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Primer día:
las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, de la incomprensión al encuentro entre pueblos diferentes.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mientras rezamos la siguiente oración, podemos encender una vela a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Guadalupana con las cuatro Apariciones
 y los arcángeles Gabriel y Uriel. 
Óleo sobre tela, anónimo,
de la primera mitad del
S. XVIII. (2.50 x 1.67 mts.)
Museo de la Basílica de Guadalupe
A continuación, leemos o proclamamos el resumen con que se inicia el Nican mopohua o historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, Nuestra Reina, allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe.
Primero se hizo ver de un indito, su nombre Juan Diego; y después se apareció su Preciosa Imagen delante del reciente Obispo Don Fray Juan de Zumárraga.

Podemos leer el comentario que sigue, en su totalidad o en parte, para ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia. En este primer día proponemos el especial punto de vista, desde el cual apropiarnos existencialmente y rezar, a lo largo del novenario, de todo lo que nos irá diciendo el Nican mopohua.

Nuestra Señora de Guadalupe visita México y concreta un milagro de evangelización inculturada. Ella se manifiesta escuchando y respondiendo desde el lugar de sus interlocutores, asumiendo integralmente el modo de ser y situación de cada uno de ellos. Origina así acciones obedientes que suscitan progresivamente el protagonismo generalizado de todos los demás. De ese modo, un par de personas son sus mensajeros y una el primer destinatario de su pedido; algunos se ofrecerán para edificar la ermita que la Virgen solicita y, luego, la totalidad de los habitantes de la ciudad, sin faltar nadie, irán a admirarla, a estar con Ella y a formar parte de su acontecimiento.

El diálogo es entonces el camino que la Virgencita utiliza para comunicar y conducir a concretar todo su mensaje de vida, para hacer superar una situación de mutua incomunicación entre dos pueblos. Para animarlos a dejar atrás un conjunto de interrelaciones sociales muy conflictivas; una coyuntura histórica de mutua incomprensión y sin posibilidad humana de solucionarse. Es que indios y españoles, sumamente fieles a sus respectivas religiones, que ocupaban el centro de sus mundos, y precisamente por esa centralidad y heroica fidelidad existencial y buena fe, no podían llegar a un punto de encuentro.

Pero Nuestra Señora de Guadalupe, integra en sí misma y hace unir con su intervención, sus modos de ser y fidelidades, sus consecuentes conductas y cosmovisiones, que no podían dejar de desencontrarse. Ella, milagrosamente, afirma, asume, superpone y hace crecer actitudes, vivencias, signos y conocimientos previos de orden religioso propios de ambos pueblos, conciliando lo antiguo de cada uno con la novedad que le presentaba el otro. Sin herir la sensibilidad del exclusivista catolicismo español, que no aceptaba nada que no fuera su modo específico de entender, expresar y practicar la religión, y adaptándose perfectamente al pluralismo indio, que admitía cambios, crecimiento y aportes de otros en lo religioso, aunque con la condición de que se conservara lo anterior. Americanos y europeos, de modo diferente pero en la continuidad y consumación de sus creencias previas, vieron en Ella a la Madre de su Dios de siempre y de todos los seres humanos.

La Señora se aparece en el cerro del Tepeyac, sitio donde ancestralmente los indios habían venerado a esa mujer tan especial. Y lo hace, plenificándolos y poniéndolos al servicio de su manifestación y del anuncio del Evangelio, los positivos sentidos maternos prehispánicos que implicaba ese lugar; sentidos muy valiosos, ya presentes entonces en estas tierras, antes de la llegada del cristianismo. 

De inmediato también, ante la estampación de Nuestra Señora de Guadalupe, Fray Juan de Zumárraga y sus ayudantes reconocerán, en la Sagrada Imagen impresa en la tilma de Juan Diego, a la Madre por excelencia. Vieron en Ella a la Inmaculada, a la Mujer descripta por el libro del Apocalipsis, y luego también, al conocer su nombre, a la que se llamaba igual que la Patrona de Extremadura, que era la patria de Cortés y de la mayoría de los conquistadores.

De este modo la Virgencita, siempre capaz de recibir y comunicar a Jesús, encarnó y comenzó a desencadenar en ese momento y con su visita, una doble inculturación del Evangelio, concretándola Ella misma y suscitando que todos sus interlocutores la vivieran, desplegaran y continuaran. Impresiona hoy cómo Ella, que sigue presente y obrando de modo semejante, tiene una capacidad de diálogo y comunicación que trasciende dicha época, sigue produciendo las mismas consecuencias y es siempre actual.

Reviviremos entonces en esta Novena, cómo Ella se apareció a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y a su tío Juan Bernardino y, con posterioridad y en su Imagen Sagrada, al obispo Zumárraga y a todos los habitantes de la ciudad (en nuestros días, podemos decir, del mundo). Contemplaremos de qué manera, en el año 1531, devolvió la fe y la vida a los indios y, al mismo tiempo, fecundó los mejores deseos y esfuerzos de los misioneros europeos. Esfuerzos casi estériles hasta ese momento, en comparación con lo que Ella causa, al provocar que los naturales del nuevo continente se bautizaran en forma masiva. Meditaremos de esta manera, cómo la Amada Reina, con su persona y proceder, tal como lo sigue haciendo, armonizó y plenificó lo mejor de las culturas, credos y aspiraciones de todos sus hijos.

Y lo reviviremos y rezaremos, suplicando a la Virgencita, a la vez mexicana y de todos, que nos contagie ese modo de hacerse presente y de actuar, que superó todas las actitudes terrenas de hace casi V siglos, que recién comenzamos a comprender y que Juan Pablo II nos propuso como modelo para ser Iglesia hoy.

Se sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, lo que hemos leído recién. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.

Madre, gracias porque te acercas a nosotros, respetando y asumiendo los modos de ser y de entender de nuestros pueblos, su historia y tradiciones, para a la vez enriquecerlas y saciar nuestra sed de Dios y de vida. Concédenos, por favor, dejarnos animar por tu manera de obrar; regálanos crecer en la imitación de tu ser y originar diálogo.

Gracias porque con tu milagrosa visita a América y al mundo, nos llenas de esperanza, pues nos das la certeza de que nuestras fuerzas humanas no están solas en la búsqueda de un futuro mejor; sino que contamos con la intervención de tu Hijo en la historia. Y nos enseñas que nuestro servicio, acción y palabra para mostrarlo a Él, a Jesucristo, y lograr lo anterior, tienen que asumir integralmente la realidad profunda y circunstancial de nuestros interlocutores. Y que estamos llamados a dialogar, amando la cultura y el modo de comprender y expresarse de aquellos que nos escuchan, para hacer nuestro anuncio en respuesta a sus concretas necesidades, búsquedas y demandas.

Querida Virgencita, haz entonces que vivamos tu pedagogía y la de San Juan Diego. Haz que nos dejemos enseñar por aquéllos a quiénes tenemos que anunciar la Buena Noticia de Jesús, especialmente los más sencillos, considerando y haciendo crecer todo lo bueno que tengan, sin jamás pretender extirpar o anular nada de lo ya sembrado por Él. Por favor, que demos lugar al desarrollo de sus realidades positivas y a la responsabilidad y actividad de los diferentes grupos humanos, para que podamos encarnar el Evangelio en cada comunidad. Y que sepamos entonces recibir y compartir maternalmente la Palabra de Dios, dando lugar a la inculturación de la fe por el protagonismo del pueblo.

Danos de esta forma la gracia, Madre, de parecernos a Ti, de ser capaces de abrirnos a lo de los demás, a lo de los diferentes de nosotros, y ante las novedades que nos aporta su epifanía o manifestación, de redescubrir, renombrar y hacer crecer propias y ajenas experiencias, gestos y sentidos religiosos previos. Así podremos conservar y aprovechar, al mismo tiempo que las fecundamos en el diálogo, tanto las diversas raíces culturales, como los distintos tesoros de lo creído y vivido por la Iglesia. Podremos lograr que la Buena Noticia llegue a tocar e impregnar a cada  pueblo, que “Jesús sea su cabeza, su corazón y su pulso” y que cada uno de ellos, miembro diverso de su Cuerpo, manifieste, revele y comparta, desde su peculiar identidad, el misterio inagotable del Salvador.

En nuestras tareas evangelizadoras, danos obrar con esta buena fe y disimula los límites de nuestras acciones y concepciones. En todo caso, haz que nuestras miopías y errores en contra del diálogo y de todo lo bueno que él provoca, no afecten los anhelos del Señor, y las sanas aspiraciones y deseos de la gente.

Partiendo de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas o buscar su respuesta. 


En un momento de silencio y de encuentro
entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, suplicamos la gracia de que todas las comunidades, familias y habitantes del mundo podamos crecer en la capacidad de diálogo.

Especialmente encomendamos a nuestra Iglesia, para que en nuestro servicio a Dios y al género humano, aprendamos a dialogar, más y mejor, con todos los pueblos, tradiciones y personas. T
ambién les solicitamos su ayuda para poder colaborar a resolver alguna situación, cercana a nosotros, de incomunicación o incomprensión. En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.

Como un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.

Desde el cielo una hermosa mañana (2 veces),
la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).

Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte y su faz (2 veces).

Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el Anahuac (2 veces).

Junto al monte pasaba Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar (2 veces).

Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar” (2 veces).

Y en la tilma entre rosas pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar (2 veces).

Desde entonces para el mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial (2 veces).

En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el Tepeyac (2 veces).

Para finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.

Dios, Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe, concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida, fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio el corazón de las culturas y de las personas.

Que la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza, que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.

Te lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 
 
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