El color
característico de su manto es morado, en memoria de la pasión.
Siempre acompañan a la Dolorosa, ángeles pasionarios, es decir,
aquellos que cargan las “armas de Cristo”: entre otros, cruz,
corona de espinas, esponja, lanza y manto de la Verónica.
La devoción a Nuestra Señora de los
Dolores fue impulsada por la Iglesia desde el año 1200,
sobre todo por los franciscanos, aunque con el tiempo fueron
los miembros de la Compañía de Jesús, conocidos como jesuitas,
los que sin duda alguna dieron más difusión a este culto en
México. En la capital de la Nueva España, durante los siglos
XVIII y XIX, el Viernes de Dolores fue, también, un colorido
paseo conocido como “Jamaica de las Flores”, en el que todo
el pueblo, pobre o rico, se reunía en la Acequia de Roldán
o el Canal de la Viga para comprar las flores que venían desde
las chinampas de Chalco o Xochimilco. Por la noche del mismo
viernes, las familias capitalinas y las de la región del Bajío
acostumbraban mostrar sus “incendios”, colocados en la sala
de sus casas, convidando a sus invitados con un vaso de agua
fresca para aliviar los calores de la primavera y compartir,
de cerca, los misterios de la Pasión.
En realidad, esta hermosa tradición de
los Altares de Dolores pretendía, con el brillo de
las banderitas de oro, el juego de color del vidrio azogado
de las esferas y el aroma de las flores, conmover a los fieles,
a través de los sentidos de la vista y el olfato, para así,
exaltar su compasión por las aflicciones de la Virgen Santísima.
En el antiguo Santuario de Guadalupe,
la Virgen de los Dolores tenía su altar permanente y durante
su fiesta, todo el cabildo la celebraba con un oficio especial,
que incluía la participación de su capilla musical (hoy coro
de infantes), que entonaba es esa ocasión el Stabat Mater,
que es el canto ofrecido en desagravio a este duro trance
de la Pasión.
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