
Nuestra
Señora de Guadalupe hace presente a su Hijo y la salvación que Él
nos trae, constituyéndose de este modo en la matriz, el destino y la luz de un muevo
pueblo (ver Esta
obra, subtítulo “Día
final”).
A todos los que se relacionan con Ella los dignifica, acredita
y ayuda a madurar colectiva y personalmente, llenándolos de
júbilo y orientándolos a considerarse mejor y a cultivar vínculos
más positivos. Así, al mismo tiempo que consuela,
incentiva a construir realidades
comunitarias e individuales superadoras.