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Homilía
pronunciada por Mons. Marcelo Hernández Rodríguez, Obispo Auxiliar de México, en el CXI Aniversario de la coronación de la Imagen de Nuestra Señora, Bendición de las Rosas en la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2005

Muy queridos hermanos y hermanas:
Nuevamente Dios nuestro Padre nos permite venir a los pies de Nuestra Madre bendita a saludarla, a felicitarla por su Coronación.

Todo el año, ha sido de fiesta, porque sus apariciones fueron hace 475 años y en nuestras comunidades hemos estado celebrando de muchas maneras este feliz acontecimiento. Es un año guadalupano.

Hoy necesariamente nos reunimos en su casita porque nos gusta verla como Reina, coronada y en su trono; son solo signos, porque nosotros somos su corona, y su trono está en nuestro corazón. Ella bien lo sabe, pero nosotros hoy se lo queremos repetir: Reina de México y Emperatriz de América.

Se lo repetimos juntos como hermanos y lo hacemos con las rosas; como a ella le gusta decir las cosas. Con rosas que son expresión de la ternura que sentimos por ella, de nuestro agradecimiento, de nuestra confianza y alegría que sentimos cuando escuchamos sus palabras, "su aliento", como ella lo dijo.

Hoy aniversario de la Coronación de la imagen de nuestra Madre bendecimos las rosas y las entregamos. ¿Por qué son tan importantes las rosas en este día?, bueno tal vez todos los días. Yo creo que: porque María de Guadalupe las hizo importantes: podía haber inventado algún otro signo que impresionara al obispo y Juan Dieguito no diera tantas vueltas para convencerlo. También a Jesús el diablo le pidió que se aventara desde arriba del templo, para impresionar. María escogió un puño de Rosas y esa fue la señal, tan importante que aún nos gusta seguirla haciendo.

Ahora María nos entrega las rosas a nosotros; y nosotros ¿Qué vamos a hacer con ellas? Estas flores son muy importantes porque significan mucho: ciertamente las flores de San Juan Diego las cultivó María, porque en ese tiempo del año no había flores en el cerrito; ella se las ingenió y las plantó, muy hermosas, de Castilla y muy variadas, perfumadas, especiales, únicas. Juan Dieguito las cortó, las acomodó, se las llevó y ella las tocó y lo mandó con ellas al Obispo para que se las recibiera como señal.

Ahí entre las rosas iba María, más hermosa que todas las rosas del mundo juntas, su imagen bendita pintada por el mismo Dios. Con sus manitas juntas haciendo huequito. Con su mirada tierna y fuerte, compasiva, dijo ella.
Al mostrarle las flores al obispo: ¡que sorpresa! Se encontraron las miradas; la del cielo y la de la tierra, la segura y generosa con la dudosa y desconfiada, la de la madre que escucha y la del hijo sordo. La de ella y la nuestra. Como hoy, como también hoy.

¿Qué vamos a hacer con estas rosas? Ahora nosotros somos los "Juandieguitos", cargados con estas flores, con María entre ellas, con sus manitas juntas, con su mirada triste; porque le cambia su mirada: a veces la tiene alegre y a veces la tiene triste.

Hoy la tiene un poco triste porque sus hijos se están peleando, unos en Oaxaca, otros en el D. F. otros en la frontera, otros amanecen muertos, en fin; como que les faltan flores, flores con olor a Guadalupe, con olor de madre que no quiere que sus hijos se lleven mal, que sufre cuando ve que alguno de ellos sufre; sean niños, ancianos, maestros o alumnos, candidatos o ya elegidos, aceptados o rechazados. En la mirada de nuestra madre se ve la mirada de nosotros sus hijos.

Las flores, las rosas que hoy ponemos en su presencia, le pedimos que las toque, como con San Juan Dieguito que se esconda entre ellas y nosotros las llevaremos a nuestros hermanos tristes, enfermos, enojados, desorientados, confundidos, a todos; serán su consuelo, su alegría, su camino, serán, su regalo.

Además, si cumplimos la misión: "Ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré y mucho merecerás con esto que yo recompense tu cansancio, tu molestia de ir, a ejecutar la embajada que te confiero"(N. M: 34-36).

Nosotros seremos los mensajeros para que se construya el templo, pero ya escuchamos en el Evangelio: el templo es Cristo, es el Templo vivo, el Resucitado, y es  a quien María de Guadalupe nos vino atraer. Todo el mensaje guadalupano se orienta a Jesús quien trae en su seno para entregárnoslo. Y esto nos hace plenamente felices y para eso quería Santa María llegar hasta el Obispo, ella es Misionera, no lo olvidemos, nos trae a Jesús, es el camino para llegar a Él: "Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a El, a El que es todo mi amor, a El que es mi mirada compasiva, a El que es mi auxilio, a El que es mi salvación" (N. M. 26-28).

Queremos que tus flotes María, cómo aquellas primeras, disipen las dudas, los miedos, las tristezas y dolores, las penas y soledades. Queremos que te muestren con tu mirada compasiva, maternal, generosa, divina. Tu dijiste: "Porque en verdad yo me honro en ser vuestra madre compasiva, tuya y de todas las gentes que aquí en esta tierra está bien uno, y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que me hagan el favor de clamar a mí, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión. Porque allí estaré siempre, dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para: curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores. Y para realizar con toda certeza lo que pretende El, mi mirada misericordiosa" (N. M. 29-33).

Hoy también día de la raza, hace 514 años del encuentro de estos dos mundos,  de dos culturas, de nuestros antepasados, del inicio de la evangelización, en nuestro continente. Te pedimos María por todos nuestros pueblos: los indígenas y los mestizos, por los pueblos de América toda, por todo el continente, que sepamos vivir como hermanos, ya que todos nos necesitamos, que no haya muros que nos dividan y nos lastimen, que seamos un solo pueblo: tus hilos que se comprenden y se ayudan.

Que las flores sean ahora la prueba de que estuvimos contigo y que nos mandas que nos reunamos a alabarte y pedirte por nuestras penas y necesitados: y que tú, como siempre, nos escucharás.

En esta fiesta de la dedicación de este templo dedicado a nuestra querida madre Santa María de Guadalupe desde hace 30 años, en esta fiesta del aniversario CXI de su coronación, nosotros queremos ser su corona, ella es feliz viéndonos como hermanos, porque le hicimos su "casita", porque llevamos su imagen, porque le rezamos el rosario, porque venimos a verla, porque peregrinamos y le ofrecemos sacrificios hermosos, porque nos esforzamos en portarnos bien.

Gracias María, madre morenita hermosa, gracias porque nos permites celebrar un aniversario más de tu coronación y de tu templo, gracias porque nos das estas rosas y tu vas escondidita en ellas, te seguirás haciendo presente en nuestras casas y nosotros te rezaremos, te llevaremos en el pecho, en nuestra cartera, en el carro, en nuestros libros, en nuestra camiseta, sobre todo en el alma, en el corazón.

Acompaña y cuida, a nuestros hermanos que fueron a Roma a la canonización de Monseñor Guízar y Valencia, cuida a nuestro Cardenal y Mons. Felipe y los demás obispos que nos hacen presentes allá. Bendice a nuestras familias: a las que están aquí presentes y a las que no nos han podido acompañar, bendice a todos los laicos que entregan su tiempo para damos a conocer a tu Hijo, a los evangelizadores, a nuestros catequistas a nuestros sacerdotes, a las religiosas y religiosos, a nuestro seminario: necesitamos muchas vocaciones. Danos la paz, danos sabiduría para solucionar pronto y bien nuestras dificultades.           

Dulce Madre no te alejes, tu vista de nosotros no apartes, ven con nosotros a todas partes y solos nunca nos dejes. Ya que nos proteges tanto como verdadera Madre, haz que nos bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

 
 
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