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Teofanía
(Nican Mopohua, vv. 14-24)


Y al llegar a la cumbre del cerrito, Juan Diego tuvo la dicha de ver una Doncella, que por amor a él estaba allí de pie, la cual tuvo la delicadeza de invitarlo a que viniera ‘juntito’ a Ella.

Y cuando llegó a su adorable presencia, mucho se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: su vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban, y la piedra, el risco en que estaba de pie, como que lanzaba flechas de luz; su excelsa aureola semejaba al jade más precioso, a una joya, la tierra como que bullía de resplandores, cual el arco iris en la niebla. Y los mezquites y nopales, y las otras varias hierbezuelas  que allí se dan, parecían esmeraldas.

Cual la más fina turquesa su follaje, y sus troncos, sus espinas, sus ahuates, deslumbraban como el oro.
Ante su presencia Juan Diego se postró.

Escuchó su venerable aliento, su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega. Ella se dignó decirle: «–Escucha bien, hijito mío el más pequeño, mi Juanito: ¿A dónde te diriges?»

Y él le contestó: «–Mi señora, mi reina, mi muchachita  allá llegaré, a tu casita de México Tlaltelolco. Voy en pos de las cosas de Dios que se dignan darnos, enseñarnos quienes son imágenes del Señor, nuestro dueño, nuestros sacerdotes».

Salve, tú que dejado tu trono, de pie nos aguardas,
Salve, tú que junto a ti estrechamente unidos nos quieres,
Salve tú que revestirte supiste de teofánicos símbolos:
Salve, Sol que flechas de luz lanza, jade preciosísimo,

Salve, arco iris que nuestra gris niebla de colores esmalta,
Salve, mezquites y nopales ante Ti resultan esmeraldas de vida,
Salve, tú que al seco follaje en turquesa de cielo transformas,
Salve, tú que a espinas y ahuates en fúlgido oro conviertes.

Salve, tú que a Juan Diego permitiste reconocer en ti a su Señora, reina y Niña bienamada.
Salve tú que en pos de las cosas divinas lo atraías.
Salve tú que le enseñaste a venerar, como tú, a la Imagen de tu Hijo en nuestros Sacerdotes.
Salve tú que al verlo a Él en ellos continúas enseñándonos.

Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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