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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Alberto Suárez, Obispo de la Diócesis de Morelia, en ocasión de la peregrinación Femenil de Morelia, a la Basílica de Guadalupe.

11 de agosto de 2006

Queridas hermanas peregrinas, queridos hermanos sacerdotes, hermanas, hermanos que acompañan a esta gran peregrinación.

Ante todo mi saludo afectuoso y también mi felicitación y admiración por su espíritu de sacrificio en estas condiciones difíciles de tanta lluvia, pero que ustedes con entusiasmo y ánimo han superado para llegar a este Santuario, a esta Casa de Nuestra Señora de Guadalupe.

En un Año Guadalupano, al cumplirse los 475 años de las Apariciones de la Virgen María a San Juan Diego en esta colina, en este Cerrito del Tepeyac, año de Gracia, año en que María perseverando fiel, presente en medio de nosotros a través de esta Imagen Bendita nos anima, impulsa, nos quiere consolar en nuestro peregrinar.

Año en que en el mundo vivimos preocupaciones por la guerra en la tierra de Jesús, entre Israel y el Líbano en dónde el odio provoca tanto dolor y  tanta aflicción.

Año en que en nuestra Patria vivimos también preocupados por una situación de conflicto, de confrontación entre hermanos pidiendo por intercesión de María, la paz, la reconciliación, para poder continuar cada quien nuestra tarea en un orden de justicia.

Año en que nuestra Diócesis se empeña después de la asamblea a trabajar en la evangelización, trabajar a favor de la familia. ¡Cuántas intenciones traemos en el corazón a parte de lo que cada quien lleva como propósitos, anhelos, inquietudes, preocupaciones!. Bajo la mirada de María contemplándola a Ella, modelo de mujer, modelo de discípula, modelo de Madre. Queremos en ésta ocasión, en ésta celebración, pedirle que nos ayude a honrarla, contemplarla, imitándola siguiendo su ejemplo.

La Santísima Virgen ciertamente tuvo la misión de ser la Madre de Jesús de una  manera excepcional, única, engendrándolo, concibiéndolo en sus entrañas por obra del Espíritu Santo.

Pero recordemos lo que Jesús mismo nos dice en el Evangelio: ¿quién es mi hermano?, ¿quién es mi hermana?, ¿quién es mi madre?. ¡El que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, el que cumple la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, hermana y madre!.

La Santísima Virgen antes de concebir en su seno al Verbo de Dios, lo concibió también en su corazón y en su mente por la fe.

Si Ella de manera singular y única es llamada la Madre de Dios, sin embargo todas ustedes hermanas y  todos nosotros si llegamos a escuchar la Palabra, a ponerla en práctica y cumplir la voluntad del Padre, de una manera misteriosa también engendramos, concebimos a Cristo Jesús en nuestro interior, somos también con toda la Iglesia Madre de Cristo, de este Cristo que hoy quiere hacerse presencia viva en nosotros para esperanza y salvación del mundo entero.

Muchas de ustedes son mamás, tienen la alegría de haber dado a luz una criatura, tienen la preocupación de formar a los hijos de Dios en su hogar; otras quizá piensen en el matrimonio, algunas espero también puedan ser llamadas a la Vida Consagrada, pero toda mujer debe tener un anhelo, un proyecto de fecundidad, de dar vida al mundo y puedes hacerlo imitando a María, abriendo su corazón a la Palabra del Señor, como aquella otra María la hermana de Martha, que en el silencio, en la paz, supo sentarse a los pies del Maestro, según lo dijo él, eligió la mejor parte.

Tú puedes también con la ayuda del Señor, cumplir su Palabra por exigente que sea, vivir la voluntad del Padre buscando diariamente en esa intimidad de tú conciencia qué es lo que Dios quiere de ti. Ustedes hermanos y todos nosotros podemos merecer también ese título: ser Madre de Cristo.

¡Qué misterio tan extraordinario!. María nos ayude bajo este título de Guadalupe, cuando la contemplamos hermosísima llevando en sus entrañas a Jesús embarazada, llevando al sol que se refleja en su vestido con las estrellas en su manto. Pidámosle que nos ayude a poder verdaderamente, en espíritu y en verdad, tener ésta relación íntima con Jesús para llamarnos sus hermanos, sus hermanas, su madre.

Pero María apenas concibió en su seno, nos recuerda el Evangelio que acabamos de escuchar, fue presurosa a llevar a la casa de Isabel su prima, la bendición, llevaba ya a Cristo hecho Hombre en sus entrañas. María portadora de Jesús, María que lleva también con su servicio y su palabra el testimonio de la Grandeza de Dios, ”Proclama mí alma la Grandeza del Señor”, exclama en la casa de Isabel.

María Evangelizadora, María Misionera. ¡Cuántas de ustedes queridas hermanas son catequistas!. Las mamás en primer lugar, para transmitir el tesoro de la fe a sus hijos, pero ¡cuántas otras también conduciendo a los pequeños, a los jóvenes, por el camino del Evangelio en el conocimiento de la verdad de Cristo Jesús!. ¡Cuántas de ustedes pueden realizar una misión al servicio del Evangelio, llevando con su ejemplo y su palabra el testimonio del amor, testimonio de la fidelidad del Señor!.

Misioneras con toda la Iglesia preocupándonos de quienes se apartan de la verdadera fe, de quienes viven en la indiferencia o en el error.

Misioneras con discreción, con respeto a los demás pero al mismo tiempo con valentía y entusiasmo para no callar lo que llevamos en el interior como el tesoro grande, a Cristo mismo, darlo a conocer, compartirlo. Así nuestra fe, como nos enseña la Iglesia, se fortalece, crece y se multiplica.

Pero para poder ser misioneras tenemos que tratar, ustedes y nosotros, de ser siempre coherentes con esta fe que llevamos. No podemos hablar una cosa y hacer lo contrario, sería poner en ridículo la fe, desprestigiar nuestro cristianismo y en este testimonio ¡cómo tenemos que luchar por ser ejemplo a imagen de María para servir y sacrificarnos, para crear un ambiente de armonía, de reconciliación y de paz.

Junto a la Cruz María acompañó a Cristo su Divino Hijo, precisamente en esa obra que viene a derribar el muro de la separación. En la Cruz Jesucristo viene a abrir los caminos de la fraternidad y la paz derramando su Sangre, María junto al Señor es la que también sufre esos dolores de parto, nuevamente para engendrar a la humanidad nueva como familia de Dios.

Pidamos al Señor que toda mujer tenga la delicadeza, la sabiduría, para poder ser instrumento de paz. Pidamos que la Iglesia sea en verdad en nuestro México hoy, un signo de concordia, de reconciliación; que buscando la verdad seamos también capaces de ofrecer el perdón, que trabajando por la justicia sepamos sembrar también semillas de fraternidad, de reconciliación.

Virgen María de Guadalupe, mira a estas hijas tuyas, mira a esta familia tuya, contempla la realidad de nuestra Diócesis, de nuestro México, de nuestro mundo. Intercede por nosotros ante tu Hijo y concédenos la Gracia de ser como tú, siempre disponible para cumplir la Palabra del Señor, para hacer siempre lo que Él nos diga. Confiamos en tu intercesión y nos ponemos en tus manos.

 
 
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