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María y los pobres, educadores
en la oración y en el diálogo


H
oy se percibe intensamente la necesidad del cultivo de seres comunitarios y personales más amables. Ante pretensiones o indiferencias exclusivistas, excluyentes y/o egoístas de diversos fanatismos, creciendo en el diálogo, estamos llamados a poner al servicio del bien común, las afinidades y simpatías que definen nuestras comunidades y personas. Así también, en el caso de los que profesamos alguna religión, el conjunto de creencias o sentimientos que tengamos acerca de la divinidad, las normas morales para la conducta social e individual que manifiesten lo que somos a la luz de dicha fe, y las prácticas rituales con que celebramos todo lo anterior.

En el caso de los católicos, es conveniente recordar además, que consideramos

“...que ‘la Iglesia no tiene el monopolio de los signos del Reino, y que, por lo tanto, el diálogo no es sólo una condición previa necesaria a la misión, sino una dimensión interna de la […misma]’ [...que] no tiene solamente su justificación en el respeto a la libertad religiosa del otro, [...] sino sólidos fundamentos teológicos".

Se trata pues para nosotros de un diálogo de salvación, a concretar por lo que nos acerca o distancia con los demás, en el buscamos festejar y aproximarnos a una Verdad que trasciende cualquier parcial punto de vista. De un diálogo inherente a nuestra vocación, pero que, en las actuales circunstancias, estamos especialmente interpelados a ser y a vivir; tal vez más que nunca, para que, dejándonos conducir por él, como Pueblo de Dios, como Pueblo de y entre pueblos y naciones, realicemos nuestra donación, ofrenda y comunicación de la Buena Noticia.

Concretando de esta forma, nuestro servicio evangelizador, estaremos atentos a dar lugar a la manifestación de cada particularidad colectiva o singular con la que interactuemos, y a ser compañeros de todos, sean como sean y piensen como piensen. Atentos, entonces, a tratar de aumentar nuestra capacidad de mirar bien al otro y a lo ajeno, de entender la diversidad como ocasión de mejoría general, y de fomentar sanas y enriquecedoras vinculaciones de mestizaje entre los distintos. Bien despiertos para asociarnos especialmente a los que se esfuerzan en edificar felicidad y siempre más ocupados en nuestra propia conversión que en demandas a los demás.

Es así, nos parece, cómo la Iglesia, siempre llamada a ser y significar un surco de eternidad en la historia, siendo lugar de encuentro con Dios y con los hermanos, para fraguar la integración y comunión universal, debe colaborar en este presente a la consolidación de las diversas identidades. Pero animándolas, en su peculiar asimilación del Evangelio y de los avances de hoy, y en consecuencia con lo explicitado, a afirmarse y a reconocerse en su conexión con las diferentes y por su mediación.

En tal sentido y para crecer en lo anterior, la interrelación cotidiana, en la profundidad de la contemplación y oración, con María y con los pobres, es posibilidad a veces no suficientemente valorada. Participando y estando con ellos, en diversas situaciones, podemos aprender a identificarnos más como Cuerpo de Cristo, en los hechos y actitudes, con nuestra Cabeza, con Jesucristo. Dejándonos enseñar por la fe vivida de Nuestra Madre y de los más sencillos, por su humilde apertura al prójimo y al Espíritu, seremos sin duda educados en la capacidad de abajarnos al modo del Salvador. Requisito necesario e imprescindible, sin duda, para evangelizar colaborando al logro de un sano clima solidario, fraterno y plural.

Por regalo de Dios, lo antedicho, lo he vivenciado, y lo sigo haciendo, de modo muy agudo y permanente. Y sin pretensiones de absolutizar este limitado testimonio personal, al saber y reconocer que los senderos del Señor son insondables, con la misma honestidad, afirmo sí, con toda certeza, que hasta dónde puedo ver, casi todas las veces, por no decir todas, “no sabemos”, y el testimonio de Nuestra Reina y de los hermanos más sufridos, pacientes y bienaventurados nos muestra el rumbo a seguir.

Los pasos de mis días cambiaron caminando en noches de verano, con gente simple y con Ella (siendo los pies de su Imagen), desde Villa Ramallo hasta el Santuario de Nuestra Señora de Luján. “¡Madre -decía en mi interior-¿cómo esta gente te canta, te reza el rosario y otras oraciones, te baila y te hace danzar, y yo no sé ni quién sos, ni por qué estoy acá?...!”. No me daba cuenta, pero ellos, María y sus hijos más necesitados, me estaban contagiando su específico modo de avanzar, su plegaria, su oración. Me estaban, de alguna forma, “pariendo” hacia otro horizonte al constituirme peregrino; y ese “nacimiento”, “por gracia divina”, he intentado prolongar, tratando siempre de dejarme instruir por la Virgencita y por la oración total del Pueblo de Dios, magistralmente condensada y expresada, por los más humildes, por los que aparentemente nada valen, ni saben.

En la continuidad de esa maternidad y educación recibidas, me ha movido particularmente en estos días, a la confección y difusión de esta obra y su propuesta, el ejemplo y enseñanza de nuestros hermanos bolivianos y descendientes de bolivianos, residentes en la localidad de San Nicolás de los Arroyos. Los mismos, rezando juntos y constantemente diversas novenas, nos muestran con gran fervor, cómo ellas se constituyen en una oportunidad adecuada para crecer, al mismo tiempo, como Pueblo de Dios y como particular comunidad. En un ámbito de muchísimo provecho, al ser un concreto espacio de encuentro con “lo Otro” y con los otros, para darle cuerpo a Cristo desde la propia identidad, en la fidelidad y recreación de lo recibido o heredado, y en su intercambio con lo que procede de otras memorias o tradiciones.

Gracias a ustedes mis queridos hijos, hermanos y amigos de las comunidades de Nuestra Señora de Urkupiña, de Nuestra Señora de Copacabana y del Niño Dios que, entre nosotros, ejercitan esta práctica de nuestra Iglesia Católica de propagar una devoción, en forma pública o privada, durante nueve días. Ritual ancestral en el que ustedes viven y concretan, aquí y ahora, asumiendo las novedades, el sentido sobrenatural y primero en el que intuitivamente se afirma y descansa su vida, su entrega generosa y sin reservas en favor de los intereses de Dios y del prójimo. Y, en él y por su mediación, nos muestran un carril cierto, tanto a nivel macro social como eclesial, de cómo crecer abiertos a lo de los otros pueblos, conservando y labrando, empapada de Buena Noticia, la propia cultura o modo de ser común.

Práctica y ritual muy pío, ejemplo nítido de fe hecha historia, que desemboca en preciosas y danzadas procesiones y fiestas, y que nos reafirma también en esa vital convicción que el pueblo argentino, gracias a Dios, comparte con el de ustedes, con el de México y con el de toda Latinoamérica: es sumamente importante hablar con la “Mamita” y celebrarla, expresándole nuestra gratitud por darnos al “Niñito” y porque siempre nos escucha. Convicción común entonces, que nos anima a buscar modos y a participar en momentos adecuados, con el fin de alimentar esa comunicación y conversación con la Madre que nos alcanza al Salvador; y que, por lo mismo y como Maestra, nos contagia su ser y educa, para que podamos actualizar y expresar el misterio de su Hijo, en el diálogo con los hermanos y desde nuestras peculiares raíces y circunstancias.

 
 
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