Al cabo de una espera
un tanto excesiva, vinieron ellos a llamarlo, cuando el Señor
Obispo tuvo a bien convocarlo para que pasara. Y en cuanto
entró, en seguida en su presencia se arrodilló, se postró.
Luego ya le declara, le narra el venerable aliento, la preciosa
palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le refirió
respetuosamente todas las cosas que admiró, que miró, que
escuchó.
Y cuando el Obispo hubo
escuchado todas sus palabras, su mensaje, como que no del
todo le dio crédito. Le respondió, se dignó decirle: «–Hijito
mío, otra vez vendrás, aun con más calma te oiré y desde el
principio lo miraré, pensaré lo que te hizo venir acá, tu
voluntad, tu deseo».
Salve, tú
que, cual tu Hijo, por amor a nosotros te abajas.
Salve, Madre amadísima de cuantos en esta tierra estamos
en uno.
Salve, Madre y Refugio de todos los hombres, Omnipotencia
intercesora para cuantos te buscan.
Salve, tú que enjugas todas nuestras lágrimas, tú que nos
purificas y asistes en todas las miserias, penas y dolores.
Salve, tú
que a uno de los nuestros asumes como tu embajador digno de
toda tu confianza, y que a ser como él a todos nos convocas.
Salve, tú que veneras y acatas a tu Hijo en su Imagen
viva, en quien es Obispo.
Salve, tú que, cual tu Hijo, nada hablas en secreto
y todo nos confías.
Salve, tú que, cual tu Hijo, agradeces y pagas al ciento
por uno.
Salve, Señora
y Niña, que tu venerable aliento, tu amada palabra siempre
nos compartes.
Salve, Tú que siempre asistes y jamás te apartas de quien
de ti se despide.
Salve, tú que diste a Juan Diego fortaleza y paciencia
en la espera,
Salve, tú que dotaste a Zumárraga de cautela y prudencia.
Salve,
¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora
y Niña nuestra!
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