Nuestra Señora de Guadalupe
integra y une
en sí misma, con su persona
y proceder mestizos, dos cosmovisiones que
no podían dejar de desencontrarse. Ella se presenta como Madre de Dios y Madre Nuestra
y, por lo tanto, con gran ternura y autoridad, que a la vez
contiene y gobierna hacia una nueva realidad comunitaria.
Es de este modo, como al mismo tiempo abre a lo diferente,
armoniza
y plenifica, lo mejor de las culturas, creencias
y aspiraciones, de europeos y americanos.