Precisiones históricas
Fraile español que nació en el año 1468 en Tabira de Durango,
Vizcaya, y que falleció en 1548 en la ciudad de México. En su desempeño como obispo, su gran celo
pastoral lo llevó a ocuparse en la búsqueda de la solución
integral de los problemas y males que agobiaban a los mexicanos.
De este modo, trabajó incansablemente por la felicidad de
su rebaño, proporcionándole los sacramentos y colaborando
en la concreción de diversas iniciativas que mejoraran las
condiciones generales de la vida de los indios. Así, en
su afán de procurar el mayor bienestar de estos últimos,
los protegió de los abusos de los conquistadores y participó
no sólo en la fundación de instituciones educativas, sino
también en la de hospitales, asilos y hasta de una imprenta.
Así, el ejercicio de su ministerio sacerdotal reveló a este
vasco como un hombre de virtud, humilde y honestísimo que
sustentaba su actividad en su vigoroso y violento carácter.
Por esto último no escatimó esfuerzos para obrar conforme
a su conciencia y enfrentar dificultades, aún cuando a veces
era sumamente duro al realizar sus tareas de padre y pastor.
Con anterioridad en España y a partir de 1535 en México, fue
inquisidor apostólico, por lo cual tenía experiencia a la
hora de interrogar según los criterios de los tribunales
inquisitoriales de la época; es decir, recurriendo a todo
tipo de estrategias para provocar el error del sospechoso.
Era tan escrupuloso y cuidadoso a la hora de defender la
ortodoxia doctrinal, que años después de la estampación
de Nuestra Señora de Guadalupe y vista su severidad y rigidez
para con los indios heterodoxos, el Rey los sacó de su jurisdicción
de inquisidor en el año 1543.
Conforme al obrar de la Inquisición que no solamente investigaba,
sino que de todo levantaba actas, la escrupulosidad y formalidad
burocrática eran características de su persona. En el caso del acontecimiento guadalupano,
hay testimonios explícitos sobre la existencia y posterior
desaparición de las actas correspondientes y de otros documentos.
Partidario del pensamiento de Erasmo de Rótterdam, muy poco
afecto a una espiritualidad mediada por lo sensible y a
las «...imágenes y devociones populares», ya desde su llegada a Nueva España el 6 de diciembre
de 1528 se había opuesto férreamente a la religión de los
indígenas:
«...apenas cinco meses antes de recibir a Juan Diego,
se precia en una carta al Capítulo General de su Orden,
en Tolosa, de haber arrasado con cuanto había podido: ‘quinientos
templos de los dioses y más de 20.000 imágenes de los demonios
que adoraban...’»
Pero no sólo templos e imágenes, sino también libros y papeles
prehispánicos, de naturaleza jurídica, administrativa, comercial
y de diversos ámbitos de conocimiento, fueron destruidos
sistemáticamente por Zumárraga y sus ayudantes.
Por todo lo anterior, al momento del inicio del fenómeno guadalupano
había en la ciudad de México-Tenochtitlan personas
que tenían más simpatía por los indios y una mejor relación
con ellos, que hubieran sido humanamente hablando, más accesibles
a un pedido como el que Juan Diego es enviado a hacer. Por
otro lado, las mismas eran autoridades de más recursos y
poder real a la hora de concretarlo; ya que Zumárraga, si bien ya había sido
nombrado, aún no había sido consagrado obispo y no ejercía
plenamente el poder de los sucesores de los apóstoles. Dicha
consagración se efectuó en España el 27 de abril de 1533
y regresó al nuevo continente al año siguiente.
En el Nican mopohua
En el relato, y en perfecta coherencia con lo ya expresado,
fray Juan de Zumárraga se manifiesta en la consideración
de la persona de Juan Diego y del mensaje que él le traía,
como un «...inquisidor desconfiado, para nada crédulo...».
Cualquier autoridad eclesiástica, a la que alguien viniera
a ver con un mensaje semejante al que se le comunicó, reaccionaría
de forma más o menos similar. Cuanto más si el embajador
era un indio recién converso, y por eso sospechoso para
una mirada española, que además le hablaba de hacer un templo
«...a la Madre de Dios, precisamente donde había
estado el ídolo de la madre de los dioses paganos...».
Y según el Padre Juan González, intérprete y traductor del
obispo que no conocía el idioma náhuatl, testigo presencial
de los hechos, la reacción del gobernante sacerdote, luego
de escuchar al mensajero de Nuestra Señora, fue todavía
más dura de lo que expresa el Nican mopohua: «...el
Arzobispo no le dio crédito, no más le dijo:-¿Qué dices
hijo mío?!Tal vez lo soñaste, o quizá te emborrachaste!...».
En la primera entrevista rechaza el pedido de Juan Diego y,
con el correr de los hechos, ante la insistencia del indio,
lo examinó duramente; y aunque no pudo encontrar nada en
su palabra que lo descalificara, le mencionó la necesidad
de una señal que acreditara el pedido; y, por último, al
asumir Juan Diego esta exigencia, no dejó de dudar de él.
Fue en todo lo enunciado fiel al recelo inquisitorial, pero
también a un principio que rige aún hoy la praxis de la
Iglesia, al considerar la posibilidad o no de un hecho sobrenatural:
considerarlo falso e impugnarlo por todos los medios, aceptando
con mucha facilidad las objeciones (como hizo con
el testimonio de los perseguidores), y examinando
con gran rigor las pruebas (se entrevistará con el
tío sanado), hasta llegar a un veredicto final lo más seguro
posible. Principio y praxis que en ese momento
convenía muchísimo respetar, pues en el contexto de la conquista
las historias de apariciones o intervenciones sobrenaturales,
primero por parte de los españoles y luego de los indígenas
convertidos, «...abundaron con tan indiscreta como nada
imparcial frecuencia [...] jamás en plan de reconciliar
o pacificar, sino siempre con la muy “cristiana” ansia de
humillar y aplastar a los del bando contrario...».
El texto estudiado lo denomina al obispo Teopixcatlatoan”,
«...creando una de dos palabras: ‘Teopixqui’ que
era ‘sacerdote’, y ‘Tlatoani’ [...]‘gobernante’...». Tlatoani,
que significa literalmente “el que habla o el hablante”
(recordemos que en contexto náhuatl el arte del habla noble
se refería por antonomasia a la autoridad), era el título que designaba
entonces a la persona de jerarquía suprema o más alta. En
este caso y con toda propiedad, la expresión designa al
superior de los sacerdotes.
La Señora responde a sus exigencias
Los españoles se arrodillan, admiran y entristecen ante la estampación
de Nuestra Señora de Guadalupe, que también supo inculturarse
para ellos. Por eso y a pesar de todo lo que hemos dicho
de Zumárraga, él no sólo se conmueve, sino que llega a llorar
y pide perdón a la Señora, aún atada en el cuello de Juan
Diego, por su incredulidad anterior.
Es que su imagen es respuesta superlativa
a la mirada y exigencias de Zumárraga; pero no termina allí
la fineza de la Amada Niña Celestial, que le proporciona
además una comprobación fiable
para los criterios de su conciencia, y para una mentalidad
europea: la curación instantánea de un moribundo, que pudo
corroborarse por el testimonio del tío, concordante pero
independiente del de Juan Diego.
Breves ideas para ayudar a la apropiación