Dios
te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita
Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús.
Santa
María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
A
continuación, a una o a varias voces, leemos, proclamamos o representamos
una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora
de Guadalupe.
Y al día siguiente, Lunes, cuando debía llevar Juan Diego alguna
señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando fué a llegar a su casa, a su tío, de nombre Juan
Bernardino, se le había asentado la enfermedad, y estaba
muy grave.
Aún fué a llamarle al médico, aún hizo por él, pero ya no era
tiempo, ya estaba muy grave. Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuera de
madrugada, cuando aún estuviera oscuro, saliera a llamar
a Tlatilolco algún Sacerdote para que fuera a confesarlo,
para que fuera a prepararlo, porque estaba seguro de que ya era el tiempo, ya el lugar de
morir, porque ya no se levantaría, ya no se curaría.
Y el Martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino
a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el Sacerdote
a Tlatilolco, y cuando ya acertó a llegar al lado del cerrito terminación
de la sierra, al pie, donde sale el camino, de la parte
en que el sol se mete, en donde antes él saliera, dijo:
“Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea
esta Señora y seguro, como antes, me detendrá para que
le lleve la señal al gobernante eclesiástico como me lo
mandó; que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame
de prisa al Sacerdote religioso; mi tío no hace más que
aguardarlo”.
Enseguida le dió la vuelta al cerro, subió por en medio y de
ahí atravesando, hacia la parte oriental fue a salir,
para rápido ir a llegar a México para que no lo detuviera
la Reina del Cielo. Piensa que por donde dió la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente
a todas partes está mirando.
La vió cómo vino a bajar de sobre el cerro, y que de allí lo
había estado mirando, de donde antes lo veía. Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a
atajar los pasos; le dijo:
“¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas,
a dónde te diriges?”. Y él, ¿tal vez un poco apenado, o quizá se avergonzó?, ¿o
tal vez de ello se espantó, se puso temeroso?
En su presencia se postró, la saludó, le dijo: “Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que
estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien
tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía? Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita
mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío.
Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va
a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México,
a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros
Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo,
porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar
el trabajo de nuestra muerte.
Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré
para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita
mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque
con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana
sin falta vendré a toda prisa”.
En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa
Perfecta Virgen:
“Escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que
no es nada lo que espanto, lo que te afligió que no se
perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad,
ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva.
¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo
mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría?
¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis
brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no
te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de
ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno”. (Y luego en aquél mismo momento sanó su tío, como después se
supo).
Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra, el amable
aliento de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló,
bien con ello se apaciguó su corazón, y le suplicó que
inmediatamente la mandara a ver al Gobernante Obispo,
a llevarle algo de señal, de comprobación, para que creyera.
|
Para
ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia,
se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes
explicaciones.
En
este día vemos cómo Juan Diego Cuauhtlatoatzin está apurado
por hacer llegar la ayuda de Dios a su tío Juan Bernardino, que
está moribundo. Los indios consideraban que los ancianos eran
los portadores de la verdad que daba vida, hacía crecer y llevaba
a madurez al pueblo. “Colhua”, “Colli-hua”,
o “el que tiene abuelos” era el equivalente psicológico
de “nelly” o “verdadero”, que equivale a “el
que tiene raíz”. Particularmente el tío, entre los
mexicas, era la persona que marcaba la descendencia, como
para nosotros hoy el papá, y que se consideraba la raíz y origen
de la comunidad.
Sabemos
que la dolencia que lo afectaba, repentina y fulminante, es el
sarampión. Una de las tantas pestes traídas por el europeo y para
la cual los indios no tenían defensas. En tanto que enfermo, y
desde una mirada india, “imagen” de
dios; la
persona y situación de Juan Bernardino, reales e históricas, son
tanto símbolo del pueblo indio y su circunstancia, como de aquello
que principalmente la ha causado. Su corazón o parte dinámica
está segura del fin de su historia, los indígenas quieren dejar
de nacer y de vivir, pues se sienten paralizados ante el colapso
cultural y mal integral que les ha provocado el choque con el
exclusivismo español. Actitud esta última, hemos ya contemplado,
que al despreciar toda la antigua religión y sabiduría de los
naturales de América, que enseñadas por sus mayores, daban base,
sostén y sentido a su existencia, los sumergía en una situación
de completa desorientación y muerte.
Nuestra
Señora de Guadalupe, que siempre está “mirando perfectamente
y muy bien a todos y a todo”, se interpone en el camino del
indio. Sale al cruce de ese dolor mortal, de ese no querer demorarse
de Juan Diego para conseguir más rápido un sacerdote que atendiera
a su tío moribundo. Ella se interpone a ese apuro que hacía que
el indio quisiera evitarla porque no podría satisfacerla; a esa
angustia por la que él pretendía “dar la vuelta al cerro”
y esquivar los ojos de la Virgencita, a su misma persona y a su
envío. Y Ella sale al cruce precisamente para modificar la historia,
para sanar y salvar al tío Juan Bernardino y a todos los de su
raza, librándolos del trauma provocado por la intransigencia
e intolerancia europea, devolviéndoles el movimiento y restaurando
sus vidas. Sale al cruce para anunciarles y anunciarnos el gozo
de que estamos siempre bajo su Amor y protección, y que por eso
nada debemos temer.
Es
más, veremos más adelante que Nuestra Señora de Guadalupe le concede
a Juan Bernardino el importantísimo privilegio de hacerlo también
su embajador y mensajero, al revelarle para que lo transmita,
tanto su nombre como el de todo el acontecimiento (ver Esta
obra, subtítulo “Noveno
día”). El acontecimiento guadalupano, que restablece también
así el digno y respetable lugar de los ancianos y de la autoridad
de su testimonio y palabra, y pasa a ser una de esas raíces vivificantes
que eran enseñadas por ellos. De este modo, se expresa claramente
que lo enseñado por el viejo tío y por todo el pueblo, hecho ya
simbólicamente en él receptor, custodio y difusor de la visita
de Nuestra Madre, sigue teniendo valor para dar forma a la existencia
comunitaria y de cada uno y, que incluso, en este caso, es también
una enseñanza bien recibida por algunos españoles.
Se
sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma
personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad
del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias
que siguen.
Gracias,
Madre, por estar mirando con Amor Misericordioso nuestras situaciones
colectivas y personales. Gracias, porque siempre te haces presente
en nuestro camino para alcanzarnos la salvación, la salud, el
consuelo y los desafíos de Dios. Para “apaciguar nuestros corazones”
y sacarnos de todo aquello que nos amarga y deja postrados. Para
rescatarnos también de nuestros miedos y apuros mortales, de todas
nuestras urgencias, a veces no tan buenas y elogiables como la
de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Que
tu ejemplo, por favor, nos movilice a ser una Iglesia servidora.
Una Iglesia capaz de salir al cruce con generosidad, aun cuando
quieran esquivarnos, de los pasos y dolores de los pueblos y de
las personas. Una comunidad capaz de llenarlos con los regalos
del Señor, para que sean transformados en fuente de una existencia
plena y de vida abundante.
Haznos
de esta manera, un Pueblo comunicador de la justificación y perdón
divinos, difusor de la gracia; es decir, de esa semejanza de y
con su naturaleza, que Dios nos participa y con la que nos transforma
y auxilia. Un Pueblo que sea trasmisor magnánimo de esa fuerza
misteriosa que viene de Él y que, penetrando hasta lo más íntimo
de nuestra naturaleza, diviniza todo nuestro ser y facultades,
para que podamos encarnar acciones virtuosas y bellas, para que
podamos existir y obrar cristianamente, con y en el Amor.
Ayúdanos,
al vivir lo anterior, a cuidar con esmero a nuestros mayores y
a dejarnos siempre guiar por su experiencia de vida, por su memoria,
que es la memoria del pueblo. Y concédenos ver y servir a Jesús,
también con especial entrega, en los que están o se sienten enfermos,
explotados o deprimidos.
Partiendo
de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas
de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote
las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para
luego compartirlas o buscar su respuesta.
En un momento de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, suplicamos por
alguna persona anciana, enferma, pobre o necesitada. Luego
podríamos visitarla, ofrecer por ella algún otro acto
de caridad y/o ayudar, si fuera necesario, para que recibiera
el Perdón de los pecados, la Comunión y la Unción de los
enfermos.
En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra
Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
|
Como
un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que
se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras
cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación,
podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe
y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde el cielo una hermosa mañana (2
veces),
la Guadalupana, la Guadalupana,
la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).
Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el
Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba Juan Diego (2
veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar
(2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2
veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer
mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas pintada (2
veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar
(2 veces).
Desde entonces para el mexicano (2
veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para
finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere
apropiada.
Dios,
Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo
por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que
la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces
un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza,
que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los
más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te
lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por
los siglos de los siglos. Amén. |