Queridas
hermanas peregrinas, queridos hermanos sacerdotes, hermanas,
hermanos que acompañan a esta gran peregrinación.
Ante todo mi saludo afectuoso y también mi felicitación
y admiración por su espíritu de sacrificio en estas condiciones
difíciles de tanta lluvia, pero que ustedes con entusiasmo
y ánimo han superado para llegar a este Santuario, a esta
Casa de Nuestra Señora de Guadalupe.
En un Año Guadalupano, al cumplirse los 475 años de las Apariciones
de la Virgen María a San Juan Diego en esta colina, en este
Cerrito del Tepeyac, año de Gracia, año en que María perseverando
fiel, presente en medio de nosotros a través de esta Imagen
Bendita nos anima, impulsa, nos quiere consolar en nuestro
peregrinar.
Año en que en el mundo vivimos preocupaciones por la guerra
en la tierra de Jesús, entre Israel y el Líbano en dónde
el odio provoca tanto dolor y tanta aflicción.
Año en que en nuestra Patria vivimos también preocupados por
una situación de conflicto, de confrontación entre hermanos
pidiendo por intercesión de María, la paz, la reconciliación,
para poder continuar cada quien nuestra tarea en un orden
de justicia.
Año en que nuestra Diócesis se empeña después de la asamblea
a trabajar en la evangelización, trabajar a favor de la
familia. ¡Cuántas intenciones traemos en el corazón a parte
de lo que cada quien lleva como propósitos, anhelos, inquietudes,
preocupaciones!. Bajo la mirada de María contemplándola
a Ella, modelo de mujer, modelo de discípula, modelo de
Madre. Queremos en ésta ocasión, en ésta celebración, pedirle
que nos ayude a honrarla, contemplarla, imitándola siguiendo
su ejemplo.
La
Santísima Virgen ciertamente tuvo la misión de ser la Madre de Jesús de una manera excepcional,
única, engendrándolo, concibiéndolo en sus entrañas por
obra del Espíritu Santo.
Pero recordemos lo que Jesús mismo nos dice en el Evangelio:
¿quién es mi hermano?, ¿quién es mi hermana?, ¿quién es
mi madre?. ¡El que escucha la palabra de Dios y la pone
en práctica, el que cumple la voluntad de mi Padre, ese
es mi hermano, hermana y madre!.
La
Santísima Virgen antes de concebir en su seno al Verbo de Dios, lo concibió también en
su corazón y en su mente por la fe.
Si Ella de manera singular y única es llamada la Madre de
Dios, sin embargo todas ustedes hermanas y todos nosotros
si llegamos a escuchar la Palabra, a ponerla en práctica
y cumplir la voluntad del Padre, de una manera misteriosa
también engendramos, concebimos a Cristo Jesús en nuestro
interior, somos también con toda la Iglesia Madre de Cristo,
de este Cristo que hoy quiere hacerse presencia viva en
nosotros para esperanza y salvación del mundo entero.
Muchas de ustedes son mamás, tienen la alegría de haber dado
a luz una criatura, tienen la preocupación de formar a los
hijos de Dios en su hogar; otras quizá piensen en el matrimonio,
algunas espero también puedan ser llamadas a la Vida Consagrada,
pero toda mujer debe tener un anhelo, un proyecto de fecundidad,
de dar vida al mundo y puedes hacerlo imitando a María,
abriendo su corazón a la Palabra del Señor, como aquella
otra María la hermana de Martha, que en el silencio, en
la paz, supo sentarse a los pies del Maestro, según lo dijo
él, eligió la mejor parte.
Tú puedes también con la ayuda del Señor, cumplir su Palabra
por exigente que sea, vivir la voluntad del Padre buscando
diariamente en esa intimidad de tú conciencia qué es lo
que Dios quiere de ti. Ustedes hermanos y todos nosotros
podemos merecer también ese título: ser Madre de Cristo.
¡Qué misterio tan extraordinario!. María nos ayude bajo
este título de Guadalupe, cuando la contemplamos hermosísima
llevando en sus entrañas a Jesús embarazada, llevando al
sol que se refleja en su vestido con las estrellas en su
manto. Pidámosle que nos ayude a poder verdaderamente, en
espíritu y en verdad, tener ésta relación íntima con Jesús
para llamarnos sus hermanos, sus hermanas, su madre.
Pero María apenas concibió en su seno, nos recuerda el Evangelio
que acabamos de escuchar, fue presurosa a llevar a la casa
de Isabel su prima, la bendición, llevaba ya a Cristo hecho
Hombre en sus entrañas. María portadora de Jesús, María
que lleva también con su servicio y su palabra el testimonio
de la Grandeza de Dios, ”Proclama mí alma la Grandeza del
Señor”, exclama en la casa de Isabel.
María Evangelizadora, María Misionera. ¡Cuántas de ustedes
queridas hermanas son catequistas!. Las mamás en primer
lugar, para transmitir el tesoro de la fe a sus hijos, pero
¡cuántas otras también conduciendo a los pequeños, a los
jóvenes, por el camino del Evangelio en el conocimiento
de la verdad de Cristo Jesús!. ¡Cuántas de ustedes pueden
realizar una misión al servicio del Evangelio, llevando
con su ejemplo y su palabra el testimonio del amor, testimonio
de la fidelidad del Señor!.
Misioneras con toda la Iglesia preocupándonos de quienes se
apartan de la verdadera fe, de quienes viven en la indiferencia
o en el error.
Misioneras con discreción, con respeto a los demás pero
al mismo tiempo con valentía y entusiasmo para no callar
lo que llevamos en el interior como el tesoro grande, a
Cristo mismo, darlo a conocer, compartirlo. Así nuestra
fe, como nos enseña la Iglesia, se fortalece, crece y se
multiplica.
Pero para poder ser misioneras tenemos que tratar, ustedes
y nosotros, de ser siempre coherentes con esta fe que llevamos.
No podemos hablar una cosa y hacer lo contrario, sería poner
en ridículo la fe, desprestigiar nuestro cristianismo y
en este testimonio ¡cómo tenemos que luchar por ser ejemplo
a imagen de María para servir y sacrificarnos, para crear
un ambiente de armonía, de reconciliación y de paz.
Junto a la Cruz María acompañó a Cristo su Divino Hijo, precisamente
en esa obra que viene a derribar el muro de la separación.
En la Cruz Jesucristo viene a abrir los caminos de la fraternidad
y la paz derramando su Sangre, María junto al Señor es la
que también sufre esos dolores de parto, nuevamente para
engendrar a la humanidad nueva como familia de Dios.
Pidamos al Señor que toda mujer tenga la delicadeza, la sabiduría,
para poder ser instrumento de paz. Pidamos que la Iglesia
sea en verdad en nuestro México hoy, un signo de concordia,
de reconciliación; que buscando la verdad seamos también
capaces de ofrecer el perdón, que trabajando por la justicia
sepamos sembrar también semillas de fraternidad, de reconciliación.
Virgen María de Guadalupe, mira a estas hijas tuyas, mira a
esta familia tuya, contempla la realidad de nuestra Diócesis,
de nuestro México, de nuestro mundo. Intercede por nosotros
ante tu Hijo y concédenos la Gracia de ser como tú, siempre
disponible para cumplir la Palabra del Señor, para hacer
siempre lo que Él nos diga. Confiamos en tu intercesión
y nos ponemos en tus manos. |
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