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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

23 de junio de 2006

Renovación de la Consagración de la Nación Mexicana al Sagrado Corazón de Cristo Rey

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, muy amados niños y niñas, que hoy solemnemente van a recibir a Cristo en su corazón. Amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy queridos hermanos del ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes, cabildo.

Cada año, un viernes de junio, el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, celebramos esta fiesta instituida no hace muchos siglos, pero que ha tenido un gran arraigo. La fiesta, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es como decir, la fiesta de la ternura de Dios para con los hombres.

La fiesta del amor de Dios, que hemos conocido, contemplado en Jesús. Es una fiesta muy arraigada en nuestro pueblo de México, gracias a la devoción fundamental del corazón de Jesús, se ha dado frutos admirables en numerosos mártires.

Además, muchas de nuestras familias, que durante siglos han entronizado en sus hogares, como rey al Divino Corazón de Jesús, deseando cumplir siempre su ley de amor y teniendo como intercesora, desde luego, a la Santísima Virgen María de Guadalupe, que han acogido las enseñanzas evangélicas.

El  corazón, es signo de estimación, de la aproximación humana, de la capacidad de ponerse en la piel del otro. En este mundo nuestro, en que a veces hay tanta dureza, tanto desinterés de unos por los otros, mirar a Jesús y hablar de su corazón, seguro que nos hace mucho bien, nos da paz, nos da alegría, nos llena de esperanza, nos hace vivir. Especialmente hoy, nos fijamos en  Jesús y queremos descubrir su corazón, su amor inmenso por todos, fijémonos en Él, contemplémoslo.

Todos sabemos, que Jesús nos ama apasionadamente, locamente, no tengamos miedo de decirlo; hasta entregar la última gota de su sangre por nosotros. Ahí está su corazón traspasado por una lanza, coronado de espinas, inflamado de amor por nosotros, todos los textos de la Escritura, nos llevan a esta contemplación.

Mis amados hermanos, tenemos que estar bien convencidos de esto, esta firme convicción, puede cambiar, cambia totalmente nuestras vidas, sólo quien no entienda esto, quien no deje calar profundamente en su interior, esta condición, es cristiano de nombre, aparente, anda con cara de espantado, de empachado, como decía mi abuelita.

Mis hermanos, Jesús nos ama entrañablemente y siempre. Él ha dado la vida por nosotros, su amor, su corazón es inmenso. Él es único. Él es uno. Jesús nos habla, de su amor por nosotros y por todo el mundo, nos habla de el con su vida, con sus enseñanzas. Las lecturas que hoy hemos escuchado, nos ayudan a vivir más, lo que hoy celebramos.

Yo quisiera destacar, de una manera especial, lo que hemos escuchado en el trozo del Evangelio, dos cositas muy concretas, diría yo, que el Evangelio quiere hacernos vivir. La primera de ellas: este convencimiento de que toda la grandeza de Dios la hemos de encontrar en Jesús y que esta grandeza sólo la pueden entender los sencillos, los humildes, los pequeños. Lleno de gozo en el Espíritu, Jesús exclama: “te doy gracias, Padre, te doy gracias”. Con gozo proclama que en Él, en el Hijo se halla la fuerza de Dios, la plenitud de Dios.

Que grande es que nuestro Dios no sea alguien distante, alejado de los hombres; sino alguien a quien podemos encontrar en un hombre como nosotros. Se hizo semejante a nosotros, menos en el pecado, se anonadó, se atacó, se humilló, nos dirá san Pablo.

Que en un hombre como nosotros, que además ha vivido la vida humana con un amor total, entregado al servicio de los pobres, luchando por una vida renovada para todos. Un hombre como nosotros que ha acabado sus días en el madero de la cruz por la malicia del mundo.

Que grande es, que en ese hombre, mis hermanos, encontremos a nuestro Dios. Ya lo dice Jesús: eso sólo pueden entenderlo los sencillos. A los que se creen sabios y entendidos, a los engreídos, a los soberbios, a los orgullosos, a los que se sienten importantes, les parecerá imposible que Dios no se manifieste en el poder, en la sabiduría, en la importancia, sino en la debilidad de un condenado a muerte. Debe ser la buena nueva, la buena noticia, la gran noticia de la aproximidad de Dios.

Y la segunda cosa, mis hermanos, que el Evangelio destaca es esta invitación que Jesús hace a los cansados, a los agobiados, a los desilusionados, a los tristes; ¿para qué? para que se acerquen a Él, nos lo dice a nosotros, lo dice a todo hombre y a toda mujer en este mundo.

Lo dice, a los que sufren los reveses de la vida, pero lo dice de una manera especial a todos aquellos que experimentan que la fidelidad al Evangelio no es fácil, sino que a menudo cuesta y resulta dolorosa.

Estar al servicio de los demás, desvivirse por los demás, pensar en los demás, ser desprendido, ser verdaderamente generoso, ser capaz de renunciar a los propios intereses, estar dispuesto a perder ventajas y privilegios. Todo esto a veces puede ser muy difícil, es muy difícil.

Pero Jesús dice “mi yugo es suave, mi carga es ligera, vengan a mí”. Mi yugo, mi camino trae la paz, el gozo y el descanso, aunque a veces haga sufrir.

El camino de Jesús, mis hermanos, es el camino de la vida y Él nos ama, con un amor más grande que ningún otro amor, por eso nos puede decir vengan a mí, todos lo que están cansados y agobiados, Yo los aliviaré, carguen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, porque mi yugo es suave, mi carga es ligera.

Amados hermanos y hermanas, que la Eucaristía de hoy nos una de verdad a Jesús, que es fuente de todo amor y que nos invita a amarle a Él y amar con ese mismo amor a nuestros hermanos. Amar como Él nos ama.

Que nuestra niña, la Madre del amor, Santa María de Guadalupe, nos tenga siempre en su corazón de Madre; para vivir siempre en el corazón de su Hijo.

 
 
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