Todo lo narró al Señor
Obispo, con todos sus detalles, pero, pese a que todo absolutamente
se lo pormenorizó, hasta en los más menudos particulares,
y que en todas las cosas vio, se asombró porque clarísimamente
aparecía que Ella era la perfecta Virgen, la venerable, gloriosa
y preciosa Madre de nuestro Salvador Jesucristo, a fin de
cuentas, no estuvo de acuerdo de inmediato, sino que le dijo
que no nada más por su palabra, su petición, se haría, se
ejecutaría lo que solicitaba, que era todavía indispensable
algo como señal para poder creerle que era precisamente Ella,
la Reina del Cielo, quien se dignaba enviarlo de mensajero.
Y tan pronto como lo oyó,
Juan Diego dijo respetuosamente al Obispo: «-Señor Gobernante,
por favor sírvete ver cuál será la señal que tienes a bien
pedirle, pues en seguida me pondré en camino para solicitársela
a la Reina del Cielo, que se dignó enviarme acá de mensajero».
y cuando vio el Obispo
que todo lo confirmaba, que desde su primera reacción en nada
titubeaba o dudaba, luego lo despidió; pero apenas hubo salido,
luego ordenó a algunos criados, en quienes tenía gran confianza,
que fueran detrás de él, que cuidadosamente lo espiaran a
dónde iba, y a quién veía o hablaba.
Y así se hizo. Y Juan
Diego enseguida se vino derecho, enfiló la calzada. Y lo siguieron,
pero allí donde sale la barranca, cerca del Tepeyac, por el
puente de madera, lo perdieron de vista, y por más que por
todas partes lo buscaron, ya en ningún lugar lo vieron, por
lo que se regresaron. Y con eso no sólo se vinieron a enfadar
grandemente, sino también porque los frustró, los dejó furiosos,
de manera que le fueron a insistir al Señor Obispo, le metieron
en la cabeza que no le creyera, le inventaron que lo que hacía
era sólo engañarlo deliberadamente, que era mera ficción lo
que forjaba, o bien que sólo lo había soñado, sólo imaginado
en sueños lo que decía, lo que solicitaba. Y en este sentido
se confabularon unos con otros, que si llegaba a volver, a
regresar, allí lo habían de agarrar y castigar duramente para
que otra vez ya no ande contando mentiras, ni alborotando
a la gente.
Entre tanto Juan Diego
estaba en la presencia de la Santísima Virgen, comunicándole
la respuesta que venía a traerle de parte del Señor Obispo.
Y cuando se la hubo notificado, la Gran Señora y Reina le
respondió: «-Así está bien, Hijito mío el más amado, mañana
de nuevo vendrás aquí para que lleves al Gran Sacerdote la
prueba, la señal que te pide. Con eso enseguida te creerá,
y ya, a ese respecto, para nada desconfiará de ti ni de ti
sospechará. Y ten plena seguridad, Hijito mío predilecto,
que yo te pagaré tu cuidado, tu servicio, tu cansancio que
por amor a mí has prodigado. ¡Animo, mi muchachito! que mañana
aquí con sumo interés habré de esperarte».
|