Santa
María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
A
continuación, a una o a varias voces, leemos, proclamamos o representamos
una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora
de Guadalupe.
Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla,
todo aún estaba oscuro, de allá salió [Juan Diego], de
su casa, se vino derecho a Tlatilolco, vino a saber
lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista; luego
para ver al Señor Obispo.
Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se había
oído Misa y se había nombrado lista y se había dispersado
la multitud. Y Juan Diego luego fué al palacio del Señor Obispo. Y en cuanto llegó hizo toda la lucha por verlo, y con mucho
trabajo y otra vez lo vió; a sus pies se hincó, lloró, se puso triste al hablarle, al
descubrirle la palabra, el aliento de la Reina del Cielo,
que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta
Virgen, de hacerle, de erigirle su casita sagrada, en
donde había dicho, la quería.
Y el Gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó,
para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era
Ella; todo absolutamente se lo contó al Señor Obispo.
Y aunque todo absolutamente se lo declaró, y en cada cosa vió,
admiró que aparecía con toda claridad que Ella era la
Perfecta Virgen, la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro
Salvador Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, no luego se realizó.
Dijo que no sólo por su palabra, su petición se haría, se realizaría
lo que él pedía, que era muy necesaria alguna otra señal para poder ser creído
cómo a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona.
Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo: “Señor Gobernante, considera cuál sería la señal que pides,
porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que
me envió”.
Y habiendo visto el Obispo que ratificaba, que en nada vacilaba
ni dudaba, luego lo despacha. Y en cuanto se viene, luego
les manda a algunos de los de su casa en los que tenía
absoluta confianza, que lo vinieran siguiendo, que bien
lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba.
Y así se hizo. Y Juan Diego luego se vino derecho. Siguió la
calzada, y los que lo seguían, donde sale la barranca cerca del Tepeyac,
en el puente de madera lo vinieron a perder. Y aunque
por todas partes buscaron, ya por ninguna lo vieron.
Y así se volvieron. No sólo porque con ello se fastidiaron
grandemente, sino también porque les impidió su intento,
los hizo enojar. Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza
que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras,
que nada más inventaba lo que venía a decirle, o que sólo
soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía.
Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba,
allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para
que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la
gente. Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole
la respuesta que traía del Señor Obispo;
la que, oída por la Señora, le dijo:
“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que
lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni
de tí sospechará;
Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y
el trabajo y cansancio que por mí has emprendido;
Ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.
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Para
ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia,
se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes
explicaciones.
Fray
Juan de Zumárraga, vasco que no hablaba el idioma materno de Juan
Diego Cuauhtlatoatzin, trabajó y rezó esforzada e incansablemente
por la felicidad de todos los fieles, proporcionándoles los sacramentos,
y colaborando en la concreción de diversas iniciativas que mejoraran
las condiciones de vida de los naturales de América. Nombrado
por el monarca español “Protector de Indios” en 1528, hombre
de virtud, humilde y honesto, sustentaba su actividad en su vigoroso
y violento carácter; y a veces era, incluso, sumamente duro al
realizar sus tareas de padre y pastor. El 27 de agosto de 1529,
seriamente angustiado por la carga, ante la difícil circunstancia
que se vivía en México, escribió al rey y emperador Carlos V,
que sólo un remedio provisto por la mano misma de Dios, salvaría
a esta tierra. Remedio o intervención por la cual el fraile suplicaba,
ante la oscuridad y los insuperables obstáculos de todo orden.
En
el momento de las apariciones, ya había sido nombrado obispo,
aunque fue consagrado como tal recién en abril de 1533.
Era muy poco afecto a una espiritualidad mediada por las
imágenes y devociones populares, y se opuso férreamente a la religión
prehispánica. En sus decisiones fue muy escrupuloso, y hasta severo,
a la hora de defender lo que entendía como doctrina ortodoxa.
Por todo lo anterior, había en la ciudad de Mexico-Tenochtitlan
otras personas que hubieran sido más accesibles, y con más poder
concreto a la hora de materializarlo, para recibir un pedido como
el que el mensajero del Tepeyac es enviado a hacerle. Pero
ninguno de esos otros personajes era, como Zumárraga, a ojos de
María Santísima, el representante de Cristo en este lugar.
Hemos
contemplado como en su primer entrevista con Juan Diego, el obispo
rechazó la solicitud que aquél, indio recién converso y por eso
mismo sospechoso para los europeos, le hizo en nombre de Nuestra
Señora de Guadalupe. En la segunda entrevista, que meditamos hoy,
vemos que, ante la insistencia del embajador de la Virgencita,
lo examinó con rigor; y aunque no pudo encontrar nada que lo descalificara,
le mencionó la necesidad de una señal que acreditara su palabra.
“Una señal para poder creer que a él lo enviaba personalmente
la Madre de Dios”. Por último, al asumir Juan Diego esta exigencia,
no dejó de dudar de él.
Zumárraga,
que era Inquisidor, al interrogarlo, procede con apego al modo
de operar de los tribunales inquisitoriales de la época; es decir,
buscando en todo momento el error del examinado. Además, siguiendo
las normas de la Iglesia, aún vigentes, en cuanto al discernimiento
de posibles apariciones: considerarlas falsas e impugnarlas hasta
que se demuestre lo contrario. Normas, estas dos últimas, que
en ese momento, además, era muy necesario respetar, pues las historias
de intervenciones sobrenaturales abundaban, tanto de parte de
los españoles como de los indígenas, con la pretensión de humillar
y aplastar a los del bando contrario.
Escuchamos
que al despedir al vidente de la Madre Celestial, manda el obispo
a algunos de su absoluta confianza a seguir y vigilar al indio,
con la misión de espiar e informar sobre los lugares y personas
que frecuentara. Sabemos, con seguridad, que Zumárraga siempre
tuvo miembros de su familia y criados muy cercanos. En su caso,
el modo prejuicioso y despectivo con que ellos tratan a Juan Diego
Cuauhtlatoatzin antes de la estampación de Nuestra Señora
de Guadalupe, expresa nítidamente cómo los europeos, casi en su
totalidad, se vincularon con los naturales de América en general.
Pensaban
que
los indios se hallaban en poder del
demonio e
infectados por su perversa e idolátrica religión y, consecuentemente,
buscaban o convertirlos,
sustituyendo sus creencias, o exterminarlos, si no lograban dicha
conversión. Consideraban los evangelizadores que, arrebatándoles
su cultura y religión e imponiéndoles la propia, no los despojaban,
sino que los salvaban y enriquecían.
Es más, los frailes, salvo excepciones, se lamentaban de que no habían
sido sistemáticamente eliminados los ancianos indígenas, a los
que consideraban pervertidores de los más jóvenes, cuando les
transmitían sus conocimientos y costumbres prehispánicas. Desde
su desconfiada mirada y creyéndose superiores, consideraban a
los indios como semianimales y fabuladores, como eternos niños
que debían subordinarse y someterse a sus designios.
Ahora
bien, aquéllas personas de la casa del prelado y que gozaban de
su confianza, nada más pierden de vista a Juan Diego en el Tepeyac,
lugar en el cuál no puede obrar su mirada persecutoria; pero,
en consecuencia y como muestra de lo expresado, informan diciendo
que es mentiroso el indio. En realidad la ausencia de verdad estaba
en sus palabras, que transmitían una calumnia, buscando que el
obispo no creyera en el enviado de la Virgen y, que además, terminaron
generando en ellos propósitos violentos o de castigo injusto para
con el inocente. Mientras tanto, el embajador muy digno de confianza,
estaba en la cima del cerro con la Amada Reina, disfrutando de
su presencia y conversando con Ella, comunicándole el mensaje
del prelado y escuchando su alentadora palabra.
Se
sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma
personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad
del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias
que siguen.
Gracias
Madre, porque tu presencia y aliento nos confortan y acreditan
siempre. Nos dan fuerzas para seguir adelante, para continuar
en la misión y, de este modo, nos ayudan a vivir como Dios quiere,
pareciéndonos a Él.
Danos
por favor el regalo de ser fieles, con honestidad y prudencia,
a las autoridades y enseñanzas de la Iglesia. Concédenos crecer
en lo anterior, dando siempre lugar a la edificante persona y
palabra de los más pobres. Para dejarnos enseñar por su espiritualidad
y modos de expresarla, viendo en todo esto una palabra de Dios.
Que no menospreciemos jamás los gestos sensibles y símbolos con
los que, con profundidad sobrenatural, expresan su gran fe los
más sencillos.
Danos
amor por la religión del pueblo, por su talento para celebrar
y descubrir la presencia de lo divino con diversas acciones y
en múltiples signos, íconos de lo sagrado. Por favor, que no andemos
persiguiendo o buscando algo para acusar esa piedad, de la que
somos fruto y debemos aprender y, en todo caso, contribuir a mejorar,
haciendo crecer lo que ya tiene de bueno.
Líbranos,
Virgencita, de prejuicios nocivos y de palabras mentirosas, que
nos alejan de respetarnos y de enriquecernos con nuestras diferencias
culturales y personales. Sálvanos de cualquier pensamiento y actitud
negativa, que no nos permita vivir como buenos hijos tuyos y hermanos
de todos.
Haz
que siempre consideremos más dignos a los demás y que, sin dejar
de ver lo que pueda limitar su ser, valoremos sus capacidades
y colaboremos a su despliegue. Te lo pedimos para todos, pero
especialmente para los que ejercen mayor poder y tienen más responsabilidades
sobre vidas ajenas. Particularísimamente, te lo suplicamos, para
los que representan a Cristo en la tierra, rogando los hagas perseverar
en la oración y servicio, siempre iluminador por Ti.
Y
si nos toca padecer alguna injusticia, cualquiera que sea, concédenos
las gracias de saber estar contigo y de confiar en tu intervención.
Tenemos la seguridad de que, más bien temprano que tarde, precisamente
en el momento más conveniente, siempre con tus visitas pones las
cosas en su lugar.
Partiendo
de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas
de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote
las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para
luego compartirlas o buscar su respuesta.
En un momento de silencio y de encuentro entrañable con
Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
pedimos por la santidad de algún obispo,
sacerdote, posible vocación o de alguien que participe
en el servicio pastoral de la Iglesia. Con posterioridad
podríamos tener algún otro gesto amical para con la persona
encomendada.
En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra
Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
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Como
un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que
se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras
cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación,
podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe
y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde el cielo una hermosa mañana (2
veces),
la Guadalupana, la Guadalupana,
la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).
Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el
Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba Juan Diego (2
veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar
(2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2
veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para
hacer mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas pintada (2
veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar
(2 veces).
Desde entonces para el mexicano (2
veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para
finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere
apropiada.
Dios,
Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo
por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que
la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces
un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza,
que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los
más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te
lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por
los siglos de los siglos. Amén. |