Dios
te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita
Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús.
Santa
María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
A continuación, a una o a
varias voces, leemos, proclamamos o representamos una parte de
la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.
Y en cuanto la vió [a la Amada Imagen de la Perfecta
Virgen Santa María, Madre de Dios] el Obispo Gobernante
y todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho
la admiraron, se pusieron de pie para verla, se entristecieron, se afligieron,
suspenso el corazón, el pensamiento...
Y el Obispo Gobernante con llanto, con tristeza, le rogó, le
pidió perdón por no luego haber realizado su voluntad,
su venerable aliento, su venerable palabra. Y cuando se puso de pie, desató el cuello de donde estaba atada,
la vestidura, la tilma de Juan Diego en la que se apareció, en donde se convirtió en señal de la
Reina Celestial.
Y luego la llevó; allá la fue a colocar a su oratorio. Y todavía allí pasó un día Juan Diego en la Casa del Obispo,
aún lo detuvo. Y al día siguiente le dijo: “Anda, vamos a que muestres
dónde es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan
su templo”. De inmediato se convidó gente para hacerlo, levantarlo.
Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora
del Cielo que se erigiera su casita sagrada, luego pidió
permiso: quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino,
que estaba muy grave cuando lo dejó para ir a llamar
a un sacerdote a Tlatilolco para que lo confesara
y lo dispusiera, de quien le había dicho la Reina del
Cielo que ya había sanado.
Pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa.
Y al llegar vieron a su tío que ya estaba sano, absolutamente
nada le dolía. Y él, por su parte, mucho admiró la forma en que su sobrino
era acompañado y muy honrado; le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que mucho
le honraran;
Y él dijo cómo cuando lo dejó para ir a llamarle un sacerdote
para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyac
se le apareció la Señora del Cielo; y lo mandó a México a ver al Gobernante Obispo, para que allí
le hiciera una casa en el Tepeyac.
Le dijo que no se afligiera, que ya su tío estaba contento,
y con ello mucho se consoló. Le dijo su tío que era cierto, que en aquel preciso momento
lo sanó, y la vió exactamente en la misma forma en que se le había aparecido
a su sobrino, y le dijo cómo a él también lo había enviado a México a ver
al Obispo; y que también, cuando fuera a verlo, que todo absolutamente
le descubriera, le platicara lo que había visto
y la manera maravillosa en que lo había sanado. Y que bien así la llamaría, bien así se nombraría: La Perfecta
Virgen Santa María de Guadalupe, su Amada Imagen.
Y luego trajeron a Juan Bernardino a la presencia del Gobernante
Obispo, lo trajeron a hablar con él, a dar testimonio,
y junto con su sobrino Juan Diego, los hospedó en su casa el
Obispo unos cuantos días, en tanto que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina
allá en el Tepeyac, donde se hizo ver de Juan
Diego.
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Para ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan
milagrosa historia, se pueden leer o comentar, todas o algunas,
de las siguientes explicaciones.
Nuestra Señora de Guadalupe hace presente
a su Hijo y la salvación que Él nos trae. Así, ayuda a conseguir la madurez colectiva e individual
a los pueblos y a las personas con las que interactúa.
Forjando en ellos modos de ser y personalidades más plenas, cambia
milagrosamente la finalidad de sus vinculaciones y engendra o
concibe una nueva y común identidad, aún en nacimiento. Es de
este modo como nos incentiva, a todos y para siempre, a tener cada vez
más positivas y mejores interrelaciones.
La
Virgencita
es también presentada, de este modo, como madre y educadora, que
además de vivificar y reanimar a todos sus hijos, de colaborar
con su salud y movimiento, los orienta a alcanzar el ideal de
la educación del pueblo indio: tener, como ser colectivo y singular,
“un rostro sabio y un corazón de piedra”. Es decir, a llegar
a vivir siendo capaces de asumir el tiempo presente y sus novedades,
en la permanente fidelidad a los conocimientos y creencias ancestrales;
con una movilidad o vida enraizada en una voluntad firmemente
anclada en el bien y en la verdad, para buscar de esta manera
un futuro mejor y compartido, con mucha decisión.
La
evangelizadora de América educa entonces a los que están bajo
su sombra y resguardo; bajo su Amor y Mirada Misericordiosa, modificando
sus decisiones y conocimientos; haciendo que se vean entre ellos
de otro modo y se traten mejor. Ella, aún
cuando en ocasiones no lo perciban los principales implicados,
y con la colaboración de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, dignifica
y acredita a cada uno delante de los demás, y hace que sus existencias
se unan e integren.
Luego
de su estampación o aparición en su Sagrada Imagen, de un modo
inmediato, aunque sin
producir saltos bruscos, la Virgen suscita que todos los protagonistas
del suceso inicial de su visita, cambien sus actitudes de modo
asombroso y revolucionario. Sin que haya solución de continuidad
con los modos previos de ser y relacionarse de sus hijos, la intervención
de la Madre introduce con suavidad, novedades; y produce, entre los que se vinculan en el acontecimiento, acercamientos
impensados desde sus solas fuerzas humanas. En el caso de haberlas, lleva
a modificar conductas nocivas; y que la existencia y movimientos
de todos puedan continuar, en los hechos, sin desechar las realidades
fundamentales de ninguno de los otros.
En
consecuencia, son sustanciales los cambios que produce la estampación,
en las relaciones sociales de ese entonces. Debido a Ella, los
servidores del obispo, en vez de hostigar al indito, lo acompañan
de un modo que es percibido como ennoblecedor. Juan Diego no sólo
podrá entrar ya sin dificultad al palacio del obispo; sino que,
junto con su tío, varios días serán huéspedes en la casa del prelado.
Este último, además, ahora sí y con relativa docilidad,
se dejará enseñar por ellos tanto el lugar como el nombre del
acontecimiento. De este modo, de su incredulidad inicial, pasará
a la aceptación y apoyo de la palabra de los dos indios y, con
ello, a autorizar y a favorecer la
edificación del templo solicitado por Nuestra Señora de Guadalupe.
Al
mismo tiempo y al mandar la Niña Celestial que sólo al obispo
se entregue su señal y mensaje, él se convierte en el dueño de
la Imagen guadalupana y, por lo mismo, en alguien a quien, aún
cuando los había hecho o hiciera sufrir, los indios tenían ya
que obedecer y seguir. Es que es presentado así ante ellos, acostumbrados
a padecer en favor de los intereses divinos, como uno de esos
sacerdotes prehispánicos o guías confiables, que estaban a cargo
de las pinturas y conocimientos sagrados, y sin los cuales no
podían concebir su existencia. Guía que, sin darse cuenta de esa
autoridad con que el Sagrado Códice de la Señora lo había investido
a ojos indígenas, primero lo recibió el en el oratorio de su palacio;
luego lo puso en la Iglesia Mayor de la ciudad (al tiempo Iglesia
Catedral) y, a los pocos días, lo acompañó hasta su casita del
Tepeyac.
También
Juan Diego Cuauhtlatoatzin es constituido por la Virgen
de Guadalupe, al igual que el purpurado, en una autoridad moral
de máxima jerarquía y prestigio ilimitado, al hacerlo no el dueño
pero si el portador de su Estampa. Lo equipara a aquéllos que,
antes de la llegada del español, cargaban las imágenes, y eran
por ello tan venerados que se les llamaba “padres y madres
de Dios”. Lo acredita como a uno de esos sabios que, llevando
los códices, presidían toda importante empresa o peregrinación.
De
esta manera, ya en el resto de sus días sobre la tierra, María
cumplió con la promesa de glorificar al primer indio santo, para
agradecerle todo su servicio y esfuerzo de obediencia, ya tan
dignificador de por sí. Vemos entonces como Ella no sólo lo sacó
del abatimiento e insignificancia, sino que lo colmó de plenitud,
al hacerlo testigo, difusor, servidor e imitador de su amoroso
proceder. Amoroso proceder que él seguirá custodiando y compartiendo
con los peregrinos al Tepeyac, al tener su casa junto a
la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe. Al ser entonces el encargado
de cuidar tanto el templo como la Sagrada Imagen, tareas que eran
asimismo muy valoradas y enaltecedoras en la sociedad indígena.
Recordemos
que, ya desde el inicio de su visita, cambiando la visión que
Juan Diego Cuauhtlatoatzin tenía de sí y de su circunstancia
(ver Esta
obra, subtítulo “Segundo día”), la Amada
Niña Celestial había transformado sus momentos de tristeza en
felicidad; y que, cada vez que están juntos, el indio sale decidido
y fortalecido a cumplir con la misión que Ella le pide. Y es este
movimiento personal o vida del mensajero, el origen del que ambos
participarán o transmitirán a los otros protagonistas del suceso;
provocando de este modo también, que todos los que lleguemos a
formar parte de él o tengamos noticias del mismo, podamos caminar
con más gozo en la historia.
Se sugiere emplear algunos
minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo
lo que nos va manifestando la profundidad del Nican mopohua. Luego,
podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.
Gracias,
Virgencita, por desafiarnos y enviarnos a construir una nueva
realidad, tanto general como eclesial, en la cual todos podamos
sentirnos y efectivamente ser parte o pertenecer.
Gracias,
porque estás dispuesta a educarnos; a hacer crecer y plenificar
nuestro ser comunitario y personal, para que podamos protagonizar
mejores relaciones sociales. Por favor, que seamos dóciles a tu
acción y podamos madurar; que pasando de esta forma de la tristeza
a la felicidad, colaboremos en la sanación de los vínculos entre
los pueblos y sus integrantes.
Edúcanos
entonces, para que podamos vivir llenos de sabiduría y con una
gran decisión por el bien. Danos, para poder existir así, la firmeza
y flexibilidad del que es el Amor en sí. Ayúdanos a permanecer
sólidamente enraizados en las prácticas y certezas de la vida
cristiana y, por lo mismo, con la luz necesaria para nunca cerrarnos
a las permanentes novedades que viven y manifiestan las culturas,
personas y situaciones. Llénanos de gracia para que sepamos al
mismo tiempo ser fieles, tanto a lo permanente de lo bueno y verdadero,
como a sus variables o mudables formas de expresión.
Enséñanos
a cambiar la manera de tratarnos y considerarnos entre nosotros.
Ayúdanos a mirar bien a los demás y a tomar decisiones que acrecienten
la solidaridad. Concédenos, por favor, como Pueblo de Dios y a
cada uno en particular, dar entonces pasos hacia la superación
de hostilidades, resentimientos e incomprensiones.
Oh
Madre, suscita entre nosotros, y haz que sembremos en lo cotidiano,
confianza y diálogo, para que podamos cultivar la hermandad. Que
sepamos querer a los otros tal como son y que, desde ese quererlos,
trabajemos desinteresadamente por su bien, donando y compartiendo
lo propio, poniéndolo al servicio. Que tu hija, la Iglesia, pueda
de esta forma respetar y acompañar a todos, y ser luz en el mundo
de hoy, manifestando la amabilidad de Dios.
Partiendo de todo lo anterior,
se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra
posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones
o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas
o buscar su respuesta.
En un momento de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, encomendamos, perdonando
y perdonándonos de corazón, a alguien con el que estemos
distanciados (o tengamos alguna dificultad de relación).
Además de lo anterior, o en su reemplazo, podemos suplicar
por un conocido, amigo o familiar, por el cual queramos
interceder. Luego podríamos tener con esa o esas personas
otro gesto concreto o hacerle un favor, manifiesto u oculto.
En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra
Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
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Como un signo de que consagramos
nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno
de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz
baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar
a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde el cielo una hermosa mañana (2
veces),
la Guadalupana,
la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac
(2 veces).
Suplicante juntaba sus
manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría
(2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el
Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba
Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar
(2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen
le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para
hacer mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas
pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar
(2 veces).
Desde entonces para el
mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra
rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para finalizar rezamos la
siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.
Dios,
Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo
por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que
la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces
un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza,
que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los
más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te
lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por
los siglos de los siglos. Amén.
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