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Nuestra Señora de Guadalupe y sus “Juan Diegos”,
posibilidad y modelo de evangelización inculturada


E
n el marco de lo que venimos reflexionando y expresando, la visita, el mensaje y la enseñanza de Nuestra Señora de Guadalupe y sus “Juan Diegos”, es una ocasión y paradigma privilegiado para hacerlo viable y posible hasta límites insospechado. Es una oportunidad concretísima y un ejemplo universal, mucho más allá de la muy limitada experiencia personal y pastoral de un servidor, para aprender a aprovechar la fuerza del testimonio de la Virgen y de los más pobres, que nos anima a ser más humanos y cordiales, al nutrirnos y robustecernos con la paz del pesebre.

Es que, en el acontecimiento guadalupano, se revela de modo supereminente, cómo ese diálogo con Ella y con ellos, nos cualifica para encarnar concretamente a Cristo y así poder ofrecerlo a todos. Cómo, esa interrelación, nos proporciona la potencia necesaria para que, viviendo lo creído, evangelicemos llegando al corazón de los pueblos y de las personas; cómo, ese vínculo, nos da luz y virtud, para alcanzar y tocar, de esa manera y con la Palabra, a los valores inspiradores de sus modos de ser y a las estructuras, instituciones y formas en las cuales, dichos valores, se materializan u objetivan en su existencia diaria.

Inmerecidamente y por puro regalo divino, desde el ser queridos por María de Guadalupe y sus mensajeros, desde la contemplación y el pertenecer al Tepeyac, desde el estudio sistemático y continuado, experimentamos al gran hecho americano, en relación con todo lo ya afirmado, como una cantera ilimitada e inagotable. Vemos en él a una auténtica “mina de oro” o “diamante en bruto”, Navidad, Epifanía, Pascua y Pentecostés al mismo tiempo, que transforma incluso a los errantes o a los turistas distraídos, con todo lo que son y poseen, en emocionados peregrinos a la Casita Sagrada.

Y, por eso, estamos convencidos, de que hacer oración de la historia de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, puede orientarnos a ser una Iglesia mejor. Puede, sin duda, movilizarnos a saciar el anhelo de ser una comunidad más parecida a la Madre de Dios y Madre Nuestra y a sus hijos más sencillos. Puede efectivamente guiarnos a vivir nuestra misión en el mundo, participando más y mejor del anonadamiento, renuncia y sacrificio de Cristo, más identificados con Él, Señor de la Historia. Y puede hacerlo, al contribuir a engendrar y alimentar en nosotros, un modo de estar, de ser y de relacionarnos escandalosamente materno y misericordioso, que priorice siempre el regalo de Dios y no absurdas exigencias sólo humanas; y, por lo mismo y entonces, muy llano, favorable y buen servidor del designio divino de salvación universal.

Ocurre que, Nuestra Señora de Guadalupe, viendo y mostrando al que hace que Ella nos mire con Amor, se manifestó y se manifiesta como mujer conciliadora, con una dinámica que, con toda intención, llena de vida cristiana, ligando y mezclando distintos y hasta contrarios. Y ese ardor o energía, con todas sus consecuencias positivas, fue lo que milagrosamente concretó y participó a todos los habitantes de la ciudad de México en el siglo XVI. Y Ella lo logró, porque inició un suceso que es diálogo, cuando era imposible que ellos siquiera pensaran en esa alternativa, y al conducirlos a superar las limitaciones que se lo impedían y que solos no podían sortear.

Nuestra Señora de Guadalupe se constituyó de esta manera, en la matriz que comenzó a hermanar a esas mujeres y a esos hombres, en el seno del Pueblo de Dios y como un pueblo (valga la redundancia) al mismo tiempo único y multicolor. Y Ella ayuda a continuar lo anterior, en la misma medida en la que hizo y hace, que su visita para todos sus “Juan Diegos”, “...se transforma en una experiencia de diálogo con el ‘radicalmente otro’ y, a través de él, de diálogo consigo mismo y con los demás...” . Y haya sido y sea, de este modo, remedio de situaciones nocivas que nos alejen de una saludable hermandad.

Concreta y realiza aún así, Nuestra Mamá, una evangelización y tarea educativa dialógica, de la que el santo indio también es garantes. Un servicio evangelizador que, consustanciándose y haciéndose uno con los códigos y con las experiencias previas de sus hijos, y con lo que a ellos les está pasando, lo toma en su totalidad como camino de sentido para conducirlos a vivencias elevantes y, por lo tanto, superadoras, transformadoras y sanantes.

Es notable como en los sucesos iniciales de su bajar a América, de esa manera, la Amada Niña, armonizando y complementando lo intuitivo con lo racional, en contexto de tremenda crisis, haciéndose presente y acompañándolo, penetró para siempre el subsuelo religioso de indígenas y españoles, y desde esa zona principal y última de sentido, la de las cuestiones fundamentales, fundacionales y definitivas, impregnó los restantes órdenes de la vida de ambos.

“María, desde este primer momento, evangeliza con una ternura, acierto, sobriedad y verdad que, consideradas las intricadísimas circunstancias, pueden en verdad considerarse sobrehumanos: Ni quiere forzar a los españoles a un salto de siglos en su desarrollo teológico, imponiéndoles aceptar la validez de la religión de los indios, ni ser menos que inequívocamente explícita en reconocérsela a éstos. ¿Podría una mente humana, en ese momento, resolver ese problema? Y Ella lo hace con tanta naturalidad y sencillez que parecería que no hubiese problema alguno: Es transparentemente clara con ambos, sin engañar, ofender o desplazar a ninguno"

De este modo Nuestra Señora de Guadalupe, siempre ayudada por sus mensajeros dignos de confianza, evangelizó en ese entonces y evangeliza hoy a México, desde la hondura de los modos de ser, tanto de sus padres americanos como europeos, y atenta a las expresiones y transmisiones de los mismos. Pasando a ser Ella, y esto es lo que queremos subrayar, parte indisociable de lo que cada generación recibe, recrea y comunica a la siguiente, para todo asumir y hacer crecer en la línea de sus posibilidades, pero más allá de lo que se lo permitirían sus fuerzas meramente humanas.

Se superó así, en 1531,

“...toda posibilidad y actitud terrena de la época, en ‘...asombroso derroche de habilidad al manejar dos teologías tan distintas...’; y al dirigirse ‘...a dos sensibilidades exacerbadas en condiciones trágicamente conflictivas...’, [...logrando de esta forma] ‘...una perfecta ‘inculturación’, un engaste de belleza y justeza insuperables del Evangelio...’, tanto en la cultura española como en la india...”

Suscitando, desde esa doble inculturación, que la Muchachita encarnó y a la que dio lugar, que el pueblo evangelice al pueblo. Haciendo que su visita y la correspondencia de sus hijos, que trasformaron en oportunidad de gozo mil veces multiplicado el dolor que Ella vino a compartir, se prolonguen vivamente hasta nuestros días en su Amada Imagen y en la religiosidad de la gente; a través de diversas manifestaciones de devoción de los “Juan Diegos” de hoy, frutos de sus existencias penetradas de Rocío y Aroma Celestial, de Jesucristo, tanto en sus núcleos invisibles como en sus exteriorizaciones perceptibles de diverso orden.

Así, actualmente, en el cerro del Tepeyac, “...el peregrino se dirige a su propia Madre con espontánea confianza. [...]Le habla con su propio lenguaje, en el que se funden las varias raíces culturales y expresivas de México y de los mexicanos de ayer y de hoy”. Le responde a Ella, reconociendo, agradeciendo y ofrendando y, a la vez y por lo mismo, nos proclama a los demás con su lenguaje holista o total, tanto a la Virgen Morena, como el rumbo que, junto con Ella, nos enseñan a seguir para construir un mundo mejor. Mostrándonos el sendero para encaminar sabiamente nuestro yo ante lo otro y diferente, tanto considerando la problemática en general, como en el caso específico de nuestra misión eclesial.

Continúan de este forma vigentes el propósito, desafío y pedido de Nuestra Señora de Guadalupe y la ayuda de sus mensajeros más dignos y sufridos, que con múltiples y profundas inclinaciones, actitudes y expresiones, de extraordinaria fuerza evangelizadora, siguen comunicando y abriendo, en nuestra tierra tan bendecida, “...al proyecto que Dios tiene sobre la vida, la historia y el destino del hombre...”.

Es de esta manera, realmente notable, como el peregrino

“...se identifica con la figura de Juan Diego [..., a quien...] la Virgen  [...] escogió como intermediario para dar a conocer su amor y su entrega a todos sus otros hijos, acusiados por los problemas de la vida. […Y así] quien quiere ser hijo de la Madre del Cielo encuentra en Juan Diego un modelo y un hermano mayor. […Además, igual que el vidente del Tepeyac,] el peregrino considera a la Virgen de Guadalupe como la Madre de Dios, que acoge a sus hijos que acuden a Ella en el lugar donde, con sus apariciones a Juan Diego, reveló su solicitud maternal”.

Y es así que la Madre, visitando y explicitando esa solicitud, generó un caminar coincidente, un magno acontecimiento religioso “...profundamente insertado y radicado en el contexto humano social y cultural propio. [Y esto] resulta evidente, ya sea que se le considere en la perspectiva de la historia de lo ya pasado, o como en la de lo contemporáneo”; que es a la vez el símbolo y el útero de un mixtura total, racial y axiológica, que hoy comienza a reconocerse y a aceptarse y, por consiguiente, a apreciarse y disfrutarse.

De esta forma, y como decíamos, es un acontecimiento que a “...distancia de casi cinco siglos  […]continúa siendo actual y reproduciéndose fielmente...”.con toda su fuerza inclusiva para hacer convivir y fusionar los diversos. También los de hoy, y hasta los aparentemente antagónicos e incompatibles, no sin integración; sino por el contrario, como una síntesis orgánica, a la vez dinámica y estabilizada, fruto del encuentro y reencuentro profundo de las culturas, respetadas en su relativa autonomía, con Cristo y entre sí.

 
 
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