Nuestra Señora de Guadalupe se manifiesta amable con indios
y españoles. Todo su ser y proceder, es al mismo tiempo
que sorprendente, muy benévolo y respetuoso tanto de la
teología de los últimos como de la religión de los primeros.
Ella, que hace percibir a los demás que su persona establece
una presencia divina y divinizante, muestra que a la vez
que es cristiana, conoce y hace propia la cultura india.
Es más, desde el inicio del acontecimiento y en todo momento,
Nuestra Señora de Guadalupe se conduce y Juan Diego la identificará
y la tratará como a una mujer noble de la sociedad india.
La palabra “Cihuapilli”
que se utiliza repetidamente para designarla «... significa simultáneamente ‘niña’,
‘muchachita’, ‘hija’, y también
‘Dama’, ‘Noble Señora’, ‘Reina’...».
En concordancia, Ella, que le habla utilizando sobre todo el
náhuatl noble o tecpillatoli, dice de sí misma: «...‘In nicenquizca cemicac Ichpochtli Sancta María’= ‘Yo (soy) la perfectamente
siempre virgen Santa María’, ‘In inatzin in huel nelli Teotl
Dios’, literalmente: ‘La venerable Madre del muy verdadero Dios «Dios»’...», lo que equivalía a expresarle
que era la Madre de su Dios de siempre, que les traía a
Aquél que siempre habían venerado a través de otros: al
arraigadísimo Dios de ellos y de los cristianos.
En conexión con esto revela, que además de ser Madre de Dios
es al mismo tiempo su creatura; tanto, que incluso Ella
misma se somete al obispo como autoridad que representa
a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, en la tierra.
Le expresa también a Juan Diego y con toda claridad, que es
madre compasiva de él y de todos los hombres. En ambos casos, tanto al anunciar su maternidad
divina como la humana, emplea un modo que enaltece a sus
hijos, dando a entender que para Ella es una dicha y un
privilegio el hecho de serlo, y que por eso se siente honrada
y agradecida.
Su nombre, Guadalupe, coincidente con el de la imagen
de la Virgen patrona «...de un celebérrimo santuario mariano en Extremadura...»; es otro aspecto, que expresa
que Ella es madre de todos los hombres: pues la Señora del
Tepeyac, que se exhibe asumiendo lo mejor del ser
de los mexicanos y españoles, se identifica con un título
árabe, Wadi al Lub o río de grava negra.
Algunos piensan, en disidencia con lo afirmado en el Nican
mopohua, que si bien dicho título se generalizó rápidamente,
no sería el nombre que Ella enseñó a Juan Bernardino. Sostienen que fue otro, indio, «...que quizá nunca sepamos, y que los españoles
pudieron corromper en ‘Guadalupe’...». En todo caso y si así fuera,
conjetura que no compartimos, nos parece realmente importante
y providencial el nombre Guadalupe. Pues uno exclusivamente náhuatl
o español, podría haber llegado a ser excluyente de uno
u otro pueblo y, por lo tanto, inadecuado para designar
a una Señora que se identifica con ambos y a un acontecimiento,
suscitado por Ella, caracterizado por ser amorosamente incluyente.
Breves ideas para ayudar a la apropiación