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La Conversión de México
(N. M. vv. 215-218)


Venían a reconocer su carácter divino, a tener la honra de presentarle sus plegarias, y mucho admiraban todos la forma tan manifiestamente divina que había elegido para hacerles la gracia de aparecerse, como que es un hecho que a ninguna persona de este mundo le cupo el privilegio de pintar lo esencial de su preciosa y amada imagen.

Salve, preciosa y amada Imagen, por mano no humana pintada,
Salve, tú que en ella tu carácter divino demostraste y demuestras,
Salve, porque en ella, desde entonces, tributarte nos concedes filial homenaje.
Salve, tú que en ella y para siempre, maternal nuestras pobres plegarias acoges.

Salve, tu que entre nubes y entre nieblas llegas.
Salve, Madre del Sol, que, para iluminar nuestro Continente, en el centro de la Luna te asientas.
Salve, tú que a nuestro suelo bajas la armonía del cielo,
Salve, tú que oras y danzas, adorando a tu Hijo.

Salve, tú que aceptas que te sostenga un ángel que une cielo y tierra, evocando a nuestros padres su devoción antigua.
Salve, tú que en ella unificas lo enfrentado y opuesto: noche y día, cielo y tierra.
Salve, Rostro mestizo que hermana nuestras razas,
Salve, Salve, Virgen y Madre, Niña y Matrona, Sierva y Señora, Madre e Hijita nuestra.

Salve, ¡Flor de las flores! 
Salve, Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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