Contiene y Corrige
De modo especial en la relación de Nuestra Señora de Guadalupe
con Juan Diego, se observa cómo su palabra le asegura todo su auxilio
y lo contiene, sin jamás enojarse y, al mismo tiempo, lo manda con rigor y lo corrige
si es necesario. Así, además de incentivar y respaldar a
su embajador, no dejará de exigirle y de señalarle límites.
En relación con lo antedicho, observamos en esta aparición
cómo cuando Juan Diego, herido en su fina sensibilidad india
porque no se había creído en él, y por haber en consecuencia
fracasado inicialmente en su misión, le pide que envíe a
otro, Ella lo confirma como su embajador, con posterioridad
a oír de sus labios lo que el indio compartió con el obispo,
lo puso triste y le hacía realizar dicho pedido.
Lugar materno
De igual modo respecto de lo que expresamos sobre los indicios
o informaciones de tiempo, en la cultura de Juan Diego las
precisiones de lugares tampoco son únicamente señalamientos
espaciales o geográficos, sino que simbolizan y remiten
a pertenencias substanciales.
En este sentido, el sitio elegido por Nuestra Señora de Guadalupe
para manifestarse primero a dicho indio y con posterioridad
a todos los habitantes de la ciudad, no tiene nada de aleatorio
y es un «...toque maestro de inculturación en los valores del pueblo mexicano...». Destacaremos ahora con mayor
extensión los sentidos maternos y religiosos prehispánicos
que implicaba el Tepeyac, y que Ella pone al servicio
de su manifestación y del anuncio del Evangelio.
Se trata del lugar en el cual los
indígenas, con anterioridad a la llegada del español, habían
edificado un famoso santuario dedicado a la Madre de Dios. Era entonces el cerro donde estaba el templo
de aquélla que acumulaba en sí misma los significados contenidos
en dicho título; estos son punto de llegada de un largo
proceso de composiciones, mitos y nombres nahuas, que buscaron
describir y designar los portentos, actuaciones y rasgos
del eterno femenino que atrae y recibe, de la realidad humana
y divina de la flor preciosa, faldellín de estrellas y de
jades. Era el lugar de la Madre, que acogía toda
la realidad en su regazo y a quien venían a visitar, como
hemos dicho, desde largas distancias y desde todos lados.
«Por los cuatro rumbos se rompieron dardos.
En cierva estás convertida.
Sobre tierra de pedregal vienen a verte...»
Es que los mexicas, que la personificaron en la suprema acción
de dar figura al universo divino y al humano, fueron maestros
en el arte de honrar a esa mujer de la que todos provenían
y a la que imploraban y querían encontrar buscándola entre
las flores. Rostro femenino de Dios, que da al cosmos
cuerpo de mujer, es raíz y apoyo de todo lo que es, que
enlaza inicios y fines cósmicos. Señora del dador de la
vida, que en el lugar de los orígenes o misterioso Tamoanchan
dio a luz a los dioses, cuando aún era de noche y que, al
comienzo de la era que estaban viviendo los indios, había
descendido de dicho sitio. Pisos celestes o comarca del
árbol florido donde sigue habitando, para dar ser a la tierra
y a todo lo que contiene.
«...Es también Tonantzin,
Madrecita nuestra, que llora por las noches porque presiente
las guerras y la destrucción de los soles y los mundos...», quien al intuir el fin y
la muerte, en su gemido «...‘alzaba la voz y decía: hijitos
míos, tenemos ya que marcharnos. Y otras veces decía: hijitos
míos, ¿a dónde os llevaré?’».
Tonatzin, aquélla de cuya carne nacen
los hombres y a quien ellos invocan como madre de sus rostros
y corazones, atractiva por su fuerza y poder eficaz para
dar subsistencia y librar del mal;
«...ella purificaba, aliviaba,
ella lavaba, bañaba,
en sus manos estaban las aguas [...]
Ante ella se conocía el corazón,
Ante su rostro se purificaba
La movilidad de la gente...»
La madre que devolvía la vida a los muertos y por lo cual todos
querían estar en su seno.
«...Voy ante nuestra madre y le digo:
¡Oh, tú por quien todos viven!
No te muestres severa,
no seas inexorable en la tierra,
vivamos nosotros a tu lado,
allá en tu mansión de Temoanchan...»
Y el llano junto al Tepeyac pasa a ser la antigua y
nueva mansión de esa mujer de la cual, al elaborar los antiguos mexicanos su
imagen femenina en general, «...por espontánea labor
de catarsis habían desvanecido aquellos rasgos y atributos
que [...] provocaban horror y temor...»; conservando los explicitados, vinculados también
a los maestros nahuas, y en cuya continuidad y sobredeterminándolos,
se manifiesta Nuestra Señora de Guadalupe encarnándolos
de modo definitivo.
Breves ideas para ayudar a
la apropiación