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Capilla del Cerrito

La tradición guadalupana nos transmite
que en la punta del cerro del Tepeyac fue donde Juan Diego tomó
las rosas para mostrarlas al obispo Zumárraga como prueba
de las apariciones de la Siempre Santa María de Virgen
de Guadalupe. Sin embargo, no se levantó una capilla en
este lugar sino hasta 1666, cuando un panadero y su mujer: Cristóbal
de Aguirre y Teresa Pelegrina, pagaron la construcción
de una iglesia pequeña. Esta resultaba insuficiente para
la cantidad de peregrinos que querían conocer el lugar
milagroso, por lo que en 1749 se construyó una nueva de
mayores dimensiones.
En aquella ocasión, la capilla se dedicó a san Miguel
Arcángel, custodio de María, para que desde las
alturas protegiera a la Guadalupana, presente en la iglesia colegial.
La fachada de la iglesia, sin embargo, permaneció inconclusa
hasta 1950, razón por la que es esa fecha la que puede
observarse en el lado derecho.
En ese mismo año, el pintor Fernando
Leal concluyó los murales que pintara con la técnica
del fresco en el interior de la capilla. Este artista mexicano,
cofundador del movimiento del muralismo, rescató en su
obra los momentos más significativos de la historia de
las apariciones en una obra que podríamos catalogar como
única dentro del arte del siglo XX.
Además de la capilla en sí misma
y de sus pinturas interiores, subir al “cerrito” bien
vale la pena por la hermosa vista de la ciudad de México.
En el atrio es posible apreciar los cuatro ángeles que
realizó el escultor Ernesto R. Tamariz en mármol,
y la “cruz del apostolado”, colocada el 12 de octubre
de 1895 a devoción de la sierva de Dios Concepción
Cabrera de Armida. En el costado oriente de la capilla, está
adosado un convento de religiosas carmelitas.
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