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Palabra, códices o escritura y vida

Hasta la llegada del español, en la sociedad india a la que pertenecieron San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y el autor del Nican mopohua, la finalidad del templo- escuela Calmécac era educar a los futuros miembros de la clase dirigente, que concentraba en sus manos el poder religioso, político, económico y militar. Era la casa sagrada y de cultura en la que se formaban los gobernantes, los que habían recibido el alto encargo del Estado, como oráculos de Dios o transmisores de sus designios, de expresar la fe de toda la comunidad y de guiarla por medio de la palabra.

Palabra, que en sus formas oral, pronunciada o cantada, y escrita, plasmada en pinturas o códices, era entonces un instrumento de los poderosos para señalar el rumbo al pueblo, que siendo obediente a sus autoridades, podía aspirar a realizar el destino que el Ser Supremo les había prometido.

Se buscaba así, entre otros aspectos, que los futuros líderes, llegaran a ser sabios y maduros maestros de la palabra, que aprendieran a utilizarla adecuada y dignamente, diciendo lo que ayudara a dar plenitud y contento a toda la gente. Que fueran al mismo tiempo hábiles para interpretar y crear escritos sagrados, coherentes con su ideología, y al servicio de esa misión de gobernar y conducir.

La vida perdía sentido, y el grupo identidad, si no era posible conocer y expresar su ubicación cosmológica y social, la posición que ocupaba dentro de la trama de las leyes del universo y de la historia. Y en esta cuestión, la utilización de la palabra entendida como memoria, comentario y metáfora del pueblo, era fundacional en el origen, sostenimiento y permanencia de la cultura o ciudad y del cosmos en general. Al perpetuar las tradiciones y prever lo posterior, mantenía o restablecía el orden e indicaba los caminos para concretar el equilibrio de lo existente y la unidad colectiva.

De este modo, la palabra, en sus diversas formas, fijaba la peregrinación de todos y cada uno. Signo eficaz y rito, era religiosa y salvadora, manifestación y seguridad de supervivencia e inmortalidad. Y a tal punto, que su gran poder era superior a cualquiera de las calamidades que pudieran atentar contra la vida y la existencia.

En este marco general, para ellos, sobre todo lo conservado en los códices o escritos, regía el comportamiento pasado, presente y futuro del universo y de la totalidad de lo humano. Es que por medio de estos documentos o pinturas, fijaban su trayecto y conocimientos, generando tradiciones de carácter compartido o impuesto. Minuciosamente registraban en ellos, de los sucesos principales y más relevantes, día, año, lugar, nombre de sus protagonistas y detalles importantes de su acción.

En correspondencia con lo anterior, sobre todo leyendo o haciendo hablar a los códices, los maestros indios mediaban la enseñanza del tesoro cultural de su pueblo. Aunque también utilizaban representaciones dramáticas, danzas y música, principalmente lo hacían comentando o cantando lo que estaba escrito en esos libros o lienzos, en los que dibujaban las pinturas que plasmaban y preservaban gráficamente su sabiduría.

Como esa escritura con glifos o pinturas era aún deficiente para proporcionar unidad orgánica a lo que consignaba y luego se quería transmitir, pues no tenía capacidad de retener y expresar la totalidad de los aspectos morales y sentimentales que se deseaban inculcar y cultivar, las intervenciones orales de los sabios remediaban dichas deficiencias. Lo dicho por los maestros, a la vez que se apoyaba  en los dibujos, hacía inteligible lo graficado en los manuscritos prehispánicos.

Así, la palabra oral, aclaraba los hechos inmodificables, que los códices habían fijado de manera precisa, y desalentaban e impedían cualquier tipo de interpretación heterodoxa. Se recurría al aprendizaje mnemotécnico de estos datos suplementarios; aprendizaje que aumentaba la capacidad y rendimiento de la memoria, utilizando frases rítmicas para la realización de los comentarios de lo pintado.

Culminado el período prehispánico, perdida su autonomía, los indios intentaron conservar el legado de sus ancestros, pasando a la escritura fonética lo que consignaban los antiguos códices o sus tradiciones orales memorizadas. En la realización de esta tarea, poco a poco, el uso del alfabeto latino, que aprendieron de los misioneros, se va imponiendo para preservar y transmitir sus composiciones. En un primer momento, antes de llegar a suplir totalmente a las pinturas, su utilización las acompaña. Aparecen así en ese período, junto a los jeroglíficos indígenas, palabras o textos escritos en idioma náhuatl, empleando las letras del mencionado abecedario.

Y si bien el relato de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el Nican mopohua, escrito con caracteres latinos y utilizando el elegante náhuatl que hablaban los aztecas (probablemente sobre papel hecho con pulpa de maguey o con la corteza y albura del amate), no es la lectura y trascripción de un códice elaborado en la época prehispánica, si lo es del códice guadalupano o imagen de la Virgencita del Tepeyac, no pintada por mano humana, en la tilma o manta del indio.

En ese documento, el Nican mopohua, que hemos hecho plegaria, y al cual los investigadores más sabios le atribuyen una autoridad única y decisiva, se registraron tanto las palabras y mensaje que brotan de los grifos de Nuestra Madre, como de lo relatado por su santo mensajero y por el anciano tío Juan Bernardino; es decir, la tradición y transmisión oral que explicaba el anuncio que Ella, en su Sagrada Imagen, había concentrado, grabado y compartido para siempre.

El Códice 1548 (por el año de su realización, que se exhibe en la parte superior central del mismo) o Códice Escalada (en referencia al apellido de su difusor en la actualidad), parece ser el término medio o transición entre el Sagrado Ayate Guadalupano y el Nican mopohua. Su autor consigna, por medio de glifos mexicas y palabras en náhuatl utilizando el alfabeto latino, datos certificados por autoridades de ese entonces, tanto de las apariciones de la Amada Niña Celestial como del primer indígena canonizado.

 
 
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