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Segunda Entrevista con Zumárraga
(Nican Mopohua, vv. 68-93)

Al día siguiente, Domingo 10 de diciembre de 1531, muy de madrugada, cuando todo estaba aún muy oscuro, Juan Diego salió de su casa, de allá hacia acá, a Tlaltelolco: viene a aprender las cosas divinas, a ser pasado en lista; luego a ver al Gran Sacerdote. Y como a las diez de la mañana estuvo dispuesto: se había oído Misa, se había pasado lista, se había dispersado toda la gente. Y él, Juan Diego, luego fue al palacio del Señor Obispo. Y tan pronto como llegó, hizo todo lo posible para tener el privilegio de verlo, y con mucha dificultad otra vez tuvo ese honor.

A sus pies hincó las rodillas, llora, se pone triste, en tanto que dialoga, mientras le expone el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo, para ver si al fin era creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, tocante a que le hagan, le edifiquen, le levanten, su templo donde se dignó indicarlo, en donde se digna quererlo. Y el Señor Obispo muchísimas cosas le preguntó, le examinó, para que bien en su corazón constase dónde fue a verla, qué aspecto tenía.

Todo lo narró al Señor Obispo, con todos sus detalles, pero, pese a que todo absolutamente se lo pormenorizó, hasta en los más menudos particulares, y que en todas las cosas vio, se asombró porque clarísimamente aparecía que Ella era la perfecta Virgen, la venerable, gloriosa y preciosa Madre de nuestro Salvador Jesucristo, a fin de cuentas, no estuvo de acuerdo de inmediato, sino que le dijo que no nada más por su palabra, su petición, se haría, se ejecutaría lo que solicitaba, que era todavía indispensable algo como señal para poder creerle que era precisamente Ella, la Reina del Cielo, quien se dignaba enviarlo de mensajero.

Y tan pronto como lo oyó, Juan Diego dijo respetuosamente al Obispo: «-Señor Gobernante, por favor sírvete ver cuál será la señal que tienes a bien pedirle, pues en seguida me pondré en camino para solicitársela a la Reina del Cielo, que se dignó enviarme acá de mensajero».

y cuando vio el Obispo que todo lo confirmaba, que desde su primera reacción en nada titubeaba o dudaba, luego lo despidió; pero apenas hubo salido, luego ordenó a algunos criados, en quienes tenía gran confianza, que fueran detrás de él, que cuidadosamente lo espiaran a dónde iba, y a quién veía o hablaba.

Y así se hizo. Y Juan Diego enseguida se vino derecho, enfiló la calzada. Y lo siguieron, pero allí donde sale la barranca, cerca del Tepeyac, por el puente de madera, lo perdieron de vista, y por más que por todas partes lo buscaron, ya en ningún lugar lo vieron, por lo que se regresaron. Y con eso no sólo se vinieron a enfadar grandemente, sino también porque los frustró, los dejó furiosos, de manera que le fueron a insistir al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le inventaron que lo que hacía era sólo engañarlo deliberadamente, que era mera ficción lo que forjaba, o bien que sólo lo había soñado, sólo imaginado en sueños lo que decía, lo que solicitaba. Y en este sentido se confabularon unos con otros, que si llegaba a volver, a regresar, allí lo habían de agarrar y castigar duramente para que otra vez ya no ande contando mentiras, ni alborotando a la gente.

Entre tanto Juan Diego estaba en la presencia de la Santísima Virgen, comunicándole la respuesta que venía a traerle de parte del Señor Obispo. Y cuando se la hubo notificado, la Gran Señora y Reina le respondió: «-Así está bien, Hijito mío el más amado, mañana de nuevo vendrás aquí para que lleves al Gran Sacerdote la prueba, la señal que te pide. Con eso enseguida te creerá, y ya, a ese respecto, para nada desconfiará de ti ni de ti sospechará. Y ten plena seguridad, Hijito mío predilecto, que yo te pagaré tu cuidado, tu servicio, tu cansancio que por amor a mí has prodigado. ¡Animo, mi muchachito! que mañana aquí con sumo interés habré de esperarte».

 
 
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