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Cuarto día:
san Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
embajador muy digno de
confianza.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mientras rezamos la siguiente oración, podemos encender una vela a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

A continuación, a una o a varias voces, leemos,  proclamamos o representamos una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.


Cuando [Juan Diego] vino a llegar al interior de la ciudad, luego fué derecho al Palacio del Obispo, que muy recientemente había llegado, Gobernante Sacerdote; su nombre era D. Fray Juan de Zumárraga, Sacerdote de San Francisco.

En cuanto llegó, luego hace el intento de verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes, que vayan a decírselo; después de pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó el Señor Obispo que entrara.

Y en cuanto entró, luego ante él se arrodilló, se postró, luego ya le descubre, le cuenta el precioso aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le dice todo lo que admiró, lo que vió, lo que oyó.

Y habiendo escuchado toda su narración, su mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto, le respondió, le dijo: “Hijo mío, otra vez vendrás, aún con calma te oiré, bien aún desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad, tu deseo”.

Salió; venía triste, porque no se realizó de inmediato su encargo.

Luego se volvió, al terminar el día, luego de allá se vino derecho a la cumbre del cerrillo, y tuvo la dicha de encontrar a la Reina del Cielo: allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, lo estaba esperando.

Y en cuanto la vió, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo:

“Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra, aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo ví, ante él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste.

Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por cierto.

Me dijo:‘Otra vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aún desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad’.

Bien en ello miré, según me respondió, que piensa que tu casa que quieres que te hagan aquí, tal vez yo nada más lo invento, o que tal vez no es de tus labios; mucho te suplico, Señora mía, Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean.

Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mí detenerme allá a donde me envías, Virgencita mía, Hija mía menor, Señora Niña;

Por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía”.

Le respondió la perfecta Virgen, digna de honra y veneración:

“Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargué que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es muy necesario que tú, personalmente vayas, ruegues que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.

Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo, y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido, y bien, de nuevo dile de que modo yo, personalmente, la Siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando”.

Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo: “Señora mía, Reina, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino. Iré a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré oído, y si fuere oído quizás no seré creído.

Mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me responda el Gobernante Sacerdote.

Ya me despido de Tí respetuosamente, Hija mía la más pequeña, Jovencita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”.

Y luego se fué él a su casa a descansar.

Para ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia, se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes explicaciones.

Juan Diego no hablaba español, y al producirse las apariciones, era  un hombre maduro, de 57 años de edad. Ya viudo, fallecida su esposa María Lucía Malintzin, había pasado toda su vida en el regazo de la antigua cultura y religión mexicana. Su nombre indígena, Cuauhtlatoatzin o “águila que habla”, hace referencia a aquél que explica la sabiduría de Dios y la de su pueblo; pues el águila era el símbolo del Dios Sol y del pueblo del Sol.

Muy posiblemente haya sido un príncipe indio, aunque de esto no tenemos certeza. Según el Nican mopohua y otra fuentes, sabemos sí que era propietario de casas y tierras, que había heredado de sus antepasados, y era por eso de condición noble. De todos modos, el texto enfatiza su pobreza, a tal punto que, antes del milagro, anda solo y debe esperar para ser atendido. Así, el relato lo muestra entonces como un “macehual” o un hombre del pueblo. Esta condición coincide exactamente con el destino que tuvo la nobleza, a la que él pertenecía, de las tribus indias que lucharon contra los aztecas aliándose a los españoles. Nobleza que, luego de alcanzada la victoria, fue traicionada por los europeos. Ciertamente entonces es Juan Diego, al momento de las apariciones, más dolorosamente pobre que si siempre hubiera sido pobre.

Aún durante su vida terrena, los indios acudían a su intercesión, ya que lo consideraron y estimaron como alguien ejemplar, con cualidades muy apreciadas en su mundo; tales como ser humilde, pacífico, cuerdo y celoso en las costumbres, misericordioso y compasivo, amigo de todos y temeroso de dios. A lo largo del Nican mopohua se lo describe con una admirable personalidad, y se manifiesta siempre muy desinteresado, diligente y bien dispuesto a renunciar a sí mismo para contentar a los demás. Al igual que su tío Juan Bernardino, consideraba que los sacerdotes católicos, “imágenes del Señor Dios amadas por Él”, eran quienes les proporcionaban las realidades divinas.

Nunca duda de lo que le dice Nuestra Señora de Guadalupe y, aún a riesgo de su propia vida, intenta siempre seguir su mandato. Y en verdad la ponía en juego, pues era muy posible que se lo acusara o condenara de idolatría, al solicitar la construcción de una Casita Sagrada en nombre de la Madre de Dios y Madre Nuestra, en el preciso sitio en el cual los españoles habían destruido un templo prehispánico dedicado a Ella. Contemplamos hoy cómo, a pesar de dicho riesgo, realiza lo que la Señora le pide y va a entrevistarse con el obispo Zumárraga. Este no le cree y el indio, herido por eso en la fina sensibilidad propia de los de su raza, habiendo fracasado inicialmente en su misión porque no se da crédito a su palabra, sale totalmente abatido; sumamente triste porque no ha logrado, a pesar de todo su esfuerzo, lo que la Niña deseaba.

De regreso al Tepeyac, la Virgencita, que lo estaba esperando, escucha su súplica de que envíe a otro. Por la sutil delicadeza y cortesía india, se reconoce inepto e indigno para el cargo que se le encomienda cumplir. Grosería y petulancia para con quien lo enviaba, hubiera sido, no utilizar frases autodenigratorias; frases que eran de rigor y expresaban honestidad, buena educación e idoneidad, y que no manifestaban entonces una baja autoestima o una minusvaloración de las propias capacidades y posibilidades. De hecho ya ha obedecido y él también las emplea, en este caso y visto lo sucedido en su primer encuentro con el obispo, para sugerirle que envíe, a solicitar la construcción del templo, a un mensajero más creíble para el español.

Tanto al hacer Juan Diego Cuauhtlatoatzin esa propuesta a la amada Muchachita, como en otros momentos a lo largo de la historia de las apariciones, en ningún caso protesta por lo que le toca padecer, ni habla mal de Zumárraga o de sus ayudantes. Es destacable además, que al hacer dicha sugerencia y como siempre, piensa más en los intereses de Nuestra Señora de Guadalupe que en él mismo. La Madre, con mucha dulzura y también con gran firmeza, lo confirma como su embajador muy digno de confianza y él, nuevamente, obedecerá gustoso.

Se sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.

Gracias Madrecita nuestra, porque siempre nos esperas y animas a entregar nuestra vida. Te suplicamos nos confirmes como obedientes, discretos y laboriosos pregoneros de tu Amor y deseos, como otros “Juan Diegos”, que colaboremos en la realización de tu voluntad, en la edificación del Pueblo de Dios, con la concreción del plan divino en la historia. Como lo hiciste con él, ante todas las dificultades internas y externas, sostén y aumenta nuestra confianza en Ti, para que podamos afrontarlas libres de toda tristeza.

Somos ineptos e indignos para ser mensajeros tuyos muy dignos de confianza, incapaces muchas veces de pensar más en tus intereses que en nosotros mismos. Por favor, edúcanos y haznos idóneos embajadores y enviados; que pongamos a tu servicio y al del mundo entero, sin quejarnos jamás, nuestro ser comunitario y personal, con todas sus riquezas y posibilidades. Al hacer lo anterior, danos la gracia de ser humildes, siendo capaces de aceptar y disimular las carencias de pueblos, individuos y circunstancias.

Por favor, mira con bondad nuestra pobreza y haznos santos. Llena de sabiduría de Dios y del pueblo el modo en que vivimos, regalándonos una actitud amical para con todos. Haz que, para gloria divina y bien de los demás, siendo muy marianos y misericordiosos, encarnemos virtudes y cualidades significativas y edificantes en el mundo de hoy, y en especial, en las tradiciones y sociedades a las que pertenecemos.

Concédenos, Virgencita de Guadalupe, para poder hacer realidad lo anterior, y que toda nuestra acción y anuncio puedan impregnar de Evangelio, los regalos de escuchar siempre tus llamadas y tus palabras, de aceptar y de recibir tus invitaciones y tus visitas y de estar siempre cerca de Ti y de tu Luz.

Partiendo de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas o buscar su respuesta.


En un momento de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
encomendamos a alguna familia, grupo o persona a la que luego podremos contar algo sobre este santo indio.

En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.

Como un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.

Desde el cielo una hermosa mañana (2 veces),
la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).

Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte y su faz (2 veces).

Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el Anahuac (2 veces).

Junto al monte pasaba Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar (2 veces).

Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar” (2 veces).

Y en la tilma entre rosas pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar (2 veces).

Desde entonces para el mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial (2 veces).

En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el Tepeyac (2 veces).

Para finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.

Dios, Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe, concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida, fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio el corazón de las culturas y de las personas.

Que la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza, que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.

Te lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 
 
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