Palabra,
que en sus formas oral, pronunciada o cantada, y escrita,
plasmada en pinturas o códices, era entonces un instrumento
de los poderosos para señalar el rumbo al pueblo, que siendo
obediente a sus autoridades, podía aspirar a realizar el destino
que el Ser Supremo les había prometido.
Se
buscaba así, entre otros aspectos, que los futuros líderes,
llegaran a ser sabios y maduros maestros de la palabra, que
aprendieran a utilizarla adecuada y dignamente, diciendo lo
que ayudara a dar plenitud y contento a toda la gente. Que
fueran al mismo tiempo hábiles para interpretar y crear escritos
sagrados, coherentes con su ideología, y al servicio de esa
misión de gobernar y conducir.
La
vida perdía sentido, y el grupo identidad, si no era posible
conocer y expresar su ubicación cosmológica y social, la posición
que ocupaba dentro de la trama de las leyes del universo y
de la historia. Y en esta cuestión, la utilización de la palabra
entendida como memoria, comentario y metáfora del pueblo,
era fundacional en el origen, sostenimiento y permanencia
de la cultura o ciudad y del cosmos en general. Al perpetuar
las tradiciones y prever lo posterior, mantenía o restablecía
el orden e indicaba los caminos para concretar el equilibrio
de lo existente y la unidad colectiva.
De
este modo, la palabra, en sus diversas formas, fijaba la peregrinación
de todos y cada uno. Signo eficaz y rito, era religiosa y
salvadora, manifestación y seguridad de supervivencia e inmortalidad.
Y a tal punto, que su gran poder era superior a cualquiera
de las calamidades que pudieran atentar contra la vida y la
existencia.
En
este marco general, para ellos, sobre todo lo conservado en
los códices o escritos, regía el comportamiento pasado, presente
y futuro del universo y de la totalidad de lo humano. Es que
por medio de estos documentos o pinturas, fijaban su trayecto
y conocimientos, generando tradiciones de carácter compartido
o impuesto. Minuciosamente registraban en ellos, de los sucesos
principales y más relevantes, día, año, lugar, nombre de sus
protagonistas y detalles importantes de su acción.
En
correspondencia con lo anterior, sobre todo leyendo o haciendo hablar a los códices,
los maestros indios mediaban la enseñanza del tesoro cultural
de su pueblo. Aunque también utilizaban representaciones dramáticas,
danzas y música, principalmente lo hacían comentando o cantando
lo que estaba escrito en esos libros o lienzos, en los que
dibujaban las pinturas que plasmaban y preservaban gráficamente
su sabiduría.
Como
esa escritura con glifos o pinturas era aún deficiente para
proporcionar unidad orgánica a lo que consignaba y luego se
quería transmitir, pues no tenía capacidad de retener y expresar
la totalidad de los aspectos morales y sentimentales que se
deseaban inculcar y cultivar, las intervenciones orales de
los sabios remediaban dichas deficiencias. Lo dicho por los
maestros, a la vez que se apoyaba en los dibujos, hacía inteligible
lo graficado en los manuscritos prehispánicos.
Así,
la palabra oral, aclaraba los hechos inmodificables, que los
códices habían fijado de manera precisa, y desalentaban e
impedían cualquier tipo de interpretación heterodoxa. Se recurría
al aprendizaje mnemotécnico de estos datos suplementarios;
aprendizaje que aumentaba la capacidad y rendimiento de la
memoria, utilizando frases rítmicas para la realización de
los comentarios de lo pintado.
Culminado
el período prehispánico, perdida su autonomía, los indios
intentaron conservar el legado de sus ancestros, pasando a
la escritura fonética lo que consignaban los antiguos códices
o sus tradiciones orales memorizadas. En la realización de
esta tarea, poco a poco, el uso del alfabeto latino, que aprendieron
de los misioneros, se va imponiendo para preservar y transmitir
sus composiciones. En un primer momento, antes de llegar a
suplir totalmente a las pinturas, su utilización las acompaña.
Aparecen así en ese período, junto a los jeroglíficos indígenas,
palabras o textos escritos en idioma náhuatl, empleando las
letras del mencionado abecedario.
Y
si bien el relato de las apariciones de Nuestra Señora de
Guadalupe a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el Nican
mopohua, escrito con caracteres latinos y utilizando el
elegante náhuatl que hablaban los aztecas (probablemente sobre
papel hecho con pulpa de maguey o con la corteza y albura
del amate), no es la lectura y trascripción de un códice elaborado
en la época prehispánica, si lo es del códice guadalupano
o imagen de la Virgencita del Tepeyac, no pintada por
mano humana, en la tilma o manta del indio.
En
ese documento, el Nican mopohua, que hemos hecho plegaria,
y al cual los investigadores más sabios le atribuyen una autoridad
única y decisiva, se registraron tanto las palabras y mensaje
que brotan de los grifos de Nuestra Madre, como de lo relatado
por su santo mensajero y por el anciano tío Juan Bernardino;
es decir, la tradición y transmisión oral que explicaba el
anuncio que Ella, en su Sagrada Imagen, había concentrado,
grabado y compartido para siempre.
El
Códice 1548 (por el año de su realización, que se exhibe en
la parte superior central del mismo) o Códice Escalada (en
referencia al apellido de su difusor en la actualidad), parece
ser el término medio o transición entre el Sagrado Ayate Guadalupano
y el Nican mopohua. Su autor consigna, por medio de
glifos mexicas y palabras en náhuatl utilizando el
alfabeto latino, datos certificados por autoridades de ese
entonces, tanto de las apariciones de la Amada Niña Celestial
como del primer indígena canonizado.