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El Gran Acontecimiento
Introducción

Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, en forma por demás maravillosa, el amor de la perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra venerable Señora y Reina, la hizo visible allá en el Tepeyac, que se conoce (ahora) como Guadalupe.

En un principio se dignó dejarse ver un indito de nombre Juan Diego, y al final, su amor nos entregó su preciosa y amada imagen ante la presencia del reciente Obispo Don fray Juan de Zumárraga.



AMBIENTACIÓN

(Nican Mopohua, vv. 1-2)
  

Diez años después de sojuzgada la ciudad de México, cuando ya estaban por tierra las flechas y el escudo, ya por doquier sosegados sus aguas y sus montes, así brota, ya macolla, ya revienta sus yemas la adquisición de la verdad, el conocimiento de Quien es causa de toda vida: el verdadero Dios.

Salve, Virgen perfecta, Salve, Señora y Reina nuestra.
Salve, Hija de tu Hijo, a Quien hiciste presente en nuestra tierra,
Salve, tú que nos entregaste visible a Quien nadie puede ver,
Salve, Guadalupe, nombre en el que unes a árabes, judíos y a los hombres   todos.

Salve, tú que elegiste a tu amado Juan Diego, y en su lengua armoniosa dialogaste,
Salve, tú que en su tilma enraizaste tu imagen sublime,
Salve, tú que a tu Hijo veneras en la persona del reciente Obispo,
Salve, tú que sosegaste las aguas y los montes.

Salve, tú que tu paz trajiste a los escudos y flechas,
Salve, tú que los cañones acallaste y mellaste las espadas,
Salve, tú que nos abriste los botones floridos de la Verdad Suprema,
Salve, Jardín en que florece el conocimiento de Aquel por Quien se vive.

Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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