Y yo me honré pidiéndole
algo como su señal para que fuera creído, conforme a lo que
me había dicho que me daría, y de inmediato, pero al instante,
condescendió en realizarlo, y se sirvió enviarme a la cumbre
del cerrito, donde antes había tenido el honor de verla, para
que fuera a cortar flores diferentes y preciosas».
«Y luego que tuve el privilegio
de ir a cortarlas, se las llevé abajo. y se dignó tomarlas
en sus manecitas, para de nuevo dignarse ponerlas en el hueco
de mi tilma, para que tuviera el honor de traértelas y sólo
a ti te las entregara».
«Pese a que yo sabía muy
bien que la cumbre del cerrito no es lugar donde se den flores,
puesto que sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales
escuálidos, mezquites, no por ello dudé, no por eso vacilé.
Cuando fui a alcanzar la cumbre del montecito, quedé sobrecogido:
¡Estaba en el paraíso!. Allí estaban reunidas todas las flores
preciosas imaginables, de suprema calidad, cuajadas de rocío,
resplandecientes, de manera que yo -emocionado- me puse en
seguida a cortarlas. Y se dignó concederme el honor de venir
a entregártelas, que es lo que ahora hago, para que en ellas
te sirvas ver la señal que pedías, para que te sirvas poner
todo en ejecución. y para que quede patente la verdad de mi
palabra, de mi embajada, ¡Aquí las tienes, hazme el honor
de recibirlas!» |