Escuchó su venerable aliento,
su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo
majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega.
Ella se dignó decirle: «–Escucha bien, hijito mío el más pequeño,
mi Juanito: ¿A dónde te diriges?»
Y él le contestó: «–Mi
señora, mi reina, mi muchachita allá llegaré, a tu casita
de México Tlaltelolco. Voy en pos de las cosas de Dios que
se dignan darnos, enseñarnos quienes son imágenes del Señor,
nuestro dueño, nuestros sacerdotes».
Salve, tú
que dejado tu trono, de pie nos aguardas,
Salve, tú que junto a ti estrechamente unidos nos quieres,
Salve tú que revestirte supiste de teofánicos símbolos:
Salve, Sol que flechas de luz lanza, jade preciosísimo,
Salve, arco
iris que nuestra gris niebla de colores esmalta,
Salve, mezquites y nopales ante Ti resultan esmeraldas de
vida,
Salve, tú que al seco follaje en turquesa de cielo transformas,
Salve, tú que a espinas y ahuates en fúlgido oro conviertes.
Salve, tú
que a Juan Diego permitiste reconocer en ti a su Señora,
reina y Niña bienamada.
Salve tú que en pos de las cosas divinas lo atraías.
Salve tú que le enseñaste a venerar, como tú, a la Imagen
de tu Hijo en nuestros Sacerdotes.
Salve tú que al verlo a Él en ellos continúas enseñándonos.
Salve, ¡Flor
de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!
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