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El
Tío Moribundo
(N. M. vv. 94-99)
Pero a
la mañana siguiente, lunes, cuando Juan Diego debería llevar
al Obispo alguna señal de la Virgen para ser creído, ya no
regresó, porque cuando fue a llegar a su casa, a un tío suyo,
de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad,
estaba en las últimas, por lo que se pasó el día buscando
médicos, todavía hizo cuanto pudo al respecto; pero ya no
era tiempo, ya estaba muy muy grave.
Y al anochecer, le rogó insistentemente su tío que, todavía
de noche, antes del alba, le hiciera el favor de ir a Tlaltelolco
a llamar a algún sacerdote para que viniera, para que se dignara
confesarlo, se sirviera disponerlo, porque estaba del todo
seguro que ya era el ahora, ya era el aquí para morir, que
ya no habría de levantarse, que ya no sanaría.
Y el martes 12 de diciembre
de 1531, todavía en plena noche, de allá salió, de su casa,
Juan Diego, a llamar al sacerdote, allá en Tlaltelolco.
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Salve, Venerable, gloriosa
y preciosa Madre de nuestro Salvador Jesucristo.
Salve, tú que en Juan Diego nos confirmas la primordial
importancia de robustecernos con su Eucaristía,
Salve, tú que en él nos impartes tan perfecto dato de
perseverancia y humilde firmeza;
Salve, tú que en Zumárraga ejemplo de responsable prudencia
nos brindas.
Salve, porque esa prudencia
nos proporcionaría el don de tus flores, el don de tu Imagen.
Salve, porque aún de la calumnia servirte quisiste para tu
mayor gloria,
Salve, por graciosamente aceptar la exigencia del tu Hijo
a través del Obispo.
Salve, por la prueba de fe que quisiste poner a tus hijos
Juan Diego y Juan Bernardino.
Salve, por el aprecio
que inspiraste a nuestros padres indios por el Sacramento
que nos reconcilia.
Salve, por la confiada fe con que ellos aprendieron a
aguardar la muerte, parto a la vida plena.
Salve, por el sano criterio de caridad, que en Juan Diego
para postergar la entrevista contigo infundiste,
Salve, porque así nos enseñas, cual tu Hijo, que el
sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado.
Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Madre y Niña nuestra!
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