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Homilía
pronunciada por Mons. Renato Ascencio León,
Obispo de Ciudad Juárez y Presidente de la Comisión de Pastoral de la Movilidad Humana de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en ocasión del Día del Migrante, en la Basílica de Guadalupe.

3 de septiembre de 2006

1.- Saludo de modo muy especial a todos los sres. Embajadores y cónsules, así como a todo el personal de las diversas representaciones diplomáticas, a los agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos(as) y laicos que trabajan a favor de los migrantes, pero de modo muy especial a quienes viven esta experiencia, tanto los que han imigrado de otros lugares a nuestra Patria, así como a los mexicanos que por diversas circunstancias han debido abandonar esta nuestra República Mexicana y viven en otros lugares fuera de su patria. A todos los encomendamos a nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe desde aquí, su santuario y le pedimos que los acompañe siempre.

2.- En la misa del domingo XXII del tiempo ordinario leemos un texto perteneciente al Deuteronomio, Libro que habla intensamente de la "tierra", como un don de Dios para su pueblo, tierra a la que el pueblo de Israel ha llegado tras una larga y penosa travesía, una verdadera migración humana, desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad, a la tierra que es promesa y don, que es el signo de la presencia fiel de Dios aliado de su pueblo.

Para que el pueblo posea esa tierra, - don y conquista -, es necesario que se ajuste a los mandamientos de Dios, porque el pecado produce un efecto enajenador en la mente del hombre, pervierte el orden querido por Dios, trastorna las relaciones humanas y lo que debería ser un don para todos, el ámbito donde habrá que vivir la fraternidad y la solidaridad, se convierte, en lucha por acaparar, en enfrentamientos, en exclusiones, en desavenencias y en sufrimiento.

Dios es el dueño de la tierra, a Él le pertenece; es un don que da a su pueblo como signo de su presencia. Para que el pueblo, "viva largo tiempo y en paz sobre la tierra que el Señor tu Dios te va a dar", es necesario que viva según los mandamientos de Dios; de lo contrario, como resultado del pecado, perderá la tierra. Por el pecado del hombre, incluso, la tierra se vuelve estéril y sólo ha de producir cardos, según la maldición del Génesis.

Por eso el Señor dice por boca de Moisés a su pueblo ante la inminente entrada a la tierra prometida: <<Ahora Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que los pongas en práctica y puedas vivir y entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de tus padres te va a dar» (Deut. 4,1-2) «Miren, yo les enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumplan en la tierra donde van a entrar para tomar posesión de ella» (4,5)

3.- Es imposible, queridos hermanos y amigos, no ver en estas palabras una verdadera iluminación sobre el tema que nos ocupa en esta ocasión. El pensamiento de la -Iglesia, cuya fuente no es otra que la revelación misma, es una visión esencial del Señor nuestro Dios, revelado por Jesucristo, como el Dios y Señor de la creación, la revelación del Dios amoroso, que en la creación misma nos ha dado la abundancia para todos sus hijos y que solamente el pecado, la avaricia, los egoísmos, personales o nacionales, y la falta de solidaridad, pervirtiendo el proyecto de Dios, nos hacen percibir como insuficientes para todos. Es imposible no descubrir que detrás de tanto sufrimiento humano como existe en el mundo, de la pobreza y el hambre, de la falta de oportunidades y que obliga a masivas migraciones humanas, es imposible, digo, no descubrir el pecado, sombría realidad, capaz de lanzar la historia misma por caminos que no lo son.

Bajo este texto y el mensaje doctrinal del Deuteronomio en su totalidad, no podemos menos de descubrir el pecado como una de las causas de este fenómeno de dimensiones mundiales que es la movilidad humana determinada, muchas veces, por el hambre, la pobreza, por la falta de oportunidades. ¡Cuántos países en el mundo tienen que soportar niveles de vida que están muy por debajo de los umbrales de la pobreza!

4.- La Iglesia debe también hoy anunciar con claridad esta dimensión religiosa frente al fenómeno de la migración.- Es necesario que la Iglesia de Cristo, presente en nuestro mundo, en nuestras naciones, -Iglesia que no reconoce fronteras injustas, que está más allá de las divisiones que hacemos los hombres, vele por los derechos de quienes, por las más diversas razones, han tenido que abandonar sus lugares de origen; la Iglesia tiene que anunciar al mundo, como lo hacía Moisés con el pueblo de Israel, la necesidad de hacer de nuestras estructuras entidades abiertas a las necesidades de nuestros hermanos, sobre todo, a los más necesitados, como son los migrantes. La Iglesia, que ha de seguir preparando el camino para la venida plena del Señor, ha de insistir en la necesidad de descubrir en nuestros hermanos sufrientes el rostro de Cristo que sigue buscando ayuda, que sigue pasando necesidad, hambre y sed, y que en esta búsqueda no pocas veces encuentra la muerte. ¡Trágica ironía cuando en la búsqueda de la vida lo que se encuentra es la muerte!

5.- La tragedia de los migrantes, "es una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo" (Solicitudo Rei Socialis 24) Nos revela un mundo desunido y todavía más lejos de aquél ideal según el cual, "cuando un miembro sufre todos los miembros sufren igualmente". (1Cor.12,26) La Iglesia quiere ofrecer su amor y su asistencia a todos estos hermanos nuestros sin distinción. Respeta a cada uno de ellos con su inalienable dignidad de persona humana creada a imagen y semejanza de Dios. (cf. Gen. 1,27)

6.- El fenómeno de la migración tiene también sus raíces en el nacionalismo exacerbado y, en muchos países, en el odio o la marginación sistemática o violenta de las poblaciones minoritarias, o de los creyentes de religiones no mayoritarias, en los conflictos civiles, políticos, éticos y también religiosos que ensangrientan todos los Continentes. De ellos se alimentan oleadas crecientes de refugiados y prófugos que a menudo se mezclan con flujos migratorios repercutiendo en sociedades donde se entrecruzan, etnias, lenguas y culturas distintas con el peligro de enfrentamientos y choques, según se expresa en el documento Erga migrantes caritas Christi .

Los cristianos, pues, firmes en la certeza de su fe, podemos demostrar que poniendo en primer lugar la dignidad de la persona humana con todas sus exigencias, los obstáculos creados por la injusticia, la incomprensión y los egoísmos, habrán de ceder. Los cristianos hemos de estar convencidos de que Dios, ha caminado, primero con el pueblo de Israel, migrante, durante 40 años en el desierto, y después en su Hijo querido, migrante con toda la humanidad camina todavía hoy con los refugiados, los desplazados y los migrantes para realizar con ellos el proyecto de su amor: una humanidad nueva y reconciliada.

7.- En el texto evangélico de hoy Jesús nos invita a poner por encima "de las tradiciones de los- hombres", es decir, de las tradiciones humanas que no pocas veces absolutizan actitudes egoístas y visiones deformadas, a costa "del mandato divino", es decir, el mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Una vez más, he de decir, que la fuente de la inspiración para enfrentar situaciones globales, tareas de proporciones inmensas, es la palabra del Señor porque ella significa luz, significa fortaleza, luz que alumbra el camino que debemos recorrer y fortaleza para nuestra voluntad en su tarea de hacer realidad el mandato de Jesús en nuestras circunstancias.

8.- La Iglesia, pues, ha de continuar en este mundo el trabajo iniciado por su Fundador, anunciando el amor, la sensatez y la cordura, la inviolabilidad de la dignidad de la persona humana, la permanente actualidad de los valores cristianos y humanos, a un mundo dividido por las enemistades, por los intereses meramente económicos, por la prevalencia de las leyes de mercado sobre los intereses humanos; a un mundo, en fin, marcado por la violencia y la guerra. La Iglesia está convencida que solamente con la fuerza del Espíritu que actúa en lo íntimo de los acorazones, pueden abrirse caminos de diálogo, actitudes positivas en la que todos nos demos la mano y los pueblos encuentren el camino de la concordia.

9.- En el documento "Juntos en el Camino de la Esperanza. Ya no somos Extranjeros", hemos abordado éste tema desde muy diversos ángulos. Lo mismo que en el documento "Ecclesia in America", Juan Pablo 11se refiere al hecho de la migración reiterando los derechos inalienables de las familias y las personas y al respeto de su dignidad, "también en los casos de inmigraciones no legales".

El pensamiento de la Iglesia al respecto ha quedado trazado en la Instrucción Erga Migrantes Caritas Chiristi, del Papa Juan Pablo II que pretende actualizar la pastoral migratoria transcurridos, por lo demás, 35 años de la publicación del Motu Proprio del Papa Pablo VI "Pastorales Migratorum Cura" y de la relativa Instrucción de la Sagrada Congregación para los Obispos de "Pastorali Migratorum Cura". A estos documentos, donde apreciamos el Pensamiento de la Iglesia, remito, para nuestra reflexión.

Sírvanos de conclusión la citada Instrucción de Juan Pablo II: "Las Migraciones contemporáneas nos sitúan, pues, ante un desafío que ciertamente no es nada fácil, por su relación con las esferas económica, social, política, sanitaria, cultural y de seguridad. Se trata de un desafío al que todos los cristianos deben responder, más allá de la buena voluntad y del carisma personal de algunos.

En todo caso, no podemos olvidar la respuesta generosa de muchos hombres y mujeres, de asociaciones y organizaciones que, ante el sufrimiento de tantas personas causado por la emigración, luchan en favor de los emigrantes, ya sean forzosos o no, y en su defensa.

Este empeño es fruto especialmente, de aquella «compasión de Jesús», Buen Samaritano que el Espíritu suscita en todas partes, en el corazón de los hombres de buena voluntad, además de despertarla en la misma iglesia, donde «revive una vez más el misterio de su Divino Fundador, misterio de vida y de muerte». De hecho, la tarea de anunciar la palabra de Dios, que el Señor confió a su iglesia, desde el inicio se ha entrelazado con la historia de la emigración de los cristianos". (n. 3)

Aquí, a los pies de nuestra Señora de Guadalupe, nuestra tierna y dulce Madre, que ha acompañado a este pueblo suyo por más de cuatro siglos, ilumine nuestras iniciativas y nos alcance de su Hijo la gracia de saber responder a las necesidades y retos de nuestro tiempo.

Pidámosle que se acuerde de nuestra Patria a la que ella ha acompañado a través de su historia y aquí, en este su santuario, hagamos un acto de reparación por quienes han profanado la casa de Dios y por quienes-la han utilizado a ella y a los Vicarios de su Hijo, con burla, para manifestar sus inconformidades.

Que ella, que acompañó a su Hijo en su migración a Egipto, acompañe ahora a han debido abandonar sus lugares de origen y viven la incomprensión y la persecución de quienes no comprenden su situación real al abandonar sus lugares de origen. Que nos conceda a todos, un día, estar junto a su Hijo alabando al Padre por todos los siglos. Amén.

 
 
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