Viviendo y suscitando diálogo, es entonces
cómo podremos encontrar y transitar caminos de acción y edificación
de un mundo verdaderamente plural y de la inculturación de
la fe. Sólo su mediación, lejos de todo exclusivismo e intolerancia,
posibilita a la vez, tanto la afirmación, continuidad y manifestación
de etnias, tradiciones y particularidades, como su apertura
a novedades, mestizaje y enriquecimiento mutuo, ya sea de ellas entre sí como con el Evangelio.