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Primera Entrevista con Zumárraga
(Nican Mopohua, vv. 38-45)


Juan Diego inmediatamente en su presencia se postró, respetuosamente le dijo: «–Señora mía, mi Niña, por supuesto que ya voy a poner por obra tu venerable aliento, tu amada palabra. Por ahora de Ti me despido, yo, tu humilde servidor».

Enseguida bajó para ir a poner por obra su encargo: Vino a tomar la calzada que viene derecho a México. Y cuando hubo llegado al interior de la ciudad, de inmediato y directo se fue al palacio del Obispo, que muy recientemente había llegado, de Jefe de Sacerdotes, cuyo reverendo nombre era D. Fray Juan de Zumárraga, sacerdote de San Francisco.

Y al llegar Juan Diego de inmediato hace el intento de verlo, rogando a sus servidores, sus domésticos, que vayan a anunciarlo.

Al cabo de una espera un tanto excesiva,  vinieron ellos a llamarlo, cuando el Señor Obispo tuvo a bien convocarlo para que pasara. Y en cuanto entró, en seguida en su presencia se arrodilló, se postró. Luego ya le declara, le narra el venerable aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le refirió respetuosamente  todas las cosas que admiró, que miró,  que escuchó.

Y cuando el Obispo hubo escuchado todas sus palabras, su mensaje, como que no del todo le dio crédito. Le respondió, se dignó decirle: «–Hijito mío, otra vez vendrás, aun con más calma te oiré y desde el principio lo miraré, pensaré lo que te hizo venir acá, tu voluntad, tu deseo».

Salve, tú que, cual tu Hijo, por amor a nosotros te abajas.
Salve, Madre amadísima de cuantos en esta tierra estamos en uno.
Salve, Madre y Refugio de todos los hombres, Omnipotencia intercesora para cuantos te buscan.
Salve, tú que enjugas todas nuestras lágrimas, tú que nos purificas y asistes en todas las miserias, penas y dolores.

Salve, tú que a uno de los nuestros asumes como tu embajador digno de toda tu confianza, y que a ser como él a todos nos convocas.
Salve, tú que veneras y acatas a tu Hijo en su Imagen viva, en quien es Obispo.
Salve, tú que, cual tu Hijo, nada hablas en secreto y todo nos confías.
Salve, tú que, cual tu Hijo, agradeces y pagas al ciento por uno.

Salve, Señora y Niña, que tu venerable aliento, tu amada palabra siempre nos compartes.
Salve, Tú que siempre asistes y jamás te apartas de quien de ti se despide.
Salve, tú que diste a Juan Diego fortaleza y paciencia en la espera,
Salve, tú que dotaste a Zumárraga de cautela y prudencia.

Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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