En congruencia con las características de indios y españoles
y con la finalidad que desea alcanzar, en la búsqueda de
su cometido y enraizada en su ternura y autoridad maternas,
Nuestra Señora de Guadalupe no sólo en el diálogo expresa
su cercanía y conduce al protagonismo asumiendo los contextos
culturales y circunstanciales de sus interlocutores, sino
que, dando un paso más y haciendo con él realmente concreto
y efectivo ese diálogo, también aprovecha, superpone y plenifica
algunas de las objetivaciones, sentidos, ideas y conocimientos
previos de orden religioso de ambos pueblos mencionados
(se pueden tomar como ejemplos los temas desarrollados en
subtítulos “Tiempo originario” y “Marianismo español”,
al final de esta meditación).
Del modo enunciado, admirablemente Ella respetó y fecundó lo
bueno y aquello que podía llegar a unir la fe de sus interlocutores
indios y españoles al iniciarse el acontecimiento guadalupano,
aprovechando así lo que podía mediar simbólicamente entre
lo antiguo y lo nuevo, que por eso fue recibido. En conexión
con lo puntualizado y, al mismo tiempo, Ella desenfatizó
sin negar los aspectos nocivos y las realidades que los
separaban.
Ese proceder de Nuestra Señora de Guadalupe resulta particularmente
novedoso, cuando lo concreta con creencias y experiencias
indias vinculadas con su religión prehispánica. Aquí radica
la gran diferencia, entre la metodología que Ella emplea
y la de los misioneros de aquella época. Estos últimos
«...en lo que no se rozaba con lo religioso, de lejos o de cerca,
tuvieron empeño en mantener el pasado: conservaron con
amor las lenguas, conservaron los usos y costumbres cotidianos,
si las creían indiferentes; adaptaron su enseñanza al temperamento
y capacidades de los indios...»
En lo estrictamente religioso, podemos decir incluso que es
común a Ella y a los frailes, que utilizaron imágenes como
medio de transmisión y que «...en los lugares de veneración de las viejas deidades elevaron sus santuarios
más famosos...». Pero la diferencia abismal consiste en que mientras
los religiosos, al obrar así lo hacían para reemplazar «...lo antiguo por lo nuevo...»,
y «...nunca amalgamaban
ni continuaban ni desarrollaban...»las creencias indígenas con y en las
que ellos querían comunicar; la Madre de Dios y Madre Nuestra
procedió de igual modo, pero para mostrarles a los indios
que la doctrina enseñada por los europeos «...no era otra cosa que la culminación
de la suya propia».
Recordemos que los frailes concebían y presentaban
el catolicismo imponiendo su propia cultura; como algo que implicaba para
los indios «...la rotura radical y absoluta con todo
lo de antes...» y, en ese marco, tanto el anuncio mediado por pinturas como la edificación de
un templo cristiano sobre un antiguo teocali buscaba
«...barrer con el espíritu de la comunidad civil y religiosa del indígena...». Los frailes no presentaban
su fe «...como el perfeccionamiento y plenitud
de las religiones...»prehispánicas.
Pero Nuestra Señora de Guadalupe, por su aparición e intervención,
donde los cristianos sólo habían destruido el templo preexistente
a su llegada en 1519 sin edificar otro, originó una casita
sagrada y dejó su imagen admirable, que tanto españoles
como indios edificaron, percibieron y visitaron como propia.
Se superó así, nos parece, toda posibilidad y actitud terrena
de la época, en «...asombroso derroche de habilidad al manejar dos teologías tan distintas...»;
y al dirigirse «...a dos sensibilidades exacerbadas en condiciones trágicamente conflictivas...», logró «...una perfecta ‘inculturación’,
un engaste de belleza y justeza insuperables del Evangelio...», tanto en la cultura
española como en la india. En el caso de esta última inculturación,
sucedió en forma muy clara e inequívoca para los indios y discreta e
imperceptible para los españoles, que nunca la hubieran
podido aceptar. Resulta todavía más impresionante, que
ese proceder, de algún modo sigue continuándose en consonancia
con el final abierto del relato, con respecto a la cultura
y modo de ser específico de los hombres de nuestro tiempo.
«María, desde este primer momento,
evangeliza con una ternura, acierto, sobriedad y verdad
que, consideradas las intricadísimas circunstancias, pueden
en verdad considerarse sobrehumanos: Ni quiere forzar
a los españoles a un salto de siglos en su desarrollo teológico,
imponiéndoles aceptar la validez de la religión de los indios,
ni ser menos que inequívocamente explícita en reconocérsela
a éstos. ¿Podría una mente humana, en ese momento, resolver ese problema? Y Ella lo hace con
tanta naturalidad y sencillez que parecería que no hubiese
problema alguno: Es transparentemente clara con ambos, sin
engañar, ofender o desplazar a ninguno»
Y es por esto, que tal como ocurre con el aumento cuantitativo
y cualitativo de los espacios y, por ende, de los tiempos
compartidos por los protagonistas del Nican mopohua,
sentidos presentes en sus experiencias religiosas previas,
se fusionarán y adquirirán en el acontecimiento inicial
del fenómeno guadalupano alcances y profundidades mayores;
novedades en la continuidad que ellos nunca habían soñado,
o podido alcanzar por sí mismos y que incluso, de parte
española, no pudieron comprender en ese momento histórico.
Breves ideas para ayudar a
la apropiación
Tiempo
originario
En la cultura india «...dominada por el cómputo de los días,
los años, las épocas...», nunca las informaciones temporales son meramente
indicaciones cronológicas, ya que el tiempo es parte integrante
de la esencia de las personas, acontecimientos y civilizaciones.
Este aspecto, que ni siquiera entraba en la órbita
de la atención de los españoles, es también aprovechado
con sus sentidos religiosos por Nuestra Señora de Guadalupe.
Las indicaciones temporales, señalan que distintos hechos
que componen el acontecimiento inicial del fenómeno que
Ella desencadena, comienzan a ocurrir en la noche y, por
lo tanto, están relacionados con una intervención divina
creadora. La «...expresión española ‘muy temprano’, ‘muy de madrugada’[...] se dice en
náhuatl: "huel oc yohuantzinco", que literalmente
es ‘muy todavía en la venerable noche’, o ‘en
la nochecita’...», momento que en su cultura implica el
comienzo, gestación y formación
de algo verdadero, fecundo y originario.
Es que para los mexicanos «‘cuando aún era de noche’[...] denota
la idea de ‘en el principio, en los orígenes del mundo’». De este modo, la referencia a ese
momento, lejos de tener implicancias negativas o siniestras
como ocurriría para una mentalidad española, se asocia y
remite al comienzo de la existencia de todo lo creado, o
al inicio de una realidad fundamental. Además de lo anterior y en conexión con ello,
«...aludía al ‘rescate de la cultura’; ‘principio de
algo importante para todos’; ‘nuevo orden de cosas’. Todo
esto, pues, puede compararse con la categoría bíblica de
‘Principio’, ‘En el principio’, que, como sabemos, también
denota: ‘eternidad’, ‘comienzo de las cosas’, ‘tiempo saludable’,
contextos afinadamente aptos al mensaje que se quería transmitir.
Una prueba más de lo genial que fue el ‘libretista’ que
‘escenificó’ el Acontecimiento Guadalupano para inculturar
el Evangelio en la mente de sus nuevos destinatarios, pese
a que lo hacía a través de otra cultura perfectamente distinta.»
Destinatarios que inequívocamente comprendían entonces,
que el accionar de Nuestra Señora de Guadalupe, inauguraba
un período de salvación y era principio y origen de un mundo
y una sociedad nueva, dicho mensaje se reforzaba considerablemente, si tenemos es
cuenta que el año y la fecha de las apariciones son altamente
significativas; ya que se cumplía un período de doscientos
ocho años solares y, en consecuencia, esperaban y tenían
expectativa de algún acontecimiento importante.
Ellos, a diferencia de nosotros,
que lo hacemos cada cien años, computaban un siglo como
de ciento cuatro años solares. La razón afinca en que poseían
tres calendarios que no coincidían entre sí, sino cada esta
última cantidad de años, y eran los siguientes: uno igual
al nuestro, de trescientos sesenta y cinco días y fracción,
que constaba de trescientos sesenta días más cinco días
nemonteni o vacíos, considerados nefastos; otro adivinatorio:
el tonalámatl, de doscientos sesenta días, y el de
Venus, de quinientos ochenta y cuatro días.
Fundamentados en cálculos astronómicos
muy exactos y precisos, que tenían en cuenta entre otros
factores, además del Sol y la Tierra, a Venus y a la Luna,
habían detectado dicha coincidencia periódica entre los
mencionados calendarios. Y lo trascendente para nuestra
consideración, es que se completaban en esos días de diciembre
de 1531 ocho medios siglos de cincuenta y dos años solares,
con respecto a dos acontecimientos muy trascendentes de
su historia como pueblo. Cuatro siglos antes, en el año
1115, habían iniciado por orden de su dios la salida
de Aztlan, su patria ancestral, impulsados por la
promesa, contra todo esperanza humana, de que él los haría
los más grandes de su mundo. En 1323, dos siglos después,
había dado comienzo un proceso que culminó con la fundación
material de México-Tenochtitlán y el nacimiento de
la nación mexicana. Indudablemente y ante su preocupación
por la continuidad del tiempo y la pervivencia del cosmos,
el acontecimiento guadalupano, ocurrido exactamente dos
siglos de ciento cuatro años después, fue asociado a los
anteriores hechos divinos, originarios y trascendentes de
su pueblo. Y esto último es lo verdaderamente importante,
aun cuando las fechas no llegaran a ser totalmente exactas.
Por otro lado, se redunda también esta significación, si tenemos
en cuenta que en ese momento el Calendario Gregoriano, corregido
en 1582, tenía un atraso de diez días, y que entonces el
día de la estampación de María es precisamente el 22 de
diciembre «...primer día del solsticio de invierno, del ‘triunfo del Sol’ sobre
las tinieblas...»; es decir, el momento del
año a partir del cual el tiempo de luz solar empieza a ser
mayor que el de la oscuridad nocturna. Y esto adquiere mayor
relevancia aún, si consideramos que en ese año, justamente
en el amanecer de dicho día, el principal del acontecimiento,
se dio la conjunción de Venus, astro central de su calendario,
y del Sol, fenómeno astronómico rarísimo y sumamente significativo
para ellos, pueblo del Dios Sol. Esto sucedió a tal punto, que todos estos
elementos hacen que esta fecha sea, religiosamente hablando,
«...matemática y precisamente la más importante en
toda la historia india».
Marianismo español
Por otro lado y en la misma orientación, el providencial
nombre de Guadalupe fue tranquilizador para los recelos
hispanos y permitió que los españoles la aceptaran «...identificándola con lo más caro e íntimo de su propia devoción mariana...», ya que Guadalupe, como hemos en parte adelantado,
es el «...toponímico de un pueblo de la Sierra
de las Villuercas, en la Provincia de Cáceres,
donde hacía siglos se veneraba a la Virgen Santísima
como Patrona de España, en especial de Extremadura,
patria de Cortés y de la mayoría de los conquistadores».
De este modo, esta manifestación de la Señora se relacionaba
con lo más íntimo de sus fibras marianas, que Ella seguía
animando haciéndose presente también en la Nueva España.
Es más, si consideramos la tradición de Nuestra Señora de
Guadalupe de Extremadura y la ponemos en paralelo con los sucesos originados
por la Virgen del Tepeyac, vemos que la acción de
esta última asume motivos, hechos y sentidos presentes en
la anterior y se constituye en una providencial delicadeza
y gesto de inculturación para con los conquistadores.
Lo narrado por el Nican mopohua, sin ser y sin estar
recargado de características tan fantasiosas, tiene una
sorprendente semejanza con la leyenda guadalupana de España
y, más aún, con los principales temas que se repiten en
numerosos relatos europeos sobre apariciones. En las tradiciones que nos interesan,
en ambos casos hay una aparición de María, que se presenta como Madre
de Dios, a alguien humilde y dócil a quien le habla con
mucho afecto y promete ayuda para otros. Las apariciones
se dan en una colina junto al agua, y el vidente es enviado
con un encargo para con autoridades eclesiásticas, que al
principio no creen y, finalmente, son convencidos por milagros
vinculados con la vida y la salud. Además, aparece en ambas
una imagen de la Madre de Dios, con signos de maternidad
divina, y se culmina construyéndoles pobres casas sagradas,
que los mensajeros se encargan de cuidar en contextos históricos
de contacto entre pueblos de diferentes culturas; y que,
con el tiempo, se transformarán en signos de hispanidad
y mexicanidad.
Esas
imágenes, además, no se parecen en nada, salvo en el rostro,
cuya semejanza es muy significativa. De cara negra la europea
y morena la americana, se podría decir que una es copia
de la otra: «...empezó a crecer la devoción de la gente, y pusieron
nombre a la imagen nuestra Señora de Guadalupe, por decir
que se parecía a la de Guadalupe de España...».
Dicho parecido en su fisonomía y todas las correspondencias
de protagonistas, situaciones, hechos, mensajes y desarrollo
posterior del culto, son aspectos analógicos a experiencias
anteriores europeas que la Guadalupe americana pone al servicio
de su acción, pero trascendiendo muchísimo sus sentidos,
al ligarlos con otros de la cultura indígena, lo que los
españoles podían percibir en los sucesos de 1531.
Lo anterior se hace particularmente evidente en su imagen,
en cuanto es un códice en escritura glífica que la liga
con la religión india, y a la vez, una pintura armoniosa,
y entonces aceptable para los católicos ibéricos o criollos,
con la descripción que el bíblico libro del Apocalipsis
hace de la Virgen.
«Una gran señal apareció en el cielo:
una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y
una corona de doce estellas sobre su cabeza; está encinta,
y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar
a luz ...»
Y sabemos efectivamente que se llegó a considerar con entusiasmo,
que los sucesos del Tepeyac y la imagen de Nuestra
Señora de Guadalupe, eran el consumado cumplimiento de dicho
anuncio del Apocalipsis.