A
continuación, a una o a varias voces, leemos, proclamamos o representamos
una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora de
Guadalupe.
Y cuando [Juan Diego] llegó frente a Ella [la Doncella]
mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba
su perfecta grandeza: Su vestido
relucía como el sol, como que reverberaba, Y la piedra,
el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos;
el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca
-todo lo más bello- parecía; la tierra como que relumbraba
con los resplandores del arcoiris en la niebla.
Y
los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí
se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa
aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates,
relucían como el oro. En su presencia
se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente
glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía
y estimaba mucho.
Le dijo: “Escucha hijo mío el menor, Juanito. ¿A
dónde te diriges?”. Y él le contestó: “Mi Señora,
Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México
Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que
nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor,
nuestros Sacerdotes”.
En
seguida, con esto dialoga con él, le descubre su preciosa
voluntad;
le
dice: “Sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño,
que yo soy la Perfecta siempre Virgen Santa María, Madre
del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de
las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación,
el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero,
mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En
donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto:
Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada
compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: Porque yo en
verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los
hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás
variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a
mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí,
porque ahí les escucharé su llanto, su tristeza, para
remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias,
sus dolores.
Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa,
anda al palacio del Obispo de México, y le dirás cómo
yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que
aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo;
todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que
has oído.
Y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré,
que por ello te enriqueceré, te glorificaré, y mucho de
allí merecerás con que yo te retribuya tu cansancio, tu
servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío.
Ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra;
anda, haz lo que esté de tu parte”. E inmediatamente
en su presencia se postró; le dijo: “Señora mía, Niña,
ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra;
por ahora de Tí me aparto, yo, tu pobre indito”.
Luego
vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino a
encontrar la calzada, viene derecho a México.
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Para
ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia,
se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes
explicaciones.
Nuestra
Señora de Guadalupe, con gran ternura y autoridad, establece una
presencia divina y divinizante. Se revela a Juan Diego Cuauhtlatoatzin
como la Madre compasiva del verdaderísimo Dios, de él y de todas
las mujeres y los hombres, sin excepción. Tanto al anunciar su
maternidad divina como la humana, enaltece a todos sus hijos,
dando a entender que es para Ella una gran dicha y privilegio,
por el cual se siente muy honrada y agradecida.
Toda
la persona, comportamiento y palabras de la Señora del Tepeyac
son amorosamente incluyentes.
Judía de nacimiento, asume en Ella lo mejor del ser de
los indios mexicanos (que tienen
en sí todo el aporte de lo que hoy llamamos lejano Oriente, de
donde provenían), y del ser de los españoles (crisol, por su historia,
de la herencia de Occidente, y de lo que actualmente denominamos
Oriente medio y próximo). Comprendemos hoy, que el nombre que
se dará a sí misma, simultáneamente con una delicadeza con los
europeos (ver Esta
obra, subtítulo “Primer día”), es otro
aspecto que manifiesta su identidad y maternidad universal. Es
que se identificará con un título árabe, “Wadi al Lub”
o río de grava negra, evitando hacerlo con uno exclusivamente náhuatl o español, y, por lo tanto, menos adecuado para
designar a alguien que es síntesis y Madre de la entera humanidad,
y no sólo de los habitantes de México. Sus gestos y mensaje
muestran eso sí, que a la vez que es cristiana, conoce y hace
propia tanto la cultura en general, como el saber religioso en
particular, de cada uno de sus interlocutores.
Así,
inmediatamente hace comprender a Juan Diego que su Madre, Ella
en persona, les traía a Aquél al que en toda su historia habían
adorado, al arraigadísimo Dios de sus ancestros, que era el mismo
que el de los cristianos. Para lograr lo anterior, Ella acepta,
aprovecha y hace crecer, denominaciones y conceptos sobre dios
de la América prehispánica, para con su mediación nombrar al fruto
bendito de su vientre. Pero utiliza precisamente aquellos títulos
cuyo sentido se aproxima al de la concepción cristiana del único
eterno y que, por lo tanto, no sonaron mal a oídos europeos. Oídos,
que de ningún modo pudieron captar la explicitada identificación
y referencia, que llenó sí de felicidad a los indios.
Cuánta
alegría y consuelo para los mexicanos saber que Jesucristo, el
Hijo de la Muchachita que los visitaba,
era el “Señor del cerca y del junto”, el “Causante de
toda vida”, el “Creador de todos” y el “Dueño del
Cielo y de la Tierra”; es decir,
su Dios de siempre y tan cercano, artífice pleno y sustentador
de todo lo bello y precioso, y a quien sus padres y abuelos habían
fielmente obedecido y seguido.
La
Virgencita del Tepeyac habla y comunica su anuncio utilizando
la lengua del indio, de su enviado, que la identifica y trata
como a una mujer noble de su sociedad. La maternidad y palabras
de Nuestra Señora de Guadalupe, muy afectuosas y amables, son
a la vez y precisamente por eso mismo, de sumo imperio. De este
modo, la Reina del Cielo a la vez protege y conduce, contiene
y desafía, suscitando al mismo tiempo que veneración y amor, el
respeto y movimiento obediente de Juan Diego y de los demás protagonistas
del acontecimiento que Ella inicia.
Revelándose
también como creatura y sometiéndose a la autoridad de su Hijo
en el obispo, lo envía y manda a Juan Diego Cuauhtlatoatzin
a solicitarle a él la construcción de un templo asequible, en
el llano. Es decir, a solicitar la edificación de un pueblo muy
solícito y disponible, para poder Ella mostrar a su Primogénito
a los otros hijos. Un templo o pueblo, al que todos puedan entrar
y pertenecer, para manifestar y dar su Amor. Ese Amor que es el
mismo Jesús, que hace que Ella nos mire con compasión y ternura,
nos auxilie y medie la salvación, poniéndola al alcance de todos
los seres humanos.
Se
sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma
personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad
del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias
que siguen.
Querida
Virgencita, que tengamos la gracia de recibirte por Madre de Dios
y Madre Nuestra y así seamos constructores del Pueblo de Dios.
Gracias
porque tenemos la felicidad y el honor de estar llamados, como
comunidad, a ser también Madre, a la vez afectuosa y firme, que
contiene y desafía a crecer, que da al Hijo y hace hermanos a
los hijos, enalteciendo de este modo a todas las personas.
Haz,
por favor entonces, que manifestemos y hagamos accesible a Jesús
con nuestro testimonio, prolongando tu visita y mensaje, rescatando
del olvido histórico a los pueblos y a las personas. Acompañando
misericordiosamente a las mujeres y a los hombres, haciendo llegar
tus ojos vivos, tu mirada de amor compasivo y, de este modo, la
reparación o corrección de toda miseria. Sin excluir a nadie,
incluyendo a todos, pero comenzando especialmente por los más
pobres y angustiados. Compartiendo nuestra fe y poniendo al servicio,
de acuerdo a la Bondad de Dios y no según criterios mezquinos,
ni de mera justicia, la presencia y tesoros del Salvador.
Para
poder vivir lo anterior llénanos e inspíranos con ardiente caridad,
con esa fuerza que nos comunica la amistad de Dios para con todos
los seres humanos y por cada uno en particular, con una predilección
por los humildes y abandonados. Que podamos de esta manera ofrendar
gratuitamente nuestra vida, para mostrar y hacer encontrar, delicadamente
y sin ofender a nadie, con Aquél que es la Preciosura misma, con
ese Dios siempre cercano y amable, plenitud de toda belleza que
tengamos o podamos anhelar.
Partiendo
de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas
de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote
las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para
luego compartirlas o buscar su respuesta.
En un momento
de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin, encomendamos a alguna comunidad
o persona a la que luego podremos contar algo sobre Ella y su
visita.
En este silencio,
agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra Madre
y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
Como
un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que
se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras
cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación,
podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe
y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde
el cielo una hermosa mañana (2 veces),
la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al
Tepeyac (2 veces).
Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía
todo el Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse
luego al oír cantar (2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer
mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó
dejar (2 veces).
Desde entonces para el mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para
finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que
se considere apropiada.
Dios, Padre
de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo por la
visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que la Madre
de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces un Pueblo
de peregrinos y humildes embajadores suyos como San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza, que
estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los más
pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te lo pedimos
Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos
de los siglos. Amén.
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