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La incondicionalidad del amor materno
(N. M. vv. 100-121)


Y cuando ya iba llegando a la cercanía de la colina del Tepeyac, a su pie, por el poniente, donde pasaba su camino, Juan Diego se dijo: «-Si sigo derecho por el camino habitual, no vaya a ser que me vea la noble Señora y, como antes, me haga el honor de detenerme para que lleve la señal al Jefe de los Sacerdotes, conforme a lo que se dignó mandarme. Que por favor primero nos deje nuestra aflicción, que pueda yo ir rápido a llamar respetuosamente el sacerdote religioso. Mi venerable tío no hace sino estar aguardándolo».

Enseguida le dio la vuelta al monte por la falda, subió a la otra parte, por un lado, hacia el oriente, para así llegar rápido a México y que no lo demorara la Reina del Cielo. Se imaginaba que por dar allí la vuelta, de plano no iba a verlo Aquella cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté mirando.

Pero la vio cómo hacia acá bajaba de lo alto del montecito, desde donde se había dignado estarlo observando, allá donde desde antes lo estuvo mirando atentamente. Le vino la Virgen a salir al encuentro de lado oriente del monte, vino a cerrarle el paso, se dignó decirle: «-¿Qué hay, Hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas? ¿A dónde vas a ver?».

Y él, ¿acaso un poco por eso se apenó, tal vez se avergonzó, o acaso por eso se alteró, se atemorizó? En su presencia se postró, con gran respeto la saludó, tuvo el honor de decirle: «-Mi Virgencita, Hija mía la más amada, mi Reina, ojalá estés contenta; ¿Cómo amaneciste? ¿Estás bien de salud?, Señora mía, mi Niñita adorada? Causaré pena a tu venerado rostro, a tu amado corazón: Por favor, toma en cuenta, Virgencita mía, que está gravísimo un criadito tuyo, tío mío. Una gran enfermedad en él se ha asentado, por lo que no tardará en morir. Así que ahora tengo que ir urgentemente a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de nuestro Señor, de nuestros sacerdotes, para que tenga la bondad de confesarlo, de prepararlo. Puesto que en verdad para esto hemos nacido: vinimos a esperar el tributo de nuestra muerte. Pero, aunque voy a ejecutar esto, apenas termine, de inmediato regresaré aquí para ir a llevar tu venerable aliento, tu amada palabra, Señora, Virgencita mía. Por favor, ten la bondad de perdonarme, de tenerme toda paciencia. De ninguna manera en esto te engaño, Hija mía la más pequeña, mi adorada Princesita, porque lo primero que haré mañana será venir contigo a toda prisa».

Y tan pronto como hubo escuchado la palabra de Juan Diego, tuvo la gentileza de responderle la venerable y piadosísima Virgen: «-Por favor presta atención a esto, ojalá que quede muy grabado en tu corazón, Hijo mío el más querido: No es nada lo que te espantó, te afligió, que no se altere tu rostro, tu corazón. Por favor no temas esta enfermedad, ni en ningún modo a enfermedad otra alguna o dolor entristecedor. ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Por ventura aun tienes necesidad de cosa otra alguna? Por favor, que ya ninguna otra cosa te angustie, te perturbe, ojalá que no te angustie la enfermedad de tu honorable tío, de ninguna manera morirá ahora por ella. Te doy la plena seguridad de que ya sanó». (Y luego, exactamente entonces, sanó su honorable tío, como después se supo.).

Salve, tú que inspiraste e inspiras a nuestro pueblo evitar la descortesía de una negativa,
Salve, Amor que siempre y en todas partes nos está mirando;
Salve, Consuelo que al afligido sabe salir siempre al paso;
Salve, Delicadeza infinita que conforta sin reproche, sin reclamos alienta.

Salve, Vida que invitas a esperar con gozo el tributo de nuestra muerte.
Salve, tú que nos diste a Quien nos legó el poder afrontarla confesados y preparados,
Salve, tú que nos garantizas que, estando contigo, nada temer debemos.
Salve, Ceiba y Sabino cuya sombra nos cubre.

Salve, Causa de nuestra alegría, fuente de nuestra dicha;
Salve, pliegue del manto que cobijó al Altísimo;
Salve, Cruce amante de brazos, que ahora pide ampararnos;
Salve, Alivio de toda necesidad nuestra.

Salve, ¡Flor de las Flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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