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Sexto día:
el tío Juan Bernardino, símbolo del pueblo
que pasa de la postración de muerte al movimiento de vida.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mientras rezamos la siguiente oración, podemos encender una vela a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Fernando LEAL
La curación de Juan Bernardino (detalle)
Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

A continuación, a una o a varias voces, leemos,  proclamamos o representamos una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.


Y al día siguiente, Lunes, cuando debía llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando fué a llegar a su casa, a su tío, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad, y estaba muy grave.

Aún fué a llamarle al médico, aún hizo por él, pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuera de madrugada, cuando aún estuviera oscuro, saliera a llamar a Tlatilolco algún Sacerdote para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo, porque estaba seguro de que ya era el tiempo, ya el lugar de morir, porque ya no se levantaría, ya no se curaría.

Y el Martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el Sacerdote a Tlatilolco, y cuando ya acertó a llegar al lado del cerrito terminación de la sierra, al pie, donde sale el camino, de la parte en que el sol se mete, en donde antes él saliera, dijo:

“Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea esta Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al gobernante eclesiástico como me lo mandó; que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame de prisa al Sacerdote religioso; mi tío no hace más que aguardarlo”.

Enseguida le dió la vuelta al cerro, subió por en medio y de ahí atravesando, hacia la parte oriental fue a salir, para rápido ir a llegar a México para que no lo detuviera la Reina del Cielo. Piensa que por donde dió la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente a todas partes está mirando.

La vió cómo vino a bajar de sobre el cerro, y que de allí lo había estado mirando, de donde antes lo veía. Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo:

“¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?”. Y él, ¿tal vez un poco apenado, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se espantó, se puso temeroso?

En su presencia se postró, la saludó, le dijo: “Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía? Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío.

Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo, porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte.

Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa”.

En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:

“Escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que no es nada lo que espanto, lo que te afligió que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva.

¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno”. (Y luego en aquél mismo momento sanó su tío, como después se supo).

Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra, el amable aliento de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, bien con ello se apaciguó su corazón, y le suplicó que inmediatamente la mandara a ver al Gobernante Obispo, a llevarle algo de señal, de comprobación, para que creyera.

Para ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia, se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes explicaciones.

En este día vemos cómo Juan Diego Cuauhtlatoatzin está apurado por hacer llegar la ayuda de Dios a su tío Juan Bernardino, que está moribundo. Los indios consideraban que los ancianos eran los portadores de la verdad que daba vida, hacía crecer y llevaba a madurez al pueblo. Colhua”, “Colli-hua”, o “el que tiene abuelos” era el equivalente psicológico de “nelly” o “verdadero”, que equivale a “el que tiene raíz”. Particularmente el tío, entre los mexicas, era la persona que marcaba la descendencia, como para nosotros hoy el papá, y que se consideraba la raíz y origen de la comunidad.

Sabemos que la dolencia que lo afectaba, repentina y fulminante, es el sarampión. Una de las tantas pestes traídas por el europeo y para la cual los indios no tenían defensas. En tanto que enfermo, y desde una mirada india, imagen” de dios; la persona y situación de Juan Bernardino, reales e históricas, son tanto símbolo del pueblo indio y su circunstancia, como de aquello que principalmente la ha causado. Su corazón o parte dinámica está segura del fin de su historia, los indígenas quieren dejar de nacer y de vivir, pues se sienten paralizados ante el colapso cultural y mal integral que les ha provocado el choque con el exclusivismo español. Actitud esta última, hemos ya contemplado, que al despreciar toda la antigua religión y sabiduría de los naturales de América, que enseñadas por sus mayores, daban base, sostén y sentido a su existencia, los sumergía en una situación de completa desorientación y muerte.

Nuestra Señora de Guadalupe, que siempre está “mirando perfectamente y muy bien a todos y a todo”, se interpone en el camino del indio. Sale al cruce de ese dolor mortal, de ese no querer demorarse de Juan Diego para conseguir más rápido un sacerdote que atendiera a su tío moribundo. Ella se interpone a ese apuro que hacía que el indio quisiera evitarla porque no podría satisfacerla; a esa angustia por la que él pretendía “dar la vuelta al cerro” y esquivar los ojos de la Virgencita, a su misma persona y a su envío. Y Ella sale al cruce precisamente para modificar la historia, para sanar y salvar al tío Juan Bernardino y a todos los de su raza,  librándolos del trauma provocado por la intransigencia e intolerancia europea, devolviéndoles el movimiento y restaurando sus vidas. Sale al cruce para anunciarles y anunciarnos el gozo de que estamos siempre bajo su Amor y protección, y que por eso nada debemos temer.

Es más, veremos más adelante que Nuestra Señora de Guadalupe le concede a Juan Bernardino el importantísimo privilegio de hacerlo también su embajador y mensajero, al revelarle para que lo transmita, tanto su nombre como el de todo el acontecimiento (ver Esta obra, subtítulo “Noveno día”). El acontecimiento guadalupano, que restablece también así el digno y respetable lugar de los ancianos y de la autoridad de su testimonio y palabra, y pasa a ser una de esas raíces vivificantes que eran enseñadas por ellos. De este modo, se expresa claramente que lo enseñado por el viejo tío y por todo el pueblo, hecho ya simbólicamente en él receptor, custodio y difusor de la visita de Nuestra Madre, sigue teniendo valor para dar forma a la existencia comunitaria y de cada uno y, que incluso, en este caso, es también una enseñanza bien recibida por algunos españoles.

Se sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.

Gracias, Madre, por estar mirando con Amor Misericordioso nuestras situaciones colectivas y personales. Gracias, porque siempre te haces presente en nuestro camino para alcanzarnos la salvación, la salud, el consuelo y los desafíos de Dios. Para “apaciguar nuestros corazones” y sacarnos de todo aquello que nos amarga y deja postrados. Para rescatarnos también de nuestros miedos y apuros mortales, de todas nuestras urgencias, a veces no tan buenas y elogiables como la de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Que tu ejemplo, por favor, nos movilice a ser una Iglesia servidora. Una Iglesia capaz de salir al cruce con generosidad, aun cuando quieran esquivarnos, de los pasos y dolores de los pueblos y de las personas. Una comunidad capaz de llenarlos con los regalos del Señor, para que sean transformados en fuente de una existencia plena y de vida abundante.

Haznos de esta manera, un Pueblo comunicador de la justificación y perdón divinos, difusor de la gracia; es decir, de esa semejanza de y con su naturaleza, que Dios nos participa y con la que nos transforma y auxilia. Un Pueblo que sea trasmisor magnánimo de esa fuerza misteriosa que viene de Él y que, penetrando hasta lo más íntimo de nuestra naturaleza, diviniza todo nuestro ser y facultades, para que podamos encarnar acciones virtuosas y bellas, para que podamos existir y obrar cristianamente, con y en el Amor.

Ayúdanos, al vivir lo anterior, a cuidar con esmero a nuestros mayores y a dejarnos siempre guiar por su experiencia de vida, por su memoria, que es la memoria del pueblo. Y concédenos ver y servir a Jesús, también con especial entrega, en los que están o se sienten enfermos, explotados o deprimidos.

Partiendo de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas o buscar su respuesta.


En un momento de silencio y de encuentro
entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, suplicamos por alguna persona anciana, enferma, pobre o necesitada. Luego podríamos visitarla, ofrecer por ella algún otro acto de caridad y/o ayudar, si fuera necesario, para que recibiera el Perdón de los pecados, la Comunión y la Unción de los enfermos.

En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.

Como un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.

Desde el cielo una hermosa mañana (2 veces),
la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).

Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte y su faz (2 veces).

Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el Anahuac (2 veces).

Junto al monte pasaba Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar (2 veces).

Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar” (2 veces).

Y en la tilma entre rosas pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar (2 veces).

Desde entonces para el mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial (2 veces).

En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el Tepeyac (2 veces).

Para finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.

Dios, Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe, concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida, fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio el corazón de las culturas y de las personas.

Que la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza, que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.

Te lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 
 
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