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Homilía
pronunciada por M. I. Sr. Cango. Mons. Pedro Rafael Tapia Rosete, Arcipreste de Cabildo, en ocasión de la Misa de Cabildo en la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2005

Mis queridas hermanas y hermanos todos en el Señor. Hermanas y hermanos de la vida consagrada, señor diácono, padres capellanes, mis hermanos canónigos.

En cualquier edificio, iglesia, dedicado a Dios, se celebra el misterio de la salvación que hace maravillas en María, en los santos y en todos los que creemos en el Señor Jesús. El Verbo se hizo carne, implantó su tienda entre nosotros, como nos dice san Juan, en el prologó de su Evangelio. Cristo resucitado está presente en la Iglesia de la que Él es cabeza.

Los templos materiales son un signo de esa presencia de Cristo, porque Él es el que habla ahí en su palabra, Él es el que ahí se da así mismo como alimento, en la Eucaristía. Él es el que preside a la comunidad cuando ésta se reúne para orar en la persona del sacerdote, y Él es el que permanece con nosotros para siempre cuando como asamblea nos reunimos para alabar a Dios y celebrar los santos misterios.

El templo material como figura de la Iglesia es también un llamado a vivir en comunidad y en comunión, como un edificio no podría seguir en pie, si todos los materiales que lo componen no tuvieran la cohesión que le da el proyecto del arquitecto y la habilidad de los constructores. Así, los miembros de la Iglesia debemos vivir y actuar en una sincera y constante solidaridad y comunión.

Las lecturas de hoy, nos presentan un mosaico de imágenes de lo que es la Iglesia. El agua que brota del templo en la Primera Lectura. El edificio que se construye sobre Cristo en la Segunda Lectura y el templo de Dios y morada del Espíritu, el templo que somos también cada uno de nosotros. El templo que hay que defender como casa de oración en el Evangelio, el cuerpo de Cristo resucitado al tercer día.

Las palabras de Cristo en el Evangelio, después de la escena de los venderos expulsados del templo, nos indican la identidad de este edificio eclesial. El Cuerpo de Cristo o sea el mismo Señor, el resucitado, Él es nuestro verdadero templo. Él es el que nos convoca y reúne. Él es que nos llena de su luz y de su vida y nosotros vamos siendo su cuerpo. Él es el cabeza y nosotros sus miembros.

Ante esto no falte quien nos cuestione, y tal vez nosotros entre ellos acercar del actual sentido del templo en la religión cristiana. Pero el mensaje de la acción de Jesús nos ayuda a entender su sentido. En primer lugar hemos de ver que si Jesús lo purifica es porque tiene razón de ser, pero no

 como lo utilizan los judíos, como un mercado, como un pretexto religioso para alcanzar otros intereses, entre otros el económico. Si Él se describe como el verdadero y definitivo templo es porque a puesto en el al hombre como centro, por tanto lo que da sentido al edificio es el hombre, es decir la persona humana. En todas las religiones hay siempre un lugar de encuentro, no sólo de los creyentes entre sí, sino de ellos con la divinidad en comunidad e individualmente.

El templo está, pues, en función de las personas más que de Dios mismo, ya que no es Dios quien necesita el templo hecho por manos humanas. Así lo entenderemos en la liturgia católica al menos hoy más que antes, así que los templos de piedra son válidos y necesarios en la medida en que están al servicio de las personas, porque como dice el apóstol; son la verdadera casa de Dios.

Hoy nos reunimos en esta casita sagrada de Santa María de Guadalupe, la última que nosotros, el pueblo de México, y los pueblos de este continente que le hemos construido hace 30 años. Casita que desde la humilde ermita que mando construir Fray Juan de Zumárraga en sólo 14 días y que después amplió su sucesor Don Alonso de Montúfar pasando por la Antigua Colegiata concluida el año de 1709, hace casi 300 años, hasta esta majestuosa casita admirada por tantos aquí, en el continente y en el mundo entero.

Las más visitada por peregrinos de todo el mundo después de la san Pedro en Roma y decimos que está es nuestra casa, pues Ella nos la ha pedido: “Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten una Casita Sagrada” para reunirnos alrededor de Cristo su Hijo, para presentarnos ante el Padre Dios de las misericordias, el arraigadísimo Dios por quien se vive.

Hoy todos nos encontramos bajo el mismo techo de la fe y la esperanza que nuestro pueblo le ha construido trabajando en el amor, para ser signos visibles del la presencia de Dios que salva a través de Cristo.


El mismo lugar donde Ella prometió darnos a Jesús a todas las gentes que en su amor personal, en su mirada compasiva en su auxilio, en su salvación, porque Ella en verdad es nuestra Madre compasiva, nuestra y de todos los hombres que en esta tierra estemos en uno y de las demás variadas estirpes de hombres, sus amadores, los que a Ella aclamemos, los que la busquemos, los que confiemos en Ella.

Porque aquí escucha nuestro llanto, nuestra tristeza, para remediar, para curar todas nuestras diferentes penas miserias y dolores. Recordamos, también, el traslado de ésta bendita imagen hasta el lugar donde ahora la veneramos y todavía resuena aún en nuestros oídos y en el corazón aquel momento emocionante cuando los cantos entonados repetían con llenos de júbilo, lo mismo que hoy hemos cantado en el canto de entrada y en la antífona del Aleluya. “He elegido y santificado esta casa, a fin de que permanezca mi nombre perpetuamente y estén siempre en ella mis ojos y mi corazón”.

Permítanme remontarme un poco con la imaginación hasta aquel traslado que se realizó desde el Templo Mayor de nuestra Cuidad de México, el 26 de diciembre de 1531, cuando nuestros padres indios ataviados en todo su esplendor trajeron por primera vez la Bendita Imagen que se estampó en la Tilma de San Juan Diego hasta la primera casita, la pequeña ermita de 1531.

Contemplando la pintura hecha años después nos hace comprendes el júbilo, el gozo, la fe de aquel pueblo depositario de esta Imago Dei – imagen de Dios– y parafrasear con el Salmo 147 “No ha hecho nada igual con otra nación, ni le ha mostrado su misericordia”.

El otro aniversario que recordamos hoy, es aquel 12 de octubre de 1895 – hace 111 años–, cuando por iniciativa del siervo de Dios, José Antonio Placarte y Labastida, Abad de Guadalupe aúna con el Episcopado Presbiterio y fieles de nuestra Patria, el Arzobispo Primado de México, Don Próspero María Alarcón en representación de su Santidad León XIII de feliz memoria y El Arzobispo de Michoacán Don José Ignacio Arziga en presencia de 10 Arzobispos y 27 Obispos y una multitud de fieles, colocaron esta misma Corona, que hoy vemos lucir sobre su cabeza, sobre la Sagrada Imagen.

Y el tercer aniversario que estamos celebrando, se refiere al inicio de la Evangelización del nuevo mundo, América. Hace 514 años, la iniciativa de hombres que buscaban caminos para llegar al Oriente, el lugar de las especias, providencialmente nos trajo el conocimiento del Evangelio y de Cristo Nuestro Salvador. En una palabra, lo que celebramos hoy, se trata de una fiesta del Señor, el Salvador, el Verbo de Dios que ha puesto su tienda entre nosotros, el Resucitado presente en su Iglesia de la cual es cabeza, no olvidemos que todas las iglesias del mundo con la materialidad de sus construcciones son un signo vivo de esta presencia. Ese es el misterio que encierra la fiesta del día de hoy. Tal vez en medio de las vicisitudes y las debilidades humanas nos falta todavía ser signos vivos de este gran misterio de amor. Porque como nos decía hace 30 años Su Santidad Pablo VI, de feliz memoria, la dedicación de la Nueva Basílica no es una meta de llegada, sino un punto de partida.

En efecto el templo inaugurado debe ser símbolo de ese templo espiritual y visible que llamamos Iglesia y que con Cristo como piedra angular se perfecciona y llega a la plenitud de nosotros en nuestra dignidad creciente de hijos de Dios que hacia Él peregrinamos.

Por ello y puesto que no hay verdadera hermandad sin un amor operante y sin la previa implantación de una verdadera justicia para todos, la dedicación del nuevo templo debe constituir el punto de arranque de un esfuerzo permanente de mayor justicia social, de una búsqueda de una creciente educación cultural que dignifique cada vez más a todas las personas, de una lucha sin tregua a la corrupción, de una eficaz ayuda espiritual y material para todos lo oprimidos y necesitados, y no podríamos dejar de mencionar, dice el Papa con especial énfasis y afecto al más pobre, al campesino que espera con justa impaciencia la realización de las promesas tantas veces hechas y a veces olvidadas. A él la Iglesia se siente particularmente cercana.

Pidamos a Nuestra Señora Santa María de Guadalupe, Nuestra Madre, Nuestra Señora y Niña su auxilio e intercesión para que no desfallezcamos en el trabajo permanente de hacer mediante el servicio y la concordia un espacio cada vez más amplio donde quepan todos los que el buen Padre Dios quiere salvar.

Que así sea.

 
 
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