificamos con esos dos ciegos, que
hoy en el Evangelio se le acercan a Jesús? ¿de qué ceguera
nos tiene que salvar el Señor? Hay cegueras causadas por el
odio, por el interés materialista de la vida, por la distracción,
por la pasión, por el egoísmo, el orgullo o a veces por nuestra
misma corta edad. No necesitamos, deberás, que Cristo toque
nuestros ojos y nos ayude a ver y a distinguir lo que son
valores y lo que son contra valores en nuestro mundo de hoy
¿o preferimos seguir siendo ciegos? permanecer en la oscuridad
o en la penumbra y caminar por la vida desorientados sin profundizar
en sus sentido manipulados por la última ideología de moda.
El Adviento nos invita a abrir
los ojos, a esperar, a permanecer en búsqueda continua, a
decir desde lo hondo de nuestro corazón: ven Señor, Jesús.
A dejarnos salvar, a salir al encuentro del verdadero
Dios, que es Cristo Jesús. Sea cual sea nuestra situación
personal y comunitaria, Dios nos alegra con su mano y nos
invita a la esperanza, porque nos asegura, que sí nosotros
estamos con Él, Él siempre estará con nosotros.
La
Iglesia peregrina
hacía delante, hacía los tiempos definitivos, donde la salvación
será plena. Por eso durante el Adviento se nos invita tanto
a vivir en vigilancia y en espera exclamando: Maranatha,
ven Señor, Jesús.
Al inicio de esta Eucaristía
muchas veces repetimos, y ojala que lo hiciéramos siempre
desde dentro, desde el fondo del corazón, creyendo lo que
decimos. Siempre repetimos esa súplica de los ciegos Kyrie
eleison, Señor ten piedad, Señor ten piedad de nosotros. Y
lo hacemos haciéndonos consientes de que necesitamos de su
luz, de que somos unos ciegos, de que necesitamos que nos
purifiquen interiormente, que nos preste su fuerza, que nos
cure de nuestros males y nos ayude a celebrar bien la Eucaristía,
por eso decimos: Señor, ten piedad.
Es una súplica
breve e intensa, que muy bien podríamos llamar oración de
Adviento, porque estamos pidiendo la venida de Cristo a nuestras
vidas, que es la que nos salva, la que nos fortalece, la que
nos devuelve la luz. En este Adviento se tienen que encontrar
nuestra miseria y la respuesta salvadora de Jesús, para ello
los católicos del tercer milenio tenemos que fomentar en nuestra
vida un trato no solamente afectivo, sino efectivo con Dios.
Frecuentándolo a través de su Palabra, vivirlo en su Eucaristía,
interiorizarla en el estudio para poder después mostrarlo
a los hombres dando razón de nuestra esperanza, siendo portadores
de la Buena Nueva en nuestro pensar, hablar y actuar.
Cuando nosotros
encontramos a Cristo, como la perla preciosa, por lo que vale
la pena vender todo con tal de conseguir, vivimos unidos a
Él, comprometemos nuestra efectividad, nuestra emoción, nuestro
corazón en la vida. Pero es un estado que estamos llamados
a mantenerlo a lo largo de nuestra vida. La esperanza no nace
de un esfuerzo personal, ni de una autosugestión, nace de
abrirnos a la realidad de Dios, de abrirnos a la gracia de
Dios y dejarlo entrar en nuestras vidas. La primacía de la
gracia es un principio fundamental de la visión cristiana
de la vida, como nos lo enseña Juan Pablo II en el Nuevo
Milenio Ineunte hay la tentación, dice, que incida siempre
todo camino espiritual y la acción pastoral misma, pensar
que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer
y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real
a su gracia y por tanto nos invita a utilizar todos los recursos
de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio
a la causa del reino, pero no hemos de olvidar, que sin Cristo
nada podemos hacer.
Leer nuestra vida
desde Cristo implica un gran esfuerzo de salir de nuestros
propios razonamientos y condicionamientos humanos, es un trabajo
diario. Pues, además debemos de ser ejemplo para que todos
nuestros hermanos caminen por esta senda seguir a Jesucristo
es caminar con seguridad hacia la felicidad. Cantar, lo que
cantaba el salmista, el Salmo de hoy: el Señor es mi luz
y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el que me
da la seguridad, para llegar a ser feliz, Él que me da la
vida bienaventurada, en definitiva Él que me hace santo.
Y el camino que
Él nos propone, para lograr este fin es el camino de los mandamientos,
por eso nosotros no debemos de verlo, como nos ve nuestra
sociedad pagana, que nos enfoca como una ley que nos aplasta,
sino los mandamientos es una ley que nos libera, que nos hace
vivir con mayor profundidad nuestra propia humanidad.
Hace unos días
un político me dijo: nosotros estamos para solucionar problemas
humanos de los hombres, para humanizar la sociedad y ustedes
están para resolver los problemas espirituales. Le hice ver,
que precisamente Cristo vino a este mundo a humanizarlo, además
Él realizó su humanidad a la perfección y nos mostró el camino
con su vida, para poder llegar a humanizar en nuestro mundo,
que precisamente la labor del católico, el cristiano, es humanizar
su sociedad. Por eso la Iglesia a lo largo de los siglos ha
buscado siempre servir al hombre dignificando su humanidad,
humanizando. La Iglesia es la fundadora de escuelas, de hospitales,
de asilos, de orfanatorios, de hospitales de enfermos crónicos,
de niños de la calle, entre otras muchas obras.
Los católicos hemos
salido y seguimos saliendo al paso, cuando hay inundaciones,
terremotos o algún desastre natural. Las obras sociales, las
obras de humanización, que tiene nuestra sociedad mexicana
y el mundo, que tiene la Iglesia en ellas son incontables
y la mayoría de las veces desconocidas para la mayoría de
nosotros, porque no se les da publicidad, porque no se buscan
los aplausos, ni los reconocimientos, ni las cámaras, ni las
luces. Sin embargo, es necesario que nos sintamos orgullosos,
como católicos de tantos hermanos y hermanas nuestras, que
han dejado y siguen dejando sus vidas al servicio del prójimo
ellos son una luz de esperanza para este mundo. Por el medio
del cual nos invita Dios a imitarlos.
Los católicos seguimos
siendo en este mundo desesperanzado promotores de esperanza,
y si comento esto es porque un día un periodista me sorprendo
con esta pregunta ¿cuándo la Iglesia va a realizar una obra
social? Ahí me di cuenta, como muchas veces no tenemos conciencia
de que nosotros estamos siendo factores de esperanza, para
nuestra sociedad. Al vivir un cambio de época estamos viviendo
momentos de decadencia humana donde la cultura de la muerte
se levanta como un monstro que quiere comer a la humanidad,
que quiere atentar contra la vida desde su concepción, que
fomentan todo para destruir el núcleo familiar, privando a
muchos infantes del acompañamientos de sus padres. Que al
anciano lo promueve para quitarle positivamente la vida, que
fomenta el consumo de sustancias en lugares donde se destruye
la vida. El consumismo se presenta, como ideal para ser feliz,
sino escuchemos los anuncios de la publicidad. Esta Navidad
da felicidad regalando tal cosa, como si la felicidad fuera
el tener, estuviera centrada en el tener y no en el ser.
Por eso hoy se
nos pide, con una renovada urgencia, a los sacerdotes y a
todos los laicos que ejercemos el sacerdocio común de los
fieles, que nos identifiquemos con la causa que Cristo vino
a sembrar al mundo, esa causa de esperanza y a reconciliar
a los hombres entre sí. Que no desfallezcamos en la misión
que tenemos como Cuerpo de Cristo de continuar la tarea, que
Él nos ha asignado a cada uno de nosotros con la vocación
a la que cada uno de nosotros ha sido llamado. Nosotros somos
esperanza para los hombres. Transparentar el rostro humano
de Cristo es transparentar el rostro humano de Dios. Rostro
con sentimientos nobles, con un corazón integrado, con un
corazón lleno de misericordia, con un rostro conciliador,
con un rostro más humano.
Dios ha querido
contar con los sacerdotes y con todos ustedes, hermanos, que
por el bautismo, también, participan del sacerdocio común
de los fieles, seres humanos con limitaciones. Limitaciones,
que tenemos que ir subsanando con la gracia de Dios y también
Señor nos ha dado carismas, dones, para ejercerlos hacia el
vicio de nuestros hermanos.
Para poder lograr
esta tan alta vocación necesitamos la oración de todos; necesitamos
orar unos por otros, por los presbíteros y también por el
pueblo sacerdotal. Pero, orar con esa esperanza: el Señor
es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Pero, también,
en este IV Día del Dozavario en el que hacemos conciencia
de que debemos ser promotores de esperanza, de nuestros hermanos,
que viven en tinieblas y en zonas de muerte, debemos de recordar
a nuestra Morenita del Tepeyac, que vino a dar un estimulo
de esperanza a esta Nación, que se estaba forjando, debemos
de pedirle a Ella, que interceda por nosotros para que nos
haga también Dios promotores de la esperanza. Para que nos
haga Dios con su intercesión hombres y mujeres de esperanza,
como Ella lo fue y lo es para el pueblo de México.
Así sea.