Señor, tú has dicho, que debemos
ser la sal de la tierra. La sal da sabor a los alimentos. Ella
impide que la corrupción penetre o sea extendida. Pero,
si ha de ser útil, tiene que conservar su fuerza.
Señor, yo debo ser la sal de la tierra; debo comunicar
a los hombres gusto por la vida, atrayéndolos a tu servicio;
debo enseñarles que el trabajo, unido al tuyo, no es amargo,
ni el sufrimiento, ni la pobreza, ni la incomprensión.