1.- Saludo de modo
muy especial a todos los sres. Embajadores y cónsules, así como
a todo el personal de las diversas representaciones diplomáticas,
a los agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos(as) y laicos
que trabajan a favor de los migrantes, pero de modo muy especial
a quienes viven esta experiencia, tanto los que han imigrado de
otros lugares a nuestra Patria, así como a los mexicanos que por
diversas circunstancias han debido abandonar esta nuestra República
Mexicana y viven en otros lugares fuera de su patria. A todos
los encomendamos a nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe
desde aquí, su santuario y le pedimos que los acompañe siempre.
2.- En la misa del
domingo XXII del tiempo ordinario leemos un texto perteneciente
al Deuteronomio, Libro que habla intensamente de la "tierra",
como un don de Dios para su pueblo, tierra a la que el pueblo
de Israel ha llegado tras una larga y penosa travesía, una verdadera
migración humana, desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra
de la libertad, a la tierra que es promesa y don, que es el signo
de la presencia fiel de Dios aliado de su pueblo.
Para que el pueblo posea esa tierra,
- don y conquista -, es necesario que se ajuste a los mandamientos
de Dios, porque el pecado produce un efecto enajenador en la mente
del hombre, pervierte el orden querido por Dios, trastorna las
relaciones humanas y lo que debería ser un don para todos, el
ámbito donde habrá que vivir la fraternidad y la solidaridad,
se convierte, en lucha por acaparar, en enfrentamientos, en exclusiones,
en desavenencias y en sufrimiento.
Dios es el dueño de la tierra, a Él
le pertenece; es un don que da a su pueblo como signo de su presencia.
Para que el pueblo, "viva largo tiempo y en paz sobre la
tierra que el Señor tu Dios te va a dar", es necesario que
viva según los mandamientos de Dios; de lo contrario, como resultado
del pecado, perderá la tierra. Por el pecado del hombre, incluso,
la tierra se vuelve estéril y sólo ha de producir cardos, según
la maldición del Génesis.
Por eso el Señor dice por boca de Moisés
a su pueblo ante la inminente entrada a la tierra prometida: <<Ahora
Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que
los pongas en práctica y puedas vivir y entrar a tomar posesión
de la tierra que el Señor, Dios de tus padres te va a dar» (Deut.
4,1-2) «Miren, yo les enseño los mandatos y decretos que me mandó
el Señor, mi Dios, para que los cumplan en la tierra donde van
a entrar para tomar posesión de ella» (4,5)
3.- Es imposible,
queridos hermanos y amigos, no ver en estas palabras una verdadera
iluminación sobre el tema que nos ocupa en esta ocasión. El pensamiento
de la -Iglesia, cuya fuente no es otra que la revelación misma,
es una visión esencial del Señor nuestro Dios, revelado por Jesucristo,
como el Dios y Señor de la creación, la revelación del Dios amoroso,
que en la creación misma nos ha dado la abundancia para todos
sus hijos y que solamente el pecado, la avaricia, los egoísmos,
personales o nacionales, y la falta de solidaridad, pervirtiendo
el proyecto de Dios, nos hacen percibir como insuficientes para
todos. Es imposible no descubrir que detrás de tanto sufrimiento
humano como existe en el mundo, de la pobreza y el hambre, de
la falta de oportunidades y que obliga a masivas migraciones humanas,
es imposible, digo, no descubrir el pecado, sombría realidad,
capaz de lanzar la historia misma por caminos que no lo son.
Bajo este texto y el mensaje doctrinal
del Deuteronomio en su totalidad, no podemos menos de descubrir
el pecado como una de las causas de este fenómeno de dimensiones
mundiales que es la movilidad humana determinada, muchas veces,
por el hambre, la pobreza, por la falta de oportunidades. ¡Cuántos
países en el mundo tienen que soportar niveles de vida que están
muy por debajo de los umbrales de la pobreza!
4.- La Iglesia debe
también hoy anunciar con claridad esta dimensión religiosa frente
al fenómeno de la migración.- Es necesario que la Iglesia de Cristo,
presente en nuestro mundo, en nuestras naciones, -Iglesia que
no reconoce fronteras injustas, que está más allá de las divisiones
que hacemos los hombres, vele por los derechos de quienes, por
las más diversas razones, han tenido que abandonar sus lugares
de origen; la Iglesia tiene que anunciar al mundo, como lo hacía
Moisés con el pueblo de Israel, la necesidad de hacer de nuestras
estructuras entidades abiertas a las necesidades de nuestros hermanos,
sobre todo, a los más necesitados, como son los migrantes. La
Iglesia, que ha de seguir preparando el camino para la venida
plena del Señor, ha de insistir en la necesidad de descubrir en
nuestros hermanos sufrientes el rostro de Cristo que sigue buscando
ayuda, que sigue pasando necesidad, hambre y sed, y que en esta
búsqueda no pocas veces encuentra la muerte. ¡Trágica ironía cuando
en la búsqueda de la vida lo que se encuentra es la muerte!
5.- La tragedia de
los migrantes, "es una plaga típica y reveladora de los desequilibrios
y conflictos del mundo contemporáneo" (Solicitudo Rei Socialis
24) Nos revela un mundo desunido y todavía más lejos de aquél
ideal según el cual, "cuando un miembro sufre todos los miembros
sufren igualmente". (1Cor.12,26) La Iglesia quiere ofrecer
su amor y su asistencia a todos estos hermanos nuestros sin distinción.
Respeta a cada uno de ellos con su inalienable dignidad de persona
humana creada a imagen y semejanza de Dios. (cf. Gen. 1,27)
6.- El fenómeno de
la migración tiene también sus raíces en el nacionalismo exacerbado
y, en muchos países, en el odio o la marginación sistemática o
violenta de las poblaciones minoritarias, o de los creyentes de
religiones no mayoritarias, en los conflictos civiles, políticos,
éticos y también religiosos que ensangrientan todos los Continentes.
De ellos se alimentan oleadas crecientes de refugiados y prófugos
que a menudo se mezclan con flujos migratorios repercutiendo en
sociedades donde se entrecruzan, etnias, lenguas y culturas distintas
con el peligro de enfrentamientos y choques, según se expresa
en el documento Erga migrantes caritas Christi .
Los cristianos, pues, firmes en la
certeza de su fe, podemos demostrar que poniendo en primer lugar
la dignidad de la persona humana con todas sus exigencias, los
obstáculos creados por la injusticia, la incomprensión y los egoísmos,
habrán de ceder. Los cristianos hemos de estar convencidos de
que Dios, ha caminado, primero con el pueblo de Israel, migrante,
durante 40 años en el desierto, y después en su Hijo querido,
migrante con toda la humanidad camina todavía hoy con los refugiados,
los desplazados y los migrantes para realizar con ellos el proyecto
de su amor: una humanidad nueva y reconciliada.
7.- En el texto evangélico
de hoy Jesús nos invita a poner por encima "de las tradiciones
de los- hombres", es decir, de las tradiciones humanas que
no pocas veces absolutizan actitudes egoístas y visiones deformadas,
a costa "del mandato divino", es decir, el mandamiento
del amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como
a nosotros mismos.
Una vez más, he de decir, que la fuente de la inspiración para
enfrentar situaciones globales, tareas de proporciones inmensas,
es la palabra del Señor porque ella significa luz, significa fortaleza,
luz que alumbra el camino que debemos recorrer y fortaleza para
nuestra voluntad en su tarea de hacer realidad el mandato de Jesús
en nuestras circunstancias.
8.- La Iglesia, pues,
ha de continuar en este mundo el trabajo iniciado por su Fundador,
anunciando el amor, la sensatez y la cordura, la inviolabilidad
de la dignidad de la persona humana, la permanente actualidad
de los valores cristianos y humanos, a un mundo dividido por las
enemistades, por los intereses meramente económicos, por la prevalencia
de las leyes de mercado sobre los intereses humanos; a un mundo,
en fin, marcado por la violencia y la guerra. La Iglesia está
convencida que solamente con la fuerza del Espíritu que actúa
en lo íntimo de los acorazones, pueden abrirse caminos de diálogo,
actitudes positivas en la que todos nos demos la mano y los pueblos
encuentren el camino de la concordia.
9.- En el documento
"Juntos en el Camino de la Esperanza. Ya no somos Extranjeros",
hemos abordado éste tema desde muy diversos ángulos. Lo mismo
que en el documento "Ecclesia in America", Juan Pablo
11se refiere al hecho de la migración reiterando los derechos
inalienables de las familias y las personas y al respeto de su
dignidad, "también en los casos de inmigraciones no legales".
El pensamiento de la Iglesia al respecto ha quedado trazado en
la Instrucción Erga Migrantes Caritas Chiristi, del Papa Juan
Pablo II que pretende actualizar la pastoral migratoria transcurridos,
por lo demás, 35 años de la publicación del Motu Proprio del Papa
Pablo VI "Pastorales Migratorum Cura" y de la relativa
Instrucción de la Sagrada Congregación para los Obispos de "Pastorali
Migratorum Cura". A estos documentos, donde apreciamos el
Pensamiento de la Iglesia, remito, para nuestra reflexión.
Sírvanos de conclusión la citada Instrucción
de Juan Pablo II: "Las Migraciones contemporáneas nos sitúan,
pues, ante un desafío que ciertamente no es nada fácil, por su
relación con las esferas económica, social, política, sanitaria,
cultural y de seguridad. Se trata de un desafío al que todos los
cristianos deben responder, más allá de la buena voluntad y del
carisma personal de algunos.
En todo caso, no podemos olvidar la
respuesta generosa de muchos hombres y mujeres, de asociaciones
y organizaciones que, ante el sufrimiento de tantas personas causado
por la emigración, luchan en favor de los emigrantes, ya sean
forzosos o no, y en su defensa.
Este empeño es fruto especialmente, de aquella «compasión de Jesús»,
Buen Samaritano que el Espíritu suscita en todas partes, en el
corazón de los hombres de buena voluntad, además de despertarla
en la misma iglesia, donde «revive una vez más el misterio de
su Divino Fundador, misterio de vida y de muerte». De hecho, la
tarea de anunciar la palabra de Dios, que el Señor confió a su
iglesia, desde el inicio se ha entrelazado con la historia de
la emigración de los cristianos". (n. 3)
Aquí, a los pies de nuestra Señora
de Guadalupe, nuestra tierna y dulce Madre, que ha acompañado
a este pueblo suyo por más de cuatro siglos, ilumine nuestras
iniciativas y nos alcance de su Hijo la gracia de saber responder
a las necesidades y retos de nuestro tiempo.
Pidámosle que se acuerde de nuestra Patria a la que ella ha acompañado
a través de su historia y aquí, en este su santuario, hagamos
un acto de reparación por quienes han profanado la casa de Dios
y por quienes-la han utilizado a ella y a los Vicarios de su Hijo,
con burla, para manifestar sus inconformidades.
Que ella, que acompañó a su Hijo en
su migración a Egipto, acompañe ahora a han debido abandonar sus
lugares de origen y viven la incomprensión y la persecución de
quienes no comprenden su situación real al abandonar sus lugares
de origen. Que nos conceda a todos, un día, estar junto a su Hijo
alabando al Padre por todos los siglos. Amén. |
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