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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Jesús Guízar Villanueva, en ocasión de la peregrinación del Club de Payasos de México, a la Basílica de Guadalupe.

19 de julio de 2006

Muy queridos hermanos, hoy la Basílica está de fiesta con la presencia de unos hijos predilectos de la Virgen el Club de Payasos de México, que tienen por vocación alegrar el alma y el cuerpo de todos nosotros y sobre todo el corazón de los niños.

¡Cómo nos encanta ver a los más pequeños carcajearse y reír, con las actuaciones de quienes consagran su vida a ellos!.

Fíjense como todos somos importantes, ¿qué sería de la infancia de los niños, hijos, sobrinos sino existiera quienes pudieran divertirlos, entretenerlos, acercar su corazón al corazón de sus mayores, llenar su vida de sorpresas, de juguetes, de fantasía, de globos, de pelucas de colores fiusha, naranja, y verde?.

¡Qué sería de los domingos!, de los papás con los hijos si no hubiera un lugar de refugio para encontrar la alegría y la paz de los niños. Y ustedes queridos hermanos del Club de Payasos, junto con otros muchos que no pertenecen a este club, pero tienen esta vocación que es como un sacramento, como algo importantísimo para que los niños especialmente sepan que la vida tiene detalles de alegría, de sonrisas, de fiesta, de juego, de paz, de colorido, de belleza y de tantas expresiones que ustedes provocan con su trabajo, que tiene que ser un trabajo bien delicado y bonito cargado de respeto, de educación.

Tienen que preparar sus parlamentos, saber cuidar sus manos para hacer suertes, tienen que hacer gimnasia, saberse maquillar, verse muy bonitos y bonitas, tienen que estar al pendiente de no lastimar a nadie.

Es un trabajo muy cuidadoso y bello, poner una sonrisa grande en la cara de los niños y en la cara de los papás. Ustedes nos hacen volver a nuestra infancia.

Los primeros recuerdos de todo hombre adulto y mujer adulta cuando se acuerda de sus principios cuando tenía tres, cuatro, cinco años, ustedes siempre están asociados a la actuación maravillosa, ocurrente y feliz de los payasos en el circo o fuera de el, y ¡vaya que es difícil la tarea de estar haciendo reír al público!.

Pero ya que ustedes han tenido esta vocación, ahora frente a la Virgen esa sonrisa que traen dibujada, es una sonrisa dirigida a Ella.

Ahora ustedes vienen como niños para ver a la mamá, a pedirle que los proteja, los cuide, los defienda de enfermedad, de contratiempos, de pobreza; que les oriente en el camino de la vida porque tienen responsabilidades muy serias para cuidar a sus propias familias y ustedes viven de esta profesión y trabajo.

Cuando hace ocho días yo vi que me tocaba celebrar esta misa, ¡me dio gusto!, me toca la misa de mis amigos los payasos de México y ¿qué fue lo que se me ocurrió?.

Se me ocurrió algo muy lindo, viendo también este Evangelio que nos presenta la Liturgia de este día, cuando Jesucristo predicaba, hacia Milagros y sin embargo no le creían los de su tierra para nada, los de Cafarnaún, de Betsaida, al grado de que Jesús ya no hizo Milagros ahí porque no le creían.

Entonces Jesucristo, y es lo que escuchamos en el Santo Evangelio, se dirige al Padre Celestial y le dice: “Padre mío te doy gracias porque los sabios y entendidos, la gente muy inteligente no entiende las cosas de tu Reino y en cambio los sencillos, los niños, los pobres, ellos sí entienden todo, gracias Padre porque así te ha parecido bien.” Este himno de Cristo de llama, Himno de júbilo y alegría.

Entonces, lo que a mí se me ocurrió pensar, así como ustedes queridos amigos payasos ahora aquí frente a la Santísima Virgen, así como ustedes se ponen frente al espejo, se arreglan con distintos tipos de pintura su cara, pestañas, nariz roja, sus labios, así como también se pone su peluca, sus zapatos grandotes, sus vestidos, sus pantalones anchos, sus playeras de rallas, sus tirantes, se arreglan para adornar su cuerpo, para que los niños sean felices, así también hay que adornar el alma con la oración, con alegría, con el servicio y con las virtudes.

Yo voy a poner la sonrisa en la caridad, en mi corazón, voy a poner el distintivo de la paciencia, la prudencia, la honradez en los más necesitados, voy a llenar mi vida de la alegría de Dios, voy a comulgar, a confesarme.

Así como ustedes cuando van a actuar pues tienen que estar limpiecitos, muy bonitos, muy guapos y guapas, que no haya defectos en su maquillaje, también por dentro, que no haya defectos en el maquillaje interior, que no sea de ahí se va.

Ustedes cuando se arreglan no lo hacen así, se arreglan bien, ¿no he cierto? díganme,  ¿estoy en lo correcto?.

Se arreglan bien, también por dentro hay que arreglarse, entonces fíjense lo feliz que está la Virgen a la que podemos decirle. Yo le he escrito a Ella diciéndole y quiero que ustedes lo oigan:

Guadalupe Virgen mía,
dulce niña de la paz
cada día te quiero más
y te pido Ave María
que me llenes de alegría,
con tu santa bendición
porque tengo la ilusión,
de vivir bajo tu velo
y poder llegar al cielo,
al tocar tu corazón.

Ojala ustedes, ahora que están con este espíritu en su peregrinación, que han venido fervientes a lo largo de la Calzada de Guadalupe, puedan comunicarse de corazón a corazón, de mirada a mirada, de sonrisa a sonrisa con la Virgen de Guadalupe y que Ella les llene su corazón de alegría para que ustedes la extiendan con los niños, que siempre sea su humor, un humor blanco, transparente y constructivo, que haga que los niños llenen de ilusiones su vida y llenen de alegría sus corazones.

Nosotros todos los que estamos aquí presentes en testimonio de que apreciamos su trabajo y su piedad, en testimonio de que los queremos mucho, vamos a darles un cariñoso aplauso.

 
 
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