11
de junio de 2010
Muy
queridos hermanos y hermanas, fieles laicos, hermanas de Vida Consagrada,
queridos seminaristas, pueblo sacerdotal. Ustedes son la razón de
ser del Ministerio Sacerdotal que se nos ha confiado. Muy queridos
hermanos sacerdotes ¡Felicidades por haber aceptado el don y el
misterio del Ministerio Sacerdotal! ¡Gracias por los trabajos y
la generosidad con que cuidan de esta Iglesia! Muy queridos hermanos
obispos un profundo agradecimiento a ustedes, porque auxilian a
su servidor a darle unidad, a darle cohesión a este presbiterio
de la Arquidiócesis de México. Qué bueno que están aquí hermanos
sacerdotes, aunque está mañana el Papa preguntaba qué ¿por qué no
habían ido? qué bueno que decidieron por quedarse aquí.
“El
hombre que recibe y lleva el carisma de Dios es un servidor suyo,
un débil y, hasta en las supremas realizaciones, un frágil servidor
en que lo iluminador no es la persona, sino el testimonio, la misión,
el misterio que llevamos dentro” (Hans Urs Von Balthasar: Teresa de Lisieux.
Historia de una misión.
Herder, Barcelona, 1964, pág. 23).
Al
inicio de este siglo Juan Pablo II nos recordaba esta escena evangélica:
Un día, Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la
barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar:
“Duc in altum!” (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros
confiaron en la Palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo
hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (Lc 5,6).
Al
clausurar la celebración del Año Sacerdotal hagamos la experiencia
que hizo san Juan María Vianey durante toda su vida: Se entrego
al ejercicio de su ministerio confiando no en sus propias capacidades
sino en el poder de Aquel que lo había llamado.
Hagamos
la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la
pesca milagrosa: “Maestro, hemos estado bregando
toda la noche y no hemos pescado
nada” (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, es el momento de
la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción
de la gracia y permitir a la Palabra de Cristo que pase por nosotros
con toda su fuerza: Duc in altum!
La
vocación, como decía al principio es un don de Dios para el llamado,
pero sobretodo un don de Dios para la Iglesia y no sabemos la trascendencia
que va a tener. Lo que sí sabemos es que a nosotros nos toca vivir
con la disposición de saber que será Dios el que va a actuar a través
de nosotros, somos sus instrumentos.
La
vocación sacerdotal comienza en Dios. A nosotros sólo nos toca responder
con generosidad, estorbar lo menos posible. Los problemas comienzan,
cuando nosotros queremos dirigir nuestra vida según nuestros criterios,
no dejamos que sea Dios el que lo haga. Es la diferencia que hay
entre meterse en los planes de Dios o meter a Dios en nuestros planes.
El Joven Rico es el ejemplo de quien mete a Dios en sus planes,
pero no está dispuesto a meterse en los planes de Dios. Cuenta con
Dios, vive sus mandamientos, es un hombre de bien, pero no está
dispuesto a abandonar sus seguridades humanas para lanzarse a lo
que el Señor le pide.
Oyendo
al profeta Ezequiel nos queda claro que somos llamados a hacer presente
al mismo Cristo, al Buen Pastor. “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas
y velaré por ellas… Yo mismo apacentaré a mis ovejas; yo mismo las
hare reposar…” Vocación sublime: “hacer presente al mismo Cristo”.
“Hacer presente la obra de la salvación realizada por Cristo”.
La
salvación que ofrece la Iglesia es radicalmente distinta a las demás
salvaciones. Es la salvación de Cristo que pasa por la aniquilación
del yo en la obediencia del amor. Paradójicamente, esa es la única
forma de realizar y salvar el yo. Cuando la voluntad de Dios se
adueña del hombre, el hombre se enriquece y se acerca a Dios que
es Amor vive, como diría Santa Teresa de Lisieux, vive la infancia
espiritual. Muchas cosas no las entendemos en nuestro ministerio,
como no las entendió Pedro.
Pedro
reaccionó negativamente ante la insinuación de la cruz y la derrota,
porque cree que Cristo debe salvar al mundo con su poder, con el
poder que ha visto en el lago, en la multiplicación de los panes.
No percibe que la salvación de Cristo se realiza en la entrega absoluta
en el amor, por el amor. No comprende que Cristo hace volver a Dios
a toda la creación a través de la obediencia amorosa que rompe la
desobediencia de Adán y Eva. Ellos, instigados por Satanás, llegaron
a desconfiar de Dios y sospecharon de la bondad de sus mandatos.
Cristo devuelve el amor a la Creación redimiéndola con la entrega
absoluta de Sí mismo, que es el mayor gesto de amor: “sacrificios
y holocaustos no te agradaron, pero me diste un cuerpo mortal y
aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
Hoy
en la Fiesta del Sagrado Corazón san Pablo nos ha recordado: “Dios
ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu
Santo, que Él mismo nos ha dado… y la prueba de que Dios nos ama
está en que Cristo murió por nosotros”.
El
sacerdote es quien presenta en su vida de un modo eminente esa ley
del amor. A Él le toca mostrar el amor de Cristo al ser humano,
a cada ser humano, sin distinción de razas y lenguas, de recursos
económicos o de posición social. Este es, sin lugar a dudas, el
mejor medio para transmitir a Cristo a las almas. Una de las más
hermosas páginas de espiritualidad contemporánea que conocemos
sobre la mansedumbre evangélica subraya precisamente el valor de
esa actitud de amor sin impaciencia, en lo sobrenatural y en lo
humano, que debe ser propia del sacerdote de hoy y de siempre: “los
mansos, que siguen verdaderamente a Jesucristo y que en toda situación
permanecen fieles a la desintegración por el amor a Él y a sus
hermanos, son los que alcanzarán la tierra de promisión, la felicidad
eterna. Pero también en la tierra serán irresistibles, pues
a ellos está reservada la verdadera victoria sobre el mundo. Ellos
son los que salen al encuentro de toda maldad con las armas de la
luz, que nunca se dejarán dominar por las leyes propias del “mundo”,
que oponen a toda enemistad el amor inquebrantable, lleno de soltura
y de bondad. La verdadera mansedumbre es el testimonio de aquel
estar anclado en lo sobrenatural, de aquella verdadera libertad
extrema del amor paciente, que se complace en servir, del amor
que salva al mundo” (Dietrich Von Hildebrand, Nuestra transformación en Cristo,
Rialp, Madrid, 1953, págs. 221-222).
Ese
amor es el que movió a Jesús saliendo a buscar a la oveja perdida,
ese amor es el que alegra el corazón del sacerdote cuando cansado
llega a su casa y explota diciendo: “Señor alégrense conmigo, porque
hemos encontrado a la oveja que se me había perdido”.
Cristo,
en su kénosis, se revela en la debilidad. Se acerca al hombre
débil. El sacerdote, cuando experimenta su debilidad, puede tomar
dos actitudes: la del desánimo y el desaliento por pensar que es
presa del mal y que no podrá nunca realizar su misión sacerdotal,
y se encierra en sí mismo; o bien, puede darse cuenta de que necesita
de Dios, de que por sí solo no es nada y necesita vivir más unido
a la Vid (Cf Jn 15,1-8), hacer más oración, incrementar su vida
de unión de Dios. En esta segunda actitud, la debilidad se convierte
en acicate de entrega e identificación más profunda con su identidad
sacerdotal; el sacerdote vuelve a ser homo Dei.
La
Iglesia mira a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de
Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando,
con comprensible temor, su amor a Cristo: “Tú sabes que te quiero”
(Jn 21,15; 21,17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el
camino de Damasco y quedó impactado por él: Para mí la vida es
Cristo, y la muerte, una ganancia (Fil 1,21).
Nuestro
problema es el problema de los discípulos de Emaús: Cristo no correspondió
a lo que esperaban. Pedro esperaba un Mesías poderoso que siguiera
haciendo grandes signos, como cuando calmó la tempestad en el Lago
de Tiberiades, y se encuentra con un hombre apresado sin oponer
resistencia, humilde, con una aparente incapacidad de reacción que
le desconcentra. ¿Por qué domina el mar y no se defiende de un puñado
de hombres?
Jesús,
ahora, después de la resurrección, le pregunta sobre el amor, no
si ya tiene clara cuál es su identidad, si ya le conoce bien, si
ya se ha dado cuenta de cuál es su misión. Es un sencillo: “¿me
amas?”. El amor a Él es lo que tiene que sobresalir y destacar en
quien va a estar dedicado a pastorear a sus ovejas.
Conscientes
de la presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy
la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después
de su discurso de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”
(Hch 2,37). Pedro es desde entonces, nuestra Roca, nuestra luz para
vivir la vocación a la que Dios nos ha llamado. Asistido por el
Espíritu Santo, en su misión de Vicario de Cristo, guía, santifica
y enseña a la Iglesia; guía, santifica y enseña a los sacerdotes.
Pedro es la roca de nuestro amor a Dios, nuestra garantía de saber
que estamos con el Señor, que somos fieles a su Palabra.
“Jamás
podremos formarnos exactamente una conciencia adecuada del gran
don que nos ha hecho el Señor con el sacerdocio, pero la búsqueda
inagotable de lo que somos en virtud del sacerdocio, es uno de
los aspectos admirables y fecundos del sacerdocio mismo” (G.
B. Montini -luego Papa Pablo VI-,
Alocución, Milán, 21 de junio de 1958). En esta búsqueda, Pedro
es la Roca. Antes que a los teólogos que hacen furor, o al pensamiento
que pueda ofrecer la sociedad sobre qué es el sacerdocio, hay que
mirar a Pedro, faro que guía nuestra vida, roca segura para edificar
con ella la entrega diaria del ministerio sacerdotal.
Hoy
con Benedicto XVI clausuramos el Año Sacerdotal y movidos
por la fe y el amor de Pedro a Jesucristo reafirmamos nuestro compromiso
con la misión que se nos ha confiado y concretamente con la Misión
Continental.
¡Muchas
felicidades padres!