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Apariciones
Tercera aparición: presencia que nos confirma

Nuestra Señora de Guadalupe nos reanima

Nuestra Señora de Guadalupe luego de haber enviado (primera aparición) y enérgicamente confirmado en su misión a Juan Diego cuando quiso claudicar (segunda aparición), le asegura el feliz éxito de la misma, recién en su tercer encuentro con él, y luego de haberle pedido en los dos anteriores un servicio que había exigido ya a él muchos esfuerzos y sacrificios [1] . Si bien nunca ha faltado la promesa de recompensar los consecuentes cansancios, al darle esa certeza Ella lo reconforta y reanima para que pueda continuar.

Juan Diego está con “Lupita”

El siguiente artículo, en relación con el contexto de la tercera aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, fue confeccionado a principios de febrero de 2001, unos meses antes de la canonización de dicho indio. En ese momento no fue publicado; hoy puede ser adaptado a nuestras actuales circunstancias y convertirse en una sugerencia más.

Hace unos días y por regalo de Nuestra Señora de Guadalupe estoy peregrinando en el Tepeyac. Soy argentino y me impresiona fuertemente la actualidad de las siguientes palabras del Nican mopohua, actualidad que conserva desde que fue escrito por Don Antonio Valeriano.

 “...Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo:
"Señor Gobernante, considera cuál sería la señal que pides, porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió".
Y habiendo visto el Obispo que ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo despacha.
Y en cuanto se viene, luego les manda a algunos de los de su casa en los que tenía absoluta confianza, que lo vinieran siguiendo, que bien lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba.
Y así se hizo. Y Juan Diego luego se vino derecho. Siguió la calzada, y los que lo seguían, donde sale la barranca cerca del Tepeyac, en el puente de madera lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, ya por ninguna lo vieron.
Y así se volvieron. No sólo porque con ello se fastidiaron grandemente, sino también porque les impidió su intento, los hizo enojar.
Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que nada más inventaba lo que venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía.
Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la gente.
Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen...” [2]

Mientras Juan Diego llega a estar con “Lupita” la pintura del texto es sumamente nítida y expresa una triste situación paralela. Personas en quien el obispo puede confiar siguen las espaldas de Juan Diego y lo vigilan, con la misión de espiar e informar sobre lugares y personas que frecuentara.

Pero la mirada de los de la casa episcopal pierde su eficacia y no puede operar en el Tepeyac; y aunque ponen empeño en encontrarlo para seguir observándolo, a partir de dicho sitio, no pueden hacerlo. Probablemente, lo que ocurrió fue que como ellos venían detrás y Juan Diego subió ilógicamente al Tepeyac, desviándose de la ruta a su casa (la actual Calzada Misterios), las curvas del camino les impidieron ver su ir a la cima.

De todos modos y «...pese a que no podían dar fe de nada, inventan un “chivo expiatorio”de su fracaso, diciendo no nada más calumniarlo de falsario, sino agredirlo, si se les presentaba la ocasión» [3] .

Así, el fruto final de la persecución llevada a cabo por los cercanos a Zumárraga, que los manifiesta como hombres de bajos procederes y los descalifica, es mentira que busca mantener y reforzar la incredulidad; generando, por otro lado, propósitos violentos.

Los españoles, en general, consideraban en ese momento mentirosos y semianimales a los indios y en realidad algunos de ellos eran los hipócritas e inhumanos según lo que transmite el relato que citamos, una auténtica joya de la literatura náhuatl que nunca pudo haber escrito un europeo.

El mismo prejuicio racista se repite en los argumentos utilizados por Juan Bautista Muñoz, un español que jamás conoció México y que en abril de 1794 se convirtió en el primer impugnador pretendidamente científico de la historicidad de las apariciones y sus protagonistas. Su razonamiento, en pocas palabras, fue el siguiente: lo procedente de los indígenas es enemigo de lo bueno y civilizado; y si bien hay documentos de su autoría que prueban la realidad del acontecimiento guadalupano, no valen como fuentes legitimadoras. Pues,

«...¿Qué no es capaz de producir la fantasía de los indios [..]? ¿Qué monstruos podrán compararse a sus composiciones poéticas y pintorescas?. Sabido es que los indios eran inclinados a visiones imaginarias, y que para tenerlas procuraban embriagarse. ¿Será, pues, maravilla que en el cerebro de algún fanático se representasen la visiones de que tratamos?... » [4].

Idénticos fundamentos y análogas conclusiones son manifestadas en el siguiente siglo por Don Joaquín García Icazbalceta, el impugnador clásico de la historicidad de las apariciones y sus protagonistas. Este gran y honestísimo historiógrafo de México, que no quería que sus pensamientos dejaran de ser un informe privado al Sr. Arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, descarta los documentos indígenas porque «...los testigos indios siempre han sido propensos a las narraciones maravillosas, y no muy acreditados por su veracidad...» [5] .

Ahora bien, como admiten Muñoz y García Icazbalceta, no hay vacío documental que impida probar la historicidad del hecho, sino conclusiones (a veces procedentes de la buena fe) que parten de aprioris que descalifican pruebas por su procedencia. Es decir, tanto en el siglo XVIII como en el XIX, siguió siendo histórico el prejuicio racista de aquellos perseguidores de Juan Diego. Pero también que este indito seguía estando con Nuestra Señora de Guadalupe. Y hoy también lo sigue estando y, primero Dios, con todo el peso de su autoridad pontificia vendrá pronto nuestro querido Juan Pablo II a afirmarlo en la canonización de julio próximo. 

Y en nuestros días también, los Juan Diegos actuales siguen estando con la Madre y se constituyen, portando la memoria de sus ancestros, en prueba viviente de la veracidad de un acontecimiento que maravilla a personas de todo el mundo.En el Tepeyac no hay dudas, no operan miradas descalificadoras o epistemologías reduccionistas, y ellos con su oración y dejándose “apapachar” por Ella, se dedican a preparar una celebración de la que ojalá nadie se quede afuera. La fiesta de Juan Diego siempre estando con Nuestra Señora; fiesta que disfrutaré desde mi país, al cual pronto regresaré, uniendo a ustedes mis plegarias y las de mi pueblo que también disfruta de esta alegría.    

Breves ideas para ayudar a la apropiación
  •   Que dejándonos guiar y fortalecer en las dificultades por nuestra dulce Madre del Tepeyac, también nosotros sepamos reconfortar y animar a los que se sienten mal o con pocas ganas de seguir adelante...
  • Que confiando en Nuestra Señora, sepamos hacer lo que nos pide, seguros de que Ella fecundará nuestros sacrificios...
  • ¿Vivimos, como lo hizo y hace San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, la sabiduría de estar cada día con Nuestra Madre, dialogando con Ella?...
  • Estando con la Virgencita, ¿somos capaces de afrontar todo prejuicio nocivo y las injusticias y violencias que ellos provocan?...


[1] Cfr. Rojas Sánchez, Nican mopohua, Versículo 88 a 93 (especialmente 90 y 91) y Guerrero Rosado, El Nican mopohua, t. I, p. 280.

[2] Rojas Sánchez, Nican mopohua, Versículo 79 a 88.

[3] Guerrero Rosado, El Nican mopohua, p. 270.

  [4] Muñoz, Juan, Memoria sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe (1794). En De la Torre Villar y Navarro de Anda, Testimonios históricos, p. 698.

  [5] García Icazbalceta, Joaquín, Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, escrita al Ilustrísimo Señor Arzobispo de México Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos (1883). En De la Torre Villar y Navarro de Anda, Testimonios históricos, p.1117.

 Prólogo
 Introducción
Nican Mopohua

Nuestra
Señora de Guadalupe

 Madre Dios y de los hombres
Madre que ampara y conduce
Viva y presente en su imagen
Dialoga y hace actuar
Asume y hace crecer sentidos religiosos previos

San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin

 Hombre de Dios, la Virgen 
y su pueblo

Mensajero digno de confianza

Fray Juan de
Zumárraga

Celoso y honesto pastor

Apariciones
Caracterización orientadora
1a: Cercanía y nombres divinos
2a: Maternidad atractiva y exigente
3a: Presencia que nos confirma
4a: Salvación y comunión


Fuentes

 
 
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Basílica de Guadalupe A.R.  2005