Prólogo
Al
momento de las apariciones de María Santísima de Guadalupe, diciembre
de 1531, las características culturales de españoles e indios
en México hacían humanamente imposible la
comprensión, y aun la comunicación, de unos para con otros,
y precisamente en el punto que más les importaba a unos y
otros comunicarse: en el de la religión. Ambos pueblos daban a esto un
nivel de absoluta prioridad en sus vidas, y ambos estaban
absolutamente convencidos de estar en lo cierto y de que el
otro estaba en un craso error, y tanto que la muerte no era
algo remoto, pues ambos estaban decididos a inflingirla o
a sufrirla antes que cambiar.
Los indios amaban como nadie su cultura, de la que
era parte inseparable su religión, y ese era el mismo caso
de los misioneros españoles, quienes por eso no podían plantearles
el Cristianismo sino como absolutamente incompatible con su tradición
y su pasado:
«...si queréis
contemplar,
si queréis admirar
su reino, su riqueza,
del Dador de la vida,
lo que aquí en la tierra se guarda
y si queréis ir allá,
si allá queréis entrar en el cielo,
donde reside
el Dador de la vida, Jesucristo,
mucho a vosotros os hace falta
que aborrezcáis,
despreciéis,
no queráis bien,
escupáis
a aquellos a los que habéis andado teniendo por dioses,
a aquellos que considerabáis como
dioses,
porque en verdad no son dioses,
porque ellos sólo se burlan de la gente...
La inevitable respuesta india era que «...en lo que toca a nuestros dioses
antes moriremos que dexar su seruicio y adoración...
Ellos estaban dispuestísimos a mejorar su religión, pero a
cambiarla, jamás.
En
esas circunstancias imposibles, el 9 de diciembre de 1531,
llega una maestra,
que en sólo cuatro días, con pocas palabras y pocas acciones,
logra lo imposible: que unos y otros la acepten, acepten su
enseñanza y se acepten unos a otros, y esto sin engañar, confutar
o refutar a ninguno, sino manifestando a ambos su amor incondicional,
culminado en la entrega de su Hijo, y manejando con habilidad portentosa los valores y conocimientos
de los dos.
El
P. Leandro Horacio Chitarroni de Rosa, Doctor en Educación por la
Universidad Católica de Santa Fe, Argentina, dedicó su Tesis
al aspecto pedagógico del Acontecimiento
Guadalupano, que por obvio había pasado para nosotros
inadvertido: el de la Virgen
Santísima como pedagoga, como maestra experta en enseñar
y formar a discípulos casi imposibles.
Su
Tesis: “El Modelo Pedagógico de Nuestra
Señora de Guadalupe en el Nican Mopohua” es una seria
obra académica, que le mereció del Tribunal los mayores elogios,
redactada con solidez y seriedad científica, pero ahora nos
brinda eso mismo en un lenguaje más llano y con énfasis en
sugerirnos lo que de ahí podemos desprender para nuestro
propio aprovechamiento espiritual, tanto propio como ajeno,
en meditaciones personales, charlas, homilías, en forma breve
pero densa, que permite profundizar o ampliar indefinidamente
cuanto gustemos.
No
queda sino agradecer al P. Leandro su esfuerzo y su generosidad
en compartírnoslo, así como recomendar a todos su lectura.
Insigne
y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe
México
(D. F.), septiembre de 2004
Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de
Guadalupe Rector del Santuario